literatura venezolana

de hoy y de siempre

Cuentos de Kathy Serrano

Funeral para una casa cansada

Cuando yo era niña, mi madre era la casa y la casa era mi madre. Las habitaciones parecían moverse de acuerdo a su estado de ánimo. Si mamá, por milagro, reía, la casa parecía bailar. Si por el contrario, lloraba escondida en algún rincón, las regaderas y los grifos se abrían y el agua se desbordaba sin control. Lo peor sucedía cuando la rabia se instalaba en mi madre. Las paredes parecían crujir, las puertas se abrían y cerraban golpeando mis oídos, las ventanas se cerraban y el techo chillaba groseramente. Entonces el polvo acumulado se levantaba en breves y poderosos remolinos. Y yo salía corriendo y me refugiaba dentro del armario de mi cuarto o debajo de la cama. Recuerdo sentirme aplastada la noche en la que todo sucedió. Un ruido, como de arcadas y accesos de tos, fue el inicio. Esa noche me escondí bajo la cama. Escuché cristales, vasos, platos que volaron y se estrellaron contra alguna pared adolorida. Luego, la voz de mi madre repitiendo la letanía de siempre “Si no hubiese tenido hijos, sino hubiese parido”. De pronto fue como si un alarido trajera abajo el techo de mi cuarto y supiera que estaba cerca el desenlace. La escuché por última vez antes de que el suelo comenzara a temblar. Dijo algo de “no más, no más”, dijo algo sobre el cansancio. Un terremoto doméstico. La casa dio vueltas y quedó boca arriba. Mamá moría en la cocina sobre restos de comida, vasos, platos rotos y un charco de  sangre en movimiento rodeando su cuerpo, el rostro sereno que, por fin, sonreía.

Historia de un suicidio inconcluso

A diario yo atravesaba el Viaducto de la Concordia para ir al colegio. Era un puente infinito, peligroso en cada extremo, con ladronzuelos que se perdían por sus estrechas escaleras. Pero lo más común en ese puente eran los suicidas. Ciento cincuenta metros de vacío. Debajo del viaducto se distinguían los techos multicolores de casitas hechas con lata y cartón. Sus habitantes estaban acostumbrados a convivir con la muerte. Nosotros, los que vivíamos arriba, también. Por eso corrió tan rápido la noticia de la mujer que cayó sobre aquella cama vacía y salió ilesa. «¡Milagro!», dijeron en el barrio. «Es un ángel», repitieron otros. Yo la vi en el Hospital Central el día en que fui a visitar a mi bisabuela. La vi desde el pasillo. La puerta de su habitación estaba abierta. Ella, sentada en la cama en medio de grandes almohadas blancas, se veía hermosa, como un ángel. Quedé hipnotizada. Era excitante imaginar cómo esa mujer había atravesado en caída libre tantos metros y aterrizado sobre aquella cama, y ahora estaba allí, viva. Cuando volteó a verme, no sentí miedo. Solo recuerdo sus ojos enormes, negros, como un abismo que me invitaba a saltar

Contrato con la muerte

La Muerte, atraída por mi curiosidad y mi veneración, se animó una tarde de verano a visitarme. Aunque me tomó por sorpresa, debo admitir que la esperaba con ansias. Pensé que partiríamos de inmediato, pero ella me pidió antes un café. Pasamos la tarde charlando sobre las pasiones humanas, en especial sobre aquellas que a mí más me gustan. Excitada por mi relato, quiso la Muerte probar un poco de lo contado. Esa noche, con mi autorización, tomó mi cuerpo dejando que mi espíritu siguiera consciente durante toda la experiencia. El clímax de la noche lo alcanzamos juntas cuando, después de hacer el amor por quinta vez con un hermoso ejemplar masculino, decidimos clavarle un puñal en el corazón. Desde entonces tenemos un contrato indefinido: cada mes, algunas noches, la acompaño a realizar su trabajo cediéndole mi cuerpo. De esta manera, ella disfruta de la vida, y yo disfruto de la muerte

Negación

No cerraron la puerta de tu casa esa noche. No planifiqué todo durante los últimos seis meses. No soborné al vigilante de tu casa, no le di mil dólares a María, tu empleada. No manejé dos horas hasta La Molina. No dejé estacionado el auto a tres calles de tu casa. No llevé tres trozos de carne con somníferos en una bolsa negra. No les arrojé la carne a tus perros. No me llevé a Rebeca, tu hija de seis meses. No pagué por un pasaporte falso ni fragüé los permisos de salida del país. No soy la madre, no soy el padre. Y ahora, yo no soy yo, y ella, tu hija, ya no es ella. Mi nombre ya no será mi nombre. Su nombre ya no será su nombre. Ya no somos nosotras. Ya no seremos nunca las mismas. Y tú no sabrás nunca dónde estamos ni cómo vivimos. Y para ti, de ahora en adelante, la vida ya no será vida.

Caperucita reloaded

Mañana al amanecer me liberaré. Armada hasta los dientes, me ocultaré en algún lugar del callejón que da hacia la puerta trasera de tu empresa. Por radio, Blanca Nieves dará la orden de ataque. Bella Durmiente ya estará en la azotea del edificio del frente con la mira apuntando al lugar donde, en unos minutos, estará tu cabeza recostada en el sillón de tu oficina. Eres un animal de costumbres. A la misma hora de siempre dejarás el auto a dos cuadras. «Lobo Feroz entrando en la casita de la abuela» será mi señal cuando te vea atravesar el callejón, abrir la puertecita por donde ingresarás junto con Popeye y Olivia, tus nefastos asesores. Mañana se acaba este cuento maléfico y yo, tu Caperucita, cambiaré la historia. Ha llegado la hora del Lobo. El próximo será el Príncipe.

Cita inconclusa

Me dijiste que te espere en la Plaza Mayor, junto a la fuente con los ángeles que orinan agua de colores. Aquí estoy. Solo que me siento rara. Es como si no pudiera recordar nada más. Sé que estoy aquí, sentada en la fuente, o junto a la fuente. No sé… Muy cerca, una mujer está parada bajo un árbol. Lleva un gorro rojo. Me gusta el rojo. En una banca, una jovencita amamanta a su bebé. A su lado hay una caja con un pastel de la panadería francesa. Creo que está esperando a alguien para darle una sorpresa. Un hombre le grita que se guarde su teta, que es un lugar público. Qué extraño, están lejos, no sé cómo logro escucharlos. Quiero acercarme, defenderla del tipejo, pero no puedo. Mi cuerpo no quiere moverse, como si mi voluntad fallara. Me dijiste que llegarías puntual, pero hace mucho que ya son las cinco de la tarde. Un muchacho atraviesa la plaza corriendo, otros dos lo persiguen. Es un ladronzuelo, se ha robado un bolso de mujer. Los dos chicos logran alcanzarlo, lo arrojan al piso, lo patean con ira, con mucha ira. El ladronzuelo llora, sangra. Siento frío. ¿Por qué no llegas? Ya estoy cansándome de esperarte. Más allá, en otra banca, una colegiala se besa apasionadamente con un muchacho. Visten uniforme. ¿Me has besado así? Sí, creo que sí, solo que no puedo recordarlo claramente. Un hombre con saco azul y corbata roja camina apurado, habla por teléfono. Grita, vocifera, tira el teléfono, que se rompe en pedazos. ¿Por qué no me llamas? Busco a mi alrededor. Yo debería tener un bolso, un teléfono, pero no encuentro nada. Quiero levantarme, caminar. Llamo a gritos a la mujer del gorro rojo, pero no me hace caso. Parece como si no me escuchara. Y ahora veo la calle a un lado de la plaza, donde está la panadería francesa. Me veo a mí misma, con mi gorro rojo y mi abrigo negro. Salgo con el pastel que te compré de sorpresa en una mano, y mi bolso y mi teléfono en la otra. Me escucho decirte que ya estoy por llegar a la plaza. Cruzo la calle y un auto negro viene tan rápido que no logra frenar, y veo como mi cuerpo se eleva por los aires y cae. Caen mi cuerpo, mi gorro rojo, caen mi bolso y mi celular, que se rompe en pedazos. Cae el pastel, que se desparrama. Un hombre con saco azul y corbata roja sale del auto, se desespera, grita, vocifera. Todo está en silencio. Ya no escucho nada. Ahora solo veo tus ojos, tu rostro, te veo mudo, inmóvil, observando mi cuerpo sobre el asfalto, desde el otro lado de la calle. Detrás de ti, la fuente con los ángeles que orinan agua de colores.

Familia Perfecta

Después de mucho tiempo, un día de verano, una mujer regresa del extranjero a su ciudad natal. Toca la puerta de la que fue su casa materna. La puerta se abre sin que nadie la reciba. “La han dejado abierta”, piensa. Entra en la casa; siente un aire extraño. Avanza hacia el interior. La encuentra idéntica a como la dejó la última vez que estuvo allí. La familia está sentada a la mesa. A diferencia del pasado, ahora la reciben con abrazos y besos. Todos están alegres. Comen, conversan, ríen, celebran el retorno. Pasan los días y la escena se repite una y otra vez. La mujer se siente feliz. Ha vuelto. La familia ahora es como ella la soñó, y, lo mejor de todo, es que ya ninguno respira.

*Publicados en: https://revistaanestesia.com

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