literatura venezolana

de hoy y de siempre

Cuentos de Iliana Gómez

¿Quién mató a Virginia Woolf?

Había venido anoche para que le escucharan su cuento. Nada le importó si lo llegaban a publicar o no. “En verdad – me dijo – quiero que le prestes atención, como si jamás en la vida hubieras conocido algo parecido.”

Así tuvo que ser. Todos bien vestidos. La luz redonda abarcaba los pies. A muchos se nos obligó a permanecer sentados en la última fila. Nosotros nos consolamos pensando que los últimos serán los primeros. Como ella, que había dejado pasar mucho tiempo antes de atreverse. Que apenas tenía la osadía de leerme por teléfono varios borradores. Antes de comenzar, por supuesto, el amigo que hacía las veces de maitre (era la labor más sincera) se nos acercó con su usual: “¿quieren café?”. El nerviosismo nos acribillaba a tal punto que tuvimos que responder: “con azúcar, para disimular el veneno”.

Esperamos diez minutos, que para ella fueron diez segundos y para nosotros, diez años. Ella sería la víctima designada para esa noche y nosotros sus ridículos e inevitables verdugos. Claro que estábamos conscientes de su timidez, de su inseguridad, del dolor que la consumía por semanas y meses, si alguno de nosotros le hacía un comentario seco sobre su falta de estilo, sus prejuicios o su curiosa dispersión. Pero es noche alguien tenía que arriesgarse a cumplir la misión, que los altos mandos de la inspiración le habían encargado. Al fin y al cabo, la única razón para permanecer allí, y no enclaustrarnos en el cuarto de los locos, era que, aunque nos gustara permanecer a solas, ahora nos hacía falta el contacto con los eres que habitan el lado contrario de la ventana. Aún sabiendo que los espectadores padecen de incongruentes deficiencias visuales, al punto de que ninguno está capacitado para decir la verdad.

Pues sí, todos estábamos preparados para el sacrificio y tratamos de ser lo más cortés posible. Línea por línea, la fuimos conduciendo a su destino. Uno de los lectores propuso: “vamos a ver que no suena”. Otro: “¡zas, que se lo quito!”. Uno por uno, todos vamos zigzagueando los lápices. De repente, uno de los compañeros la detiene, porque hay algo que no comprende. A partir de allí, ella prosigue atropelladamente, como si su única urgencia fuese cesar la lectura. Esperar la decisión.

Voces que corren por los cuatro vértices de la sala, que respiran los minutos suspendidos. Afuera los extraños se preguntan: “bueno, ¿y qué pasa?” El primero de la izquierda emite su opinión, porque ya está acostumbrado a cumplir con sus “responsabilidades”. La segunda pide que la esperen: “paso”. La tercera elogia el texto, lo encuentra muy bonito. El cuarto se rasca la cabeza y dice estar de acuerdo con la anterior. Como conclusión, todos quedamos muy felices.

Pero, precisamente, ahora que la tensión se ha distendido, que el nerviosismo ha desaparecido y que nos encontramos cómodamente instalados, dándole palmaditas y sonrisas de felicitación a la autora, ella nos mira enigmáticamente y permanece callada. Alguien más decidido que yo la conmina a hablar, a darnos una explicación. Entonces ella se ríe con todas sus ganas. Nuestro bochorno no tiene límites. Algunas pretenden levantarse en señal de protesta. Ella nos detiene y revela su secreto. Su rostro de espía se descubre, triunfal.

– Ahora sí, ya puede decirlo. Para que se enteren. ¿Saben una cosa? Que este cuento no lo escribí yo.

Lo importante es saber manejar

Tomamos la curva nuevamente y me pareció que estaba soñando en otro idioma, porque al igual que en las películas, un letrero se nos acercaba por el lado derecho y no lográbamos entenderlo. Después percibimos la mano de una desconocida y sospechamos que nos quería tender una trampa. Pero lo que nos salió al paso era una rama torcida, a punto de fenecer en la mitad de la carretera.

Ahora todo luce indiferente, como si el lugar de los hechos, el mismo donde creímos haber visto su mano, no tuviera otra historia que de dejar pasar el tiempo y los seres y la vida. ¿Qué puede saber una rama de lo que uno piensa, del temor de resbalarnos bajo la lluvia, del temor de llevarnos a otro por delante? Y para poder manejar, son muchos los pasos que hay que dar en el camino. Eso, por supuesto, no lo entienden las plantas.

Conducir con precisión, cuidándose de las esquinas, del que se avecina, tomar bien la curva. Uno mira en el espejo buscando rastros, sin llegar a leer “OBJECTS IN THE MIRROR ARE NEARER THAN YOU SEE THEM”, pensando que es suficiente la distancia y que estás aún a tiempo de pasarte a otro canal. Pero ya sin tener que hacerlo, ya permaneciendo en el lado más lento, cuando tú miras el reloj y te das cuenta de que oscurece demasiado, que ya no vas a aguantar la situación por más tiempo, entonces los nervios te acosan y deseas abandonar el volante. Como si fuera posible que un conductor distinto tomara nuestro puesto. Que se mostrara entusiasta y nos contara todas sus proezas amorosas, una cita con el diablo, las encrucijadas y otros asuntos que pueden distraernos. Porque, sin duda, la vida sobre el volante es muy escasa y hay que cubrirla, adosarla y darle brillo. Porque nadie se atreve a decir que su historia es insignificante. Que circulan por la autopista a toda velocidad, porque la velocidad es un espectáculo para su cuerpo, como lo son los golpes de tambor, el pulsar de una guitarra eléctrica o la sensación de volar sobre los árboles.

No, señor, la gente inventa fábulas y encuentros. Rodamos por la cuesta, impulsados por ardientes deseos de cambiar de sitio, de producir nuevos ritmos, de experimentar todas las posibilidades del mundo. Todo, menos vegetar hasta el final de los tiempos.

Ahora todo luce indiferente. La yugular de esa rama vierte su caldo lechoso al borde de la vía. Olor de objetos chamuscados. De ay, cuidado, ay Dios mío, ay no. Y mientras uno sigue anhelando cambiar de puesto, cederle el volante a un ser distinto, la cabeza embate sus paredes contra la llaga de una pregunta: ¿estaría durmiendo acaso?

Y como si mi acompañante hubiera leído el pensamiento, me asegura haber visto la mano de una mujer haciendo señas en la vía. Que él iba muy confiado en el terreno y en sí mismo. Que una vez que pasó la curva, no supo si devolverse o continuar. Y continuó avanzando, acelerando, adhiriendo sus manos con creciente intensidad, tratando de alejarse. Porque no quería que lo delatara. Que descubriera su inmadurez, sus mentiras, el desconcierto. Y tuvimos que guardar silencio el resto del trayecto. Porque ninguno quiso admitir que, después de todo, lo vital consiste en aprender a tomar la curva.

Todas las mujeres son arbolitos

– Perdone que no le preste atención a lo que me viene diciendo, pero es que me distraje para poder ver al tipo ese, el que está allí enfrente. Perdón, pero es que son muy pocas las tardes que pasa por aquí y, si nos ve desocupadas, entra a saludarnos. Últimamente no lo hace, porque seguramente me ha visto tan ocupada con estos arreglos y la gente probándose la ropa. Él siempre tiene alguna cosa que decir, algo que contarme. Me hace tana gracia, porque creo que todo es algo inventado, que él nunca ha visitado Roma, y que eso de sus expediciones al Orinoco, o que ha trabajado como arqueólogo, y que se la pasa buscando vasijas, que se mete en cuevas, en fin, se oye muy lindo, pero nada. El tipo debe andar de lo más aburrido. Sí, no me extrañaría que escribiera a los consultorios sentimentales en busca de pareja…

– La última vez que se acercó a la tienda era Navidad. Y claro, había más gente que nunca. Pero de todos modos, él se paró en la puerta y yo lo llamé, en medio del zaperoco de trapos que había por aquí. Algo tímido, imagino que le daba pena con las chicas. Pero yo insistí y le ofrecí un whiskicito. Se veía más delgado, me dijo que era un problema del hígado. Usted sabe, cuando a ellos les da por la bebida, si no comen, pues algo les pasa. Se ponen amarillos o les sale una úlcera. Si usted lo hubiera visto, le habría parecido un marcianito. Con esa cara, los ojos brotados, el coco liso, y las piernitas, era el retrato hablado. Bueno, pero él siempre tan amable, nos trajo una cesta de dulces. Son cosas que le encanta hacer. Traernos algo de comer. Y me dice: al borracho no le gusta el dulce. Pero a mí me gusta regalarlos. Y eso que le decimos que no lo haga, porque andamos a dieta. Pero ni modo. Siempre nos trae algo y no podemos decir que no. Yo creo que él ha pasado mucha hambre. Y no por gusto. Nunca le he preguntado por su familia. Parece que no tiene. Y si la tiene, debe andar lejos. Tú te imaginas. Un hombre solo, perdido en la ciudad. Trabajando en quién sabe qué. Inventando una vida del otro mundo. Y creo que solamente así es feliz. Porque cuando nos conversa, y las muchachas se quedan con la boca abierta, y las ve riendo o con cara de espanto, sus ojos se abren más, su cara se anima, no sé… Si lo hubiera visto en navidad. ¡Cómo le gustó el arbolito! Que si los bastones, que si la nieve y todas esas cositas. ¿Y sabe lo que se le ocurrió? Pues dijo que nosotras en la tienda hacíamos lo mismo. Que éramos arbolitos. Que nos fascinaba llenarnos de todas esas cosas y ponernos luces y colores como los arbolitos. Que por eso éramos muy alegres y a él le gustaba vernos. Que si no fuera por nosotras, él se hubiera muerto de tristeza en Navidad. Porque allá afuera, en la calle, todo era muy frío. ¿No le parece increíble? Nosotras teníamos ganas de llorar. Nos pareció que el tipo venía a visitarnos por última vez. Habló tanto, que a ratos no entendíamos lo que decía. Sí, estaba de lo más raro. Como un auténtico marcianito. Yo hasta le dije que fuera al médico, que comiera con nosotros, pero él, ¡qué va! Dijo que ya había comido, aunque se veía que mentía. Créame que hemos pasado estos meses creyendo que algo le había pasado. Por eso me parece increíble que todavía esté por aquí. Buscando con quien hablar. Trayéndonos algún dulcito, diciendo que estuvo en tal parte y en tal otra. Usted tiene que conocerlo. No se asuste por su aspecto. No es un loco, sin duda. Y aunque no esté bien, la verdad es que nos divierte. No conozco a nadie que hable tan bien. Tiene una imaginación del carajo. Habla y habla sin parar. Claro que de su vida nunca dice nada. Nadie sabe lo que le pasa por dentro. Es mejor que la televisión, no para de contar. Habrá leído mucho, pero más que eso, parece haber estado en miles de sitios, como si no parara en ninguna parte. O a lo mejor que se mete en sitios como este y se pone a escuchar y copia lo que oye. Bueno, el tipo sin duda no anda muy bien. Pero yo me alegro tanto de verlo otra vez, de saber que, después de la navidad, anda por aquí otra vez. Vamos pues, vamos a llamarlo. Que venga con sus embustes. Vamos a ver qué cosa nueva se le ocurre.

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