literatura venezolana

de hoy y de siempre

Los desterrados (selección)

Eduardo Sánchez Rugeles

EL DESARRAIGO IMPOSIBLE

«¿Venezolano?», preguntó el guardia de inmigración. «Sí, por desgracia», respondió con desidia. Grupos de patrioteros cercanos al escritorio, inmediatamente, censuraron la franqueza del muchacho. El murmullo se extendió a lo largo de la cola. Las frases hechas rebotaban contra las estructuras amarillas de la T4: «¡Por eso es que el país está como está!»; «¡El problema de Venezuela es que nadie la quiere!»; «La juventud debería luchar en lugar de quejarse»; «bla, bla, bla». El guardia puso el sello en el cuaderno y le devolvió el pasaporte. Tras el incidente, el joven desterrado parecía llevar un cartel —avalado por la Organización Mundial de la Salud— que lo identificaba como enfermo terminal. Era un tipo flaco, tembloroso, tenía el cabello largo, sucio, atado en cola de caballo. El rumor sobre la confesión del apátrida continuaba su prédica entre los viajeros: «Ese sifrinito dijo que sentía vergüenza de ser venezolano, ¡qué bolas!»; «¡Qué horror!»; «Ave María purísima», dijo alguna doña santiguándose.

Aquella tarde era la fecha tope: debía entregar a los editores de ReLectura mi crónica sobre unas curiosas operetas que tenían lugar en los sótanos del Teatro alia Scala (Milán). El artículo, sin embargo, quedaría para una próxima entrega. El encuentro con aquel desterrado en el aeropuerto de Barajas desbarató mis pretensiones. «¿Profesor Sanz?», escuché de repente. Estaba distraído, con la memoria arisca. Quien hablaba era el apátrida. No lo reconocí. «¡Profesor Lautaro!», repitió antes del abrazo. Se quitó los lentes y pude visualizar su lugar en el aula: primera fila pegada a la pared, segundo puesto de atrás para adelante. Se sentaba delante de Adriana Haffner y detrás de Daniela Esteva. «¿Garmendia?», pregunté. Iberia, entonces, decretó la huelga. Las correas de las maletas pararon intempestivamente. Nuestras conexiones anunciaron retardos. En aquellas horas de espera, Felipe Garmendia me contó lo que había sido de su vida. Aquel testimonio de aeropuerto destruyó un indolente pero sólido concepto de la costumbre en el exilio. Al día siguiente cuando desperté, nada parecía tener sentido.

Garmendia contó episodios privados que no pretendo hacer públicos, luego, ante la espera eterna, inició su speech: «Mi único deseo es abandonar ese lugar para siempre —dijo—. ¿A dónde voy? No me importa. No creo que el resto del mundo sea gran cosa pero necesitaba salir de Caracas. Odio mi pasaporte. Ojalá hubiera nacido en otra parte». Aunque furioso, estaba impasible. Hablaba sin modular, con la pierna derecha montada sobre su rodilla. Sus ojos se perdían en el vacío, un vacío cuyo fondo estaba ocupado por una máquina de refrescos. «¿Existe, profesor, alguna razón convincente y real para amar un lugar como Caracas? ¿Es posible, sin sensiblerías, decir que esa ciudad tiene algo por lo que valga la pena hacer sacrificios?» No respondí. Sabía que si, por herencia pedagógica/trágica, usaba algún psicologismo formato McGraw-Hill o exponía criterios chauvinistas me ganaría su reticencia. «No me trates de usted, hace más de tres años que fui tu profesor. Ya no ejerzo la docencia, Felipe. Yo también me fui». «Sí, lo recuerdo. Recuerdo cuando se fue. Al principio me pareció que usted era un cobarde pero luego lo entendí».

Felipe Garmendia, recordé, pertenecía al curso que coincidió con mi renuncia. Yo entonces era profesor de Historia en cuarto y quinto año. A su grupo sólo pude darle clases un año, en cuarto. Luego me fui; entre dimes y diretes con el mundo olvidé las gratitudes de mi oficio. Antes de la aparición de Garmendia en el aeropuerto de Barajas me había impuesto el precepto de olvidar mis años de docencia. El muchacho esperaba respuestas. No sabía qué decir, había perdido la espontaneidad, la retórica, la capacidad de escuchar y, además, la sensibilidad de la enseñanza. Me había hecho viejo.

Ante mi silencio, Garmendia continuó. «¿En qué me ennoblece un maldito araguaney? ¿Qué le debo yo al árbol? ¿Dígame usted en qué parte de esa tierra maldita existe un volcán? Se lo pregunto porque estos arrieros —hizo un gesto de desprecio hacia un grupo de personas que, al fondo, hablaba mal del gobierno— suelen desgarrarse el pecho cantando un horrible villancico que define nuestra idiosincrasia como una mezcla de desierto, selva, nieve y volcán. No entiendo por qué tenemos la necesidad de disfrazar nuestros fracasos con la exuberancia de la naturaleza. ¿Dígame usted, profesor, humanamente, qué puede aportarnos la cascada más grande del mundo? Por cuestiones de familia he tenido la oportunidad de recorrer todas las carreteras de Venezuela, he dormido en pueblos y ciudades nulas, muy nulas. He vivido, además, toda mi corta vida en Caracas. ¿Sabe qué fue lo único que vi? —no respondí. Cambió de posición, estiró las piernas y se puso las manos detrás de la cabeza—. Una humanidad famélica que no aspira a nada; una especie de analfabetismo existencial, una parodia de nación, un simulacro de espíritu. Yo, profesor, se lo digo honestamente, tengo más de un año promoviendo el exilio; persona con la que hablo que me comenta que tiene ganas de irse, le digo lárgate, vete de esta mierda, esto no vale nada. Sin embargo, dentro de mi espontaneidad apátrida no puedo evitar un sentimiento de culpa, una incomodidad ante el desarraigo, una especie de pesar por reconocer que una de las cosas más ridículas que he visto en mi vida es al tal Dudamel tocar Pajarillo con arreglo sinfónico. No sé —por primera vez, desde que inició su monólogo, soltó algo parecido a una carcajada—, se supone que uno debe estar orgulloso de eso, ¿no?; se supone que uno debe sentirse bien porque Juan Arango juegue en el Borussia Mónchengladbach a pesar de que ese equipo, de los más intrascendentes de Alemania, se esté peleando el descenso a una categoría mediocre. Mire a ese pobre infeliz —señaló a un caminante que, en sentido contrario, llevaba una gorra de los Navegantes del Magallanes y un morral con la bandera de Venezuela—. ¿Cómo alguien puede ir por el mundo ostentando esa mierda? A veces pienso que si Shakespeare hubiese sido venezolano el dilema de Hamlet habría sido mucho más simple: ¿Caracas o Magallanes? ¿Chicha o Riko Malt? ¿Por la Cota Mil o por la autopista? ¿Sambil o Tolón? ¿Puerto La Cruz o Río Chico? ¿Dallas o Montaña Suite? ¿Whisky o ron? Sólo eso, nada más. No lo entiendo, profesor. Usted, que siempre tuvo las respuestas, dígame cómo se puede sentir afecto por nuestra cultura de la mediocridad y la muerte».

«Es difícil de explicar, Felipe —dije tratando de ganar tiempo, inventando argumentos sin forma, palabras equívocas, eufemismos vacuos—. Puede que esta vez no tenga las respuestas. Te diría, incluso, que nunca las tuve y que, quizás, muchos de ustedes sobrevaloraron mi influencia. Yo estoy tan desorientado como tú, no sé lo que está bien ni lo que está mal, me fui de ahí con una rabia parecida a la tuya. El tiempo, sin embargo, ha menguado mis arrebatos. Al final, y no sé por qué, hay muchas cosas que se echan de menos, es lo único que te puedo decir». «Si me viene con el cuentico del Ávila, los panas, el pabellón, el Diablito o las hallacas, me pararé de aquí y lo insultaré; con todo respeto, créame que le caeré a coñazos. Yo no sé quién inventó esa ficción de que el venezolano es de pinga. Nunca he estado en un lugar en el que se tenga tanto desprecio por el prójimo». «Sabes, Felipe, creo que si no tuviera tanto tiempo fuera de Venezuela no te diría lo que te diré ahora. He sido un errante, he llevado una vida sin destino, he estado en lugares que nunca me imaginé que podían existir. Al final, las cosas que se echan de menos no resultan visibles; creo que tiene que ver con el arraigo, es algo impalpable, telúrico. Estoy hablando paja, lo sé. A ver, déjame intentar explicarlo. Puede que haya cierta poesía en el despropósito, en lo mal hecho, en lo incompleto. A lo mejor tienes razón, puede que Venezuela sea un pueblo innoble pero, curiosamente, creo que la falta de nobleza es la que nos permite reconocernos, la que nos da cierta identidad. He llegado a creer que, a fin de cuentas, no resulta tan malo ser un acomplejado. El venezolano siempre sospecha que algo está mal, que el mundo conspira contra él, que lo quieren joder, que la ley de Murphy es un decreto publicado en Gaceta Oficial; el venezolano siempre lleva consigo resmas de fotocopias de sus cédulas, licencias, certificados médicos —originales o falsos—, porque sabe que, en cualquier momento, los necesitará para evitar el soborno del primero que diga ser gendarme. Esa desconfianza, esa visión paupérrima de la vida cotidiana, en el fondo, puede ser nuestro mayor atributo pero eso es algo que sólo puede verse desde lejos; estando inmersos en el caos sólo se percibe la vulgaridad y la miseria. En estos años he podido conocer el mundo y el mundo, la verdad, no ha logrado seducirme. Todo se ve mejor en las postales. Cuando atraviesas una calle cualquiera te das cuenta de que todo se parece. Es bueno viajar, Felipe, viaja, camina, agarra un mapa y lárgate a recorrer lugares extraños. En cualquier lugar verás lo mismo: gente. Y el venezolano, a fin de cuentas, maldito o no, no es más que gente. Te diré algo que me contó un amigo recientemente fallecido; era librero en Nicosia, venezolano por cierto. Antes de morir, mortificado por el destino de sus libros de Ayacucho y su idiosincrasia en conflicto, dijo: «Cuando los conductores obedecen las luces de los semáforos, cuando las personas cruzan la calle por los pasos de peatones, cuando la puntualidad es un indicio de responsabilidad, cuando las gentes callan en los cines y apagan los celulares en los teatros, siempre aparece un venezolano que considera que esos valores son absurdos, que la vida sólo vale la pena ser vivida con cierto margen de irresponsabilidad, irreverencia y escándalo, y todo esto, también, puede ser una forma de belleza»».

Silencio. Despotriques contra Cadivi. Citas de anécdotas graciosas. Vuelta al ruedo: «He seguido sus columnas en ReLectura y, con todo respeto, me parece que son una mierda». «Sí, también lo he pensado, Garmendia, gracias por tu honestidad». «¿Se acuerda cuando cerraron RCTV? —asentí en silencio—. Usted fue de los pocos profesores que, en esos días, dijo algo diferente. Todo el mundo hablaba de la democracia, de los derechos, de la justicia, el palabrerío de los periódicos. Esa mañana teníamos clase de Historia del Arte. Entró al salón con aire tranquilo, anotó un esquema en la pizarra y mal dictó un concepto. Esperábamos más, yo esperaba más. Afín de cuentas, más que un profesor, tú siempre fuiste nuestro maestro. Hizo el amago de hablar del barroco e, intempestivamente, lanzó su lección. ¿No recuerda lo que dijo, profesor Sanz?» «Honestamente, no, Felipe, no tengo idea», dije sin mucha saliva. «»Nos están mutilando nuestra propia miseria», eso fue lo que dijiste. Hablaste de la televisión venezolana, dijiste que te parecía una basura, una cosa mal hecha, mal producida, improvisada, sin inventiva pero, inevitablemente, nuestra. Hablaste de la tristeza que suponía el saber que algún insensato nos echaba en cara nuestra minusvalía. Dijiste que, de alguna forma, nuestra podredumbre también nos pertenecía y era legítimo tratar de reivindicarla. Pero, profesor, dígame usted, realmente, sin eufemismos qué significa tratar de reivindicar algo en ese país, qué significa luchar, vale la pena luchar, luchar contra qué, cómo. ¿No es absurdo? Yo le digo algo, y está es, a fin de cuentas, la razón por la que me fui: el mes que viene cumpliré 20 años, no hay una sensación de soledad más brutal que la de ser joven y ser venezolano, eso es terrible. No hay salida, todo está mal, todo está cerrado; cualquier idea de bienestar es una quimera. Usted sí podía luchar, usted tenía herramientas para luchar, sin embargo, decidió largarse a improvisar empresas absurdas, a descubrir cuadernos apócrifos que no le interesan a nadie. Usted tenía una arena donde batirse y, de un día para otro, se largó a buscar anillos únicos, flores azules o qué sé yo qué. ¿Encontró a su Mefistófeles, profesor Sanz?»

«No, Felipe, la verdad, no he encontrado nada. Espejismos, me tropecé con un par de espejismos, tienen su encanto pero sólo son imaginaciones. Tienes razón, vivo en aeropuertos y puertos, me he convertido en un nómada…». «Que lee y escribe sobre Venezuela, que publica columnas en un portal de Venezuela y que, seguramente, cada mañana lo primero que hace al despertar es revisar Noticias24. Es patético, ¿no le parece? —no respondí—. Te diré por qué te fuiste, Lautaro; hay personas que te conocían mejor que yo; la gente habla, muchacho no guarda secretos; una vez me contaron que te fuiste porque querías ser escritor. Supuestamente, tenías uno o dos guiones cinematográficos que querías mandar a concursos. Te fuiste con la ilusión de ganar un Oscar o un premio literario de esos en los que, además de un cheque que te resuelve la vida por un tiempo, te regalan una escultura de un artista postmoderno. Tú sabes muy bien que podrías ganar algo mucho más significativo cada veintiséis de julio y eso es lo que no te deja dormir. Recuerdo cuando se graduó mi primo Rolando, tu última promoción, estabas ahí con tu Parkinson precoz, con tu agorafobia y tu vértigo por las multitudes. ¿Has vuelto a tropezar, en tu búsqueda, con una sensación de bienestar parecida a aquélla? Tú te podrás haber ido a la mierda a buscar no sé qué pero sabes muy bien que nunca, en ninguna parte ni en ningún oficio, tendrás la inspiración que encontrabas ahí; podrás haber hallado las novelas eróticas de Rómulo Gallegos o el cuaderno perdido de Cabrujas pero sólo podrás encontrarte a ti mismo el día que vuelvas a pararte delante de un salón de clases. Esa es la disyuntiva entre tu felicidad o tu desgracia». Bajo el rótulo de salidas a Barcelona el delayed fue sustituido por el boarding. «Es mi vuelo —se levantó—. Un placer haberlo visto, profesor. Espero no haberlo incomodado con mis peroratas, todo el mundo dice que hablo mucha paja». «Buen viaje, Garmendia. Tarde o temprano, lo verás, la tierra te tocará el hombro». «A mí no me tocará nada, lo sé. Yo no dejé nada atrás, ¿y usted? ¡Coño! —se interrumpió mientras intentaba cargar su maleta—. La Guardia Nacional me pinchó el equipaje, maldita sea». «Vamos, te ayudo». Caminamos juntos hasta la puerta H, o el pasillo H, o la sala H; la T4 es una locura. Mi vuelo había sido aplazado por más de seis horas. Debía pasar la madrugada en el aeropuerto. Llegamos a la puerta de embarque. Un grupo de holandeses protestaba por el retraso. «No sé, Lautaro —agregó antes de despedirse—, yo ni siquiera tengo muy claro qué quiero hacer con mi vida pero sí sé que tú eres uno de los pocos anormales que conozco que todos los días sueña que tiene las manos llenas de tiza y que se sienta sobre un escritorio a verles la cara a cuarenta adolescentes que, en su mayoría, no saben ni cómo se llaman. Deja de tomar tés chimbos, relajantes musculares o Valeriana. No te caigas a cuentos; si quieres volver a dormir, sólo tienes que asumir con dignidad suficiente tu vocación irrevocable de docente». El avión abrió la puerta. Felipe Garmendia me extendió la mano e hizo una moderada reverencia. «Fue un placer hablar con usted, profesor Sanz. Hasta luego. El mes que viene espero leer su interesantísima columna sobre las extrañas operetas venezolano—milanesas».

EL LIBRERO DE NICOSIA

Conocí al librero de Nicosia en el club venezolano chipriota del barrio Laika Yitonia. Tenía más de dos horas vagando por los arrabales griegos cuando una pizarra negra, con una inscripción de tiza y en español llamó mi atención: «Esta noche, eliminatoria suramericana: Bolivia—Venezuela». El lugar parecía un mesón mediterráneo cualquiera. Menú del día: almejas, pulpo y ensaladas verdes. El lugar era distante y solitario. La curiosidad impuso argumentos irrefutables. Abrí la puerta. Supe, entonces, que se trataba de una especie de taguara culta o bar—biblioteca.

El antro de Nicosia en el que transmitirían el partido de la Vinotinto era un lugar de borrachos lectores. Las paredes —empotradas con antiquísimas estanterías de madera— estaban repletas de libros. Casi todas las obras expuestas en el primer salón eran ediciones griegas o turcas. Cerca de la barra pude ver el busto de un escritor chipriota llamado Nicos Nicolaides al que varios aficionados habían llevado peticiones y ofrendas. Había seis personas leyendo y tomando. Un anciano amarillo, muy amarillo, sostenía un ejemplar de El cementerio marino de Paul Valéry. Aunque leía en silencio, sus labios entreabiertos articulaban palabras que no llegaban a decirse; entre verso y verso vaciaba una copa de vino blanco. Un borracho joven, con aires arios e insolados, leía La isla del tesoro y contrastaba la lectura con un mapa antiguo que extendía sobre sus rodillas. Otros lectores ebrios hojeaban textos de poetas griegos de los que nunca había oído hablar.

«Hola», me dijo el dispensario en inglés. Era un hombre fofo, sin cuello, el mentón y el pecho parecían ensamblados por el tradicional sistema tornillo-tuerca. «¿Qué se le ofrece?», su inglés era artificial, de curso de Internet. Pedí una cerveza y caminé por un pasillo estrecho. Encontré, sin proponérmelo, un amplio salón en el que, entre las inmensas librerías, podía verse un televisor pantalla plana acompañado de un sistema home-theater. La sala estaba vacía; había por lo menos ocho mesas sobre las que reposaban sillas colocadas al revés. Hice un paneo pausado y tenebroso por el cuarto. En una de las paredes vi algo desconcertante. Allí, en Chipre, en un bar de Nicosia —en la Nicosia griega—, había un retrato de Rómulo Gallegos. Era un calco del retrato de siempre: aquella foto en la que Gallegos, en blanco y negro, aparece con cara de estreñimiento con los ojos perdidos en el cielo. Debajo del cuadro había una mesa pequeña —un simulacro de altar—. Pude ver un banderín de los Leones del Caracas y un Adiós al siglo XX de Montejo abierto en el poema Oración por el tacto. «¿Venezuela?», me preguntó con gracia el librero barman quien, repentinamente, apareció con mi cerveza. Asentí a disgusto. «Regrese en la madrugada —me dijo—, a diez para las tres comenzará la retransmisión del partido. Podrá conocer a los demás miembros del club de venezolanos de Chipre».

Vine a Nicosia invitado por el Cyprus Research Center; en realidad, «invitado» por una amiga becaria del Cyprus Research Center. Ella —quien me pidió que no la citara— escribe actualmente una tesis sobre no sé qué cancionero chipriota y sus relaciones con la cultura mediterránea. La conocí en el noventa y tanto en un congreso literario que inventó la Escuela de Letras de la UCAB. Fuimos «noviecitos» un par de meses hasta que el affaire del Banco Latino desfalcó a su familia y tuvo que abandonar los estudios. Un año más tarde, gracias a un abuelo o bisabuelo griego, pudo repatriarse. Hace unos meses, durante mi convalecencia en Kingston, solicitó mi «amistad» por Facebook y en un alarde de falsa cortesía me dijo que cuando quisiera fuera a visitarla a Nicosia. Llegué al aeropuerto de Larnaka un 22 de mayo con la convicción de que era el único venezolano en Chipre —eso sin contar a mi amiga quien, para entonces, había obtenido la nacionalidad griega—. Recorrí la ciudad en caminatas eternas y solitarias. No tenía mucho tiempo para compartir con mi casera ya que el horario del Centro de Investigación era muy estricto. Además, el refrán popular que cita «al tercer día la visita hiede» comenzaba a hacer efecto. Nuestro romance universitario pasó a ser un recuerdo incómodo. Ella era otra persona, había dejado de interesarse por la literatura latinoamericana. Tampoco le gustaba hablar en castellano. Traté de citar anécdotas o amigos en común pero ella decía no recordar nada ni a nadie. En una de tantas historias se puso histérica. Me dijo que si quería dormir en su casa le hiciera el favor de no hablarle de Caracas. Esa noche se acercó a mi sofá —en realidad, su sofá— y me besó en la frente. Estaba más calmada. «Perdóname, Lauty. Lo que pasa es que tengo más de diez años tratando de olvidar ese país de mierda».

La Nicosia profunda se parece a Caracas. Una línea verde, casi invisible —también conocida como la línea de Atila—, la pica en dos: turcos a un lado, griegos al otro. Se supone que Naciones Unidas decretó, hace más de dos años, la unificación de Chipre y la supresión del simbólico muro. Sin embargo, hay diferencias significativas entre el norte otomano y el sur helénico. La noción de belleza, por ejemplo, es diferente. La zona turca es terracota, icónica y bizantina. La zona griega es más europea —se parece más a Occidente—, ha recibido un mayor impulso económico y ha explotado el formato turístico. Son encantos disímiles y complementarios. Hay zonas en las que la frontera verde está casi borrada. Huellas de zapatos, lluvias y pintas de grafiteros furiosos la han hecho disolverse en el concreto. La línea verde me recordó las líneas invisibles de Caracas, las fronteras imaginarias. En Venezuela, sin embargo, el conflicto no es religioso, lingüístico, cultural ni étnico; aquello simplemente parece ser un desacuerdo sobre el programa de un circo: el alzamiento de los payasos, la rebelión de los malabaristas, el resentimiento de los domadores de tigres, la frustración de las mujeres barbudas… Caracas, a diferencia de Nicosia, no tuvo Edad Media.

Aquella madrugada, cuando regresé al barrio Laika Yitonia el bar biblioteca parecía estar cerrado. Toqué la puerta varias veces pero nadie respondió. Permanecí en la oscuridad matando el frío de la madrugada con cigarros. Luego, di algunas vueltas por callejones aledaños. Al regresar pude ver que se acercaban dos sombras bajas, una de ellas mentaba la madre y comentaba que, desde hacía más de tres meses, había sido bloqueada su tarjeta de Cadivi. Supe, entonces, que estaba en el sitio correcto. Las sombras bordearon el edificio y tocaron una puerta lateral. El hombre tuerca abrió. Cuando entré a la sala estaba sonando Manantial de corazón de Yordano.

Comenzó el partido. En una mesa había antifariístas recalcitrantes que denunciaban la alineación inexperta y juvenil que había sido convocada a La Paz. «¡Los bolivianos nos meterán ocho!», escuché entre varias groserías y críticas destructivas. «Richard Páez era malo pero no tan malo», citó otro desengañado espectador. No me gusta mucho el fútbol. Soy un observador imparcial y poco comprometido. La última vez que vi un partido completo Luis Figo, y Zinedine Zidane jugaban en el Real Madrid.

La jerga del local era totalmente criolla. En aquella caverna chipriota estaban todos los estereotipos caraqueños. Estaba, por supuesto —inevitable—, el patriota, aquel que se levantó y se puso la mano en el pecho cuando una banda boliviana tocó algo parecido al himno. Vi en la pantalla a un mamarracho llamado Juan García —delantero, según escuché— que sostenía una hoja de cuaderno con un mensaje de amor para alguna admiradora que estaba en la grada. «Impresentable —comentó un intolerante desde la barra—, deberían meterlo preso, la FIFA debería multar al lagarto», completó. Pude ver, también, en la mesa más cercana al televisor, a un grupo de entusiastas con franelas vinotinto y bandanas de Brasil. Había pocos lectores. El escándalo futbolero hacía difícil cualquier amago de concentración; sin embargo, había tres o cuatro personas dispersas que se tapaban las orejas con los puños e intentaban centrarse. Uno de los lectores sostenía una edición vieja de Nadie encendía las lámparas de Felisberto Hernández. Parecía nervioso, sudaba, sus manos temblaban y cada cierto tiempo hacía notas en los márgenes. Otro leía un libro de cuentos de Haroldo Conti mientras que una mujer de edad imprecisa estaba inmersa en la Intriga en el Car Wash de Salvador Fleján. El librero de Nicosia estaba sentado al fondo; bebía un licor claro que no logré identificar. Era un hombre muy viejo. Un gato ocre-naranja estaba echado a sus pies. No parecía venezolano, su fisonomía era mediterránea, europea; pensé, en principio, que se había equivocado al adentrarse en aquel escenario de folclor surrealista. Me sorprendí cuando, al pasar a su lado, con timbre oriental y burlesco comentó: «Estos pendejos todavía creen que Venezuela va a ir a un mundial». Exhaló el humo de su pipa y tuvo dos ataques, el primero de risa y el segundo de tos.

El librero de Nicosia había vivido muchos años en Venezuela. Cuando le conté que alguna vez estudié Letras, me invitó a su mesa y ordenó al hombre tuerca que nos trajera una botella de whisky. «Fui, soy y seré adeco hasta que me muera —me dijo— y los adecos fuimos los que le enseñamos a esa tribu a beber whisky». El mesonero nos trajo una botella de Buchanan’s y el librero brindó a la salud de Rómulo Betancourt. Luego me contó que, durante muchos años, trabajó en el Instituto Pedagógico; había dictado también algunos cursos en la Escuela de Letras de la UCV y de la mano del padre Fernando Arellano pudo dictar tres o cuatro seminarios en la UCAB. Su relato tenía algunas anomalías. Tardé en caer en cuenta de que el librero de Nicosia estaba enfermo. «¡Coño’e la madre!», gritó un aficionado desde la mesa de falsos brasileros: el árbitro había pitado un penalti a favor de Bolivia.

El librero de Nicosia padecía una esquizofrenia literaria. Decía haber conocido y tener lazos de amistad con personajes de ficción. «Compartí muchos años —dijo— con la familia Barazarte, los protagonistas de País portátil. Alguna vez —comentó—, le pregunté a Funes, el memorioso, la letra de un tango que Gardel cantaba en la película Cuesta abajo y el borgeano no supo responderme, se hizo el loco». El librero dijo haber sido buen amigo de Maqroll el Gaviero; siempre que sus tribulaciones lo llevaron al Mediterráneo el héroe de Mutis había hecho, al menos, una parada en Chipre. «Hace algunos años me tomé unos tragos con un muchacho chileno muy simpático llamado Arturo Belano». El viejo hablaba solo. Sus monólogos entraban y salían del espectro literario de manera espontánea. Dijo que le había hecho el amor a la Maga de Cortázar pero que, sin duda, su mejor amante había sido Violeta, la hermana mayor de Blanca Nieves —la famosa Mamá Blanca de Teresa de la Parra—. «Cuando esa niña creció se convirtió en una ociosa». Nombró muchas historias. Citó autores y referencias librescas que desconozco. Quiso saber algunas cosas de Venezuela, me preguntó por su amigo el librero Sergio Alves Moreira de Divulgación. «Falleció», le dije con desgano. «Sergio era mayor que todos nosotros», fue lo único que dijo. También quiso tener noticias de su amigo Raúl Bethencourt, el librero de Suma. Le conté que lo atropelló un carro. «¡Gol!» Escándalo en el bar. Tardé en darme cuenta de que los bolivianos se marcaron un gol a sí mismos. El librero de Nicosia permaneció en silencio y dijo algo en una lengua extraña, luego se persignó.

Me contó las historias de los venezolanos exiliados en Chipre. «No sólo en Chipre, están en todas partes; los venezolanos actualmente hacemos metástasis. Llega mucha gente joven. Hay de todo: ingenieros, artistas, putas, contables, médicos, escritores, caza talentos, mata tigres. Uno de mis hijos, que nació en Venezuela, vive en Bakú, Azerbaiyán. Él es sociólogo de la UCV. Me cuenta que toda Asia menor está plagada de venezolanos. Vea, por ejemplo, a Mario —hizo un gesto con sus labios y señaló al lector de Felisberto Hernández—. Su historia, como la mayoría de las historias, es triste. Mario tenía un local en el Centro Comercial El Recreo. Vendía celulares, cámaras y otras pendejadas tecnológicas. Mario tenía la desgracia de ser hermanastro de un carajo que trabajaba en Súmate; era uno de los abogados de Súmate. Un día cualquiera, sin previo aviso, le cayó el Seniat, le decomisaron los equipos y le pusieron una multa impagable. Además, Mario cometió la estupidez de firmar contra el presidente en uno de esos inútiles referendos que cada quince días hacen en Venezuela. Esa firma le valió el bloqueo de otros negocios y contratos que estaban apalabrados. Su mujer lo abandonó, se murió su vieja, su hermanastro lo dejó limpio y en la calle y el pobre Mario se volvió loco; fue cuando comenzó a ver en la oscuridad y a conversar con los objetos. No sé cómo llegó a Chipre; me pareció escuchar que, por el lado paterno, tiene familiares en Sicilia; sé que pasó por Siracusa y, más tarde, entró a Nicosia desde la zona turca. Cuando me contó su padecimiento le dije que en los cuentos de Felisberto Hernández se narran patologías parecidas. Desde entonces lee esos relatos con ansiedad en busca de respuestas».

El lector de Haroldo Conti tenía una historia parecida. Era un ingeniero argentino expatriado por los militares a Venezuela en los setenta y, posteriormente, botado de Pdvsa al aire en un Aló, Presidente. «La historia de la lectora de Fleján también es triste —me contó el librero—. Dice que su hijo murió porque su marido estaba empeñado en que el muchacho jugara béisbol. El muchacho era malo y terminó fichado por un equipo mediocre de la liga taiwanesa. Allá, supuestamente, lo mató una mafia. Ella, desde entonces, vaga por el Mediterráneo. Llegó a Nicosia hace más de un año. Nadie sabe dónde vive ni qué hace. Todas las noches viene a este bar y se sienta a leer Intriga en el Car Wash. Una y otra vez lee el relato Grandeliga y dice que ese hombre, Salvador Fleján, le robó su experiencia y la convirtió en cuento».

Eran las cinco de la mañana, más o menos, cuando terminó el partido: ganó Venezuela. Los antifariístas pasaron a ser admiradores del gran César Farías e injuriaban con mala saña a Richard Páez. «Menos mal que no jugó el tal Arango ni el caimán de José Manuel Rey; estos muchachos son mejores», dijeron los amanecidos. Incluso el intolerante de la barra reconoció que el lagarto, Juan García, había hecho un partido decente.

Dos días más tarde salí de Chipre. Nicosia no tiene aeropuerto por lo que tuve que ir en autobús a la localidad sureña de Larnaka. Me despedí de mi amiga con una nota escueta. Pasé mi última tarde en compañía del librero de Nicosia, caminamos por las orillas del Pedieos; recorrimos la zona turística llena de japoneses, McDonald’s y pizzerías bilingües. Al despedirse, como si leyera mis pensamientos amargos, me dijo en voz baja: «No se preocupe, joven, las balas pasan pero las palabras quedan. Eso de que los vencedores escriben la historia es falso, la verdadera historia la hace el perdedor. Busque testimonios, escriba, cuente las historias de los desterrados y hará honor a su oficio. Literatura mata ejércitos. Ahora vaya, lo dejará el autobús».

Las turbulencias hicieron que el avión aterrizara en alguna isla de Grecia. No podía dejar de pensar en el librero. Al mediodía, un Airbus A330 hizo un vuelo rasante sobre la costa. Recordé un cuento de Cortázar y me imaginé a un hombre viendo por la ventana del avión soñando con una existencia alternativa en aquel paraíso. En beneficio de mi salud mental decidí renunciar, temporalmente, a la literatura. Al llegar a Atenas entré a un cyber-café y compré un pasaje a Caracas. No sé qué dirán los jefes de ReLectura cuando les anuncie que mi próxima columna será escrita desde tierra caliente.

Sobre el autor

*Publicadas originalmente con el pseudónimo de Lautaro Sanz

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