literatura venezolana

de hoy y de siempre

Cuentos breves de Douglas Bohórquez

Berlín, un domingo después

A Gabriel Elías Bohórquez

Ahora tú vives en Berlín y es verano. Seguramente paseas en tu bicicleta o vas solo a pie por alguna desconocida calle de agosto. Imagino que te sorprendió la extraña hospitalidad de las máquinas, el riguroso orden en que llegan y se despiden los trenes, el ajetreo de algunas palomas en Alexanderplatz, pero ¿hay insectos en Berlín?, ¿qué color tienen los días?, ¿cómo son las noches y las mañanas?, ¿con quién hablas o tomas el té en los mediodías?, ¿con quién sueñan las mujeres en Berlín?

Cuando llegaste nada sabías del frío y te sorprendió despertar solo entre hábitos y palabras ajenas. Te acompañaba el recuerdo de tu casa en la montaña, tus primeros pasos en el patio bajo la protección de tu madre y del gran árbol de mango, tus cumpleaños con algún payaso y caramelos y piñatas para tantos niños, ¿a cuántos niños habías invitado?, o cuando apenas gateando intentabas subir al enigmático cuarto de arriba, hacia la insospechada biblioteca en la que preguntaste si podías aprender a volar. Más tarde me dijiste, fue bello, padre, como aquel cuento de El principito, pero el país, nuestro país, cómo lo han destruido: tuve que huir

Ahora vives en Berlín y piensas en tu novia o en tus amigos de antes que contigo aprendieron a descifrar la vida, sí, aquella vida como una bella manzana girando en el porvenir de la noche. Entonces era el transcurrir de las primeras letras cabalgando hacia la cima de los cerros en aquella humilde escuela del pueblo. Todo fue lento y rápido como un huracán de la belleza envolviéndonos en su invisible trama azul.

Ayer Berlín era para ti una distante mañana fría, un tránsito hacia la flor y la lluvia. Hoy todo se escurre entre las piernas de las mujeres, los vasos de los bares y las palabras de los turistas que compulsivamente compran en las grandes tiendas y no miran el cielo, sí, el maravilloso cielo de Berlín.

Protesta

Vine a protestar porque ya no te veo, porque nada es como antes, porque de pronto todo cambió entre nosotros y me dijiste: ya no es lo mismo. No sé qué ocurrió en ti o en nosotros, ¿se produjo una mala posición de los astros?, ¿cambió la dirección del viento?, ¿se confundieron los elementos? Nunca interrogué tus propósitos, nunca supe a dónde querías ir. Yo simplemente me limitaba a seguirte, como la purísima aparición de la belleza, como un militante de la esperanza obsedido por tu cuerpo y tu imagen. Esa imagen sagrada de tus vestidos, de tus gestos, de tus palabras, que ahora da vueltas en mi cabeza y me lleva a los lugares de antes, un bar, una tasca, una taberna donde solíamos hablar y tomarnos una cerveza o un whisky. Después llamé por teléfono y no respondiste. Te busqué por las plazas, por los parques, por las calles que solíamos recorrer. No te encontré.

Por eso vine a protestar. Porque no es justo perderte, porque no puedo quedar al garete, varado en medio de este océano de mentiras en que se ha convertido la realidad. Es como si hubiese ocurrido una intempestiva interrupción de aquel viaje que nos conduciría a la mítica Manoa. Me quedé a oscuras dentro de mí. No supe qué hacer: me quedé sin aire, sin cielo. ¿A quién buscabas?, ¿te equivocaste de ciudad, de persona? ¿No era yo entonces el capitán de tus vastos dominios?, ¿a quien decías que amabas?, ¿fue un error encontrarnos? Yo, por el contrario, siempre supe que tú eras mi tabernáculo y mi alfabeto, mi lengua por fin salvada.

Pero de pronto un día dijiste soñé, madre, lavándome la sangre y ya eras otra, decías otras palabras, tenías otros gestos, vestías de otra manera. Sin embargo yo seguí aferrado a tu imagen y por eso tu ausencia ahora es como la noche de los fusilados, como la delación de una revuelta, como la caída del reino. Se rompió el puente que nos unía y yo quedé como ropa sola, protestando la calle, del lado de la jauría.

Rapsodia para Lezama Lima

Esta tarde cuando caminaba por la Isla vi a Lezama. Fue como una repentina iluminación. Cuando giré para hablarle ya no estaba. Desde su escapadizo rostro vislumbré a Narciso. Recordé sus palabras: “Narciso, Narciso. Las astas del ciervo asesinado / son peces, son llamas, son flautas, son dedos / mordisqueados”. Entonces supe una vez más que amó obsesivamente la belleza hasta verle sangrar la perfección de la “lengua alfilereada”. Amó también la Isla y su increíble tornasol de rojo tiburón nocturno. Hasta lo más hondo descendía para hablar de su giratorio deseo de la madre. “Deseoso es aquel que huye de su madre”. Dánae otra vez lo interrumpía “entre labios y vuelos desligados”. Todo es siempre nacimiento y luz, solía decir. Resurrección. Ahora otra vez recordaba a la madre, la comunión y la casa como extraños viandantes cotidianos poseídos por el misterio del paisaje. Entre ellos vivía. Puro trópico enredado en su deseo. Desde el sueño visitaba a carámbanos, caracoles, lebreles. Con dificultad respiratoria recorría la Isla. Allí lo vi aquella tarde, fugazmente. Luego supe que le habló al doctor Angélico para proponerle ser ilustre guía de las ballenas que van a morir a la costa entre antílopes y serpientes “de pasos evaporados”. Pero el doctor le dijo no, prefiero ser el padre de los tristes toronjiles.

Hoy vi de nuevo a Lezama cuando entraba por el zaguán de su casa. ¿A dónde va, Maestro?, le dije. Hacia Dánae voy —respondió—, hacia Narciso.

Ñángara

¿Quién era el niño maltratado? ¿Y quién era el que maltrataba al niño?
¿Una persona adulta? Y entonces, ¿qué persona era esta?…
Todas estas interrogantes recibían la misma respuesta: “No sé…, pegaban a un niño”.
Sigmund Freud

Pegan a un niño. No soy yo. Es el niño. Desde aquí se escucha. Lo castigan porque ama furiosamente a su madre. Porque quiere su seno, su piel, su calor, su cuerpo. Porque quiere volver al vientre, a ese lugar imantado por el deseo, donde estaba, bello refugio contra la miseria y el ansia. Por eso chilla. Porque no entienden que tiene hambre y tiene que chillar. Y otra vez lo vuelven a castigar porque ahora habla y dice madre padre perro chulo puto, porque ahora roba lo que no le dieron, porque es pecado no comer como Dios manda, no vestir decentemente, fornicar, desear a la mujer de su vecino, tan bellos sus senos, su piel, su boca, su cuerpo y por eso le dice calladamente tú eres mi obsesión, mi mejor fantasía, no me importa tanto castigo y tanto pecado y tanta policía, no me importa que otra vez me peguen, la cárcel, la insolencia, solamente quiero amarte de nuevo como si fuera el primer día cuando nací otra vez sobre tu seno y recordé que chillaba para que no me dejaran allí tan solo, como si fuera un residuo, un ñángara, un desperdicio el mismo acusado de siempre, el mismo maldito expulsado de todos los días.

Litoral

Con alguien que no existe discuto. Siempre discuto sobre la improbable frontera de estos días en la que pocos amigos persisten. Ningún rostro se asoma por el litoral, ningún nombre, ninguna bandera, sólo gestos de un enigmático pasajero apoyándose en su pequeño paraguas. De pronto algo gira en la mañana como un iluminado mástil invisible que golpea sobre la nostalgia y me convierte en un extraño sobreviviente de la vigilia. ¿Avanzo? No sé si avanzo entre mis antepasados o toco la luz de los maravedíes. No sé si despierto o regreso. A veces amanece lluvia sobre las tapias. Entonces este viaje este recuerdo de barco encallado en su salitre es nube es viento es sólo aire de playa entre girasoles.

Sobre el autor

*Publicados originalmente en: https://letralia.com. Foto: Iván Cañas (tomada de: https://zoevaldes.net).

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