literatura venezolana

de hoy y de siempre

Dos crónicas de Isaac Chocrón

La carta, por favor

El último fin de semana una pareja amiga me invitó a visitarlos en su casa de playa. El marido me explicó por teléfono cómo llegar al sitio, que queda bastante aislado del pueblo más cercano. Sabía de antemano que tendría que atravesar una calle de tierra y que una vez en la casa podría disfrutar de la más completa tranquilidad junto a ellos dos, ya que no tenían ni vecinos, ni radio, ni siquiera un tocadiscos. Iban a ser dos días pasados en la playa desierta hasta la noche, cuando entraríamos a la casita a cenar y a acostarnos a dormir. Según ellos, estaríamos juntos pero lo suficientemente distanciados para que cada cual pudiese leer o meditar o dormir cuanto quisiese. Todo iba a ser como un retiro espiritual sin doctrina de por medio. He aquí lo que fue:

Cuando iba por la mitad de la autopista, el viernes por la noche, bajo una lluvia torrencial, me di cuenta que había dejado olvidada en mi casa una bolsa donde había guardado muy ordenadamente una media docena de libros, papel y dos bolígrafos para escribir. Escogí los libros como para satisfacer cualquier estado de ánimo que me viniese: dos novelas que suponía buenas (una de misterio), dos antologías de ensayos sobre temas trascendentes de aspecto aburridor, un libro escrito por un farsante que seguramente provocaría mi bilis, y una colección de crucigramas. El papel y los bolígrafos eran para anotar las miles de ideas que estaba seguro se me ocurrirían mientras me tostaba al sol y veía romper las olas.

Continué mi viaje sin esta bolsa de distracciones, tratando de convencerme, siguiendo el ritmo del parabrisas que tenía frente a mis ojos, de que no me aburriría, de que podía hacer ejercicios de concentración similares a los que algunos amigos hacían tres veces por semana bajo las instrucciones de un hipnotista profesional: y, en fin, repitiéndome que mis anfitriones seguramente tendrían algo que leer y papel y pluma para prestarme, si es que yo consideraba ineludible escribir. Además, ¿acaso no era el propósito fundamental de mi viaje tomar sol y bañarme en el mar? Leer y escribir podía hacerlo todos los días. Yo iba al encuentro de la naturaleza, aun cuando ella se manifestara esa noche en una casi réplica del diluvio universal.

Poco a poco y ya mareado por el parabrisas, pasé el pueblo que me habían señalado, tomé la carretera de tierra, y allí al final estaba la casita toda iluminada, y seguramente toda acogedora, como en los cuentos de hadas. Me bajé del auto con mi valija en la mano, corrí hasta la puerta gritando: “¡Aquí estoy yo! ¡Buenas noches!”, la abrí, entré, pensé que no “había nadie, me pareció extraño que aún ellos no hubieran llegado, y entonces vi un papel blanco recostado contra una lámpara, donde me dejaban dicho que les había surgido un inconveniente y no podrían estar conmigo sino hasta el día siguiente por la tarde, Agregaban que había tragos en la despensa y comida en la refrigeradora. Menos mal.

Creo que esa noche bebí y comí más de la cuenta, debido a la soledad que me produjo la lluvia golpeando contra las paredes y cristales de la casita, sintiéndome como el anciano marinero del conocido poema o más sencillamente como un ermitaño involuntario, me quité la ropa y me acosté en el único sofá que había en la única habitación. Supuse que era salón y dormitorio al mismo tiempo y mientras me dormía recordé que en la ciudad llamamos a eso “estudio ambiente”. Definitivamente vivimos rodeados de términos inadecuados; con razón nos cuesta tanto trabajo trabajo entendernos. Así que en el medio de ese “estudio ambiente”, sin ganas de estudiar, me quedé dormido y debo haber tenido varias pesadillas, porque me desperté casi al amanecer, sintiendo picadas por todo el cuerpo. Las picadas eran de los mosquitos que deben haber tenido conmigo un gran banquete. Miré por la ventana la lluvia que seguía cayendo con fuerza.

Caminé varias veces de un lado a otro de la habitación y cuando casi estaba decidido a vestirme y regresar a la ciudad, encontré junto al papel que mis amigos me habían dejado, dos libros, uno encima del otro, y una nota que decía: “Por si te aburres”. Mientras la lluvia caía y caía toda esa mañana y esa tarde, mientras me fumé casi un paquete de cigarrillos y comí y bebí y me senté y me volví a acostar y me pasé las uñas por todo el cuerpo, haciéndome brotar a veces una sangre oscura que se coagulaba en puntos parecidos a lunares, mientras transcurrió ese largo día que luego, debo admitir, me pareció bastante corto.

¿Adivinan qué leí? Guía para Comer Fuera en Nueva York, por Craig Claiborne, crítico de restaurantes del periódico New York Times, edición de 1968, “aumentada, revisada y completamente rediseñada”. El Sr. Claiborne declara en el prólogo a su obra maestra que ella ha sido el resultado de 4.000 horas de haberse sentado en una mesa frente a comida, tiempo que representa haber visitado dos restaurantes por día, cinco días por semana, durante casi seis años. Reseña en total 700 lugares, a todos los cuales ha ido de manera incógnita y siempre pagando su cuenta (me imagino que quien paga es el periódico); Su trabajo tiene el propósito de informar a los lectores sobre la calidad de los establecimientos que visita, graduados por él de tres a ninguna estrella. Sus principales conclusiones son: que Nueva York posee los mejores restaurantes de los Estados Unidos pero que no tiene un restaurant francés de gran categoría; que tiene, sin embargo, los mejores para comida china, superiores a aquellos de San Francisco, Hong Kong y hasta de Tokio; y que Nueva York tampoco tiene ni un extraordinario restaurant italiano ni uno que sirva pescado de alta calidad.

Sugiere el Sr. Claiborne que no se pida vino porque siempre supone un precio escandaloso y que se dé como propina el 15% de la suma total, a menos que el servicio haya sido deficiente. En tal caso, aconseja que no se deje nada, porque a fin de cuentas, uno no va a volver. Mientras leía las largas listas que preceden a la descripción pormenorizada de cada restaurant, sentí que me importaba menos el huracán afuera y que me dolían menos las picaduras. ¡Qué inventiva demuestra el hombre para nombrar un restaurant!: Bo Bo; Quo Vadis; La Toca Blanca; Restaurant Chino de Perla: Antica Roma; Cedros del Líbano; Cristo; El Matador; Frankie and Johnnie; Gran Shanghai; Casa de Chan; Casa de Milano; Il Bambino; La Grosería; Pireus, Mt amor; La Mujer de Tony; Ho Ho; El Hijo del Sheik; La Mesa del Sultán; Italianísimo; Romanísimo, estos dos últimos escogidos probablemente en un estado de desesperación.

A mitad de la mañana, un poco marcado por las descripciones culinarias del Sr. Claiborne y en particular por las de los 37 restaurantes hispano-americanos que me había propuesto revisar (todos sienten la obligación de ofrecer paella), abrí la puerta, la lluvia me bañó la cara, y regresé a sentarme en uno de los dos sillones para leer el segundo libro que me habían dejado mis ahora extraños amigos. Guía Exclusiva de los Restaurantes Chinos en Nueva York, por William Clifford: “la sorprendente variedad; las delicias exóticas, y el asombroso buen precio de la cocina china en Nueva York”. El autor comienza diciendo que “usted puede comer mejor con menos dinero en los restaurantes chinos que en cualquier otra parte en Nueva York. Cuando los dueños de restaurantes newyorkinos sacan a su familia a comer, casi siempre la llevan a Chinatown”. Y para refrendar su audacia, agrega una cita: “Me encuentro cada vez más frecuentemente visitando restaurantes chinos por el placer absoluto de comer bien”, dice Craig Claiborne, quien los conoce todos.

En este momento pensé simultáneamente dos cosas: o el Sr. Claiborne había sido huésped de mis amigos hace poco (cosa improbable), o ellos lo admiran mucho. Impresionado por la notoriedad, hasta entonces para mí desconocida, de este señor, seguí leyendo la Introducción, donde aprendí que los mejores sitios quedan en el barrio chino (como era de esperarse) y que dicha cocina se divide en cantonesa y no-cantonesa. La mejor es la primera, pero ambas gozan de la experiencia de 4.664 años de esfuerzos. Es preferible ir a un restaurant chino en grupo, al menos de cuatro, porque las porciones son lo suficientemente grandes para que todos puedan comer con dos o tres.

Al leer esto, me sentí otra vez solo, aislado y anacoreta, y casi no me llamó la atención aprender que los chinos, como los japoneses, toman la sopa durante la comida o al final y nunca al principio, así como que tampoco comen dulces al final ni toman vino. El autor insiste que la mejor bebida para acompañar un plato chino es la cerveza o el té, “si hace frío”. Fui y me hice una taza de té y mientras me lo tomaba leí sobre platos como almejas con crema de frijoles negros; pichón con melón amargo; Delicia de Buda, que es una combinación vegetariana de “los ingredientes más extraños, ya que se sabe que los monjes siempre han logrado sacar todas las ventajas posibles de su pobreza y de sus restricciones dietéticas” (pero el autor prefirió no dar más explicaciones); crisantemos con arroz; y parrilla de Mongolia, llamada así porque a la carne se le unta una salsa de “muchos ingredientes” (pero el autor tampoco suelta prenda).

Luego viene una lista muy extensa de los restaurantes, cuyos nombres son todos parecidos. Pero ya me sentía cansado de leer y de imaginarme platos y decidí cerrar el libro, no sin hacerme el propósito de comprar los dos la próxima vez que vaya a Nueva York. Debe ser muy entretenido andar con ellos bajo el brazo y voltearle la cara a todos los delicatessen y cafeterías que uno encuentre.

Entonces me acordé de mis amigos y vi la lluvia y decidí voltearles la cara a ellos también. Recogí mi valija y corrí al auto. Regresé a la ciudad casi de noche. Llamé a unos amigos y salimos a comer a un restaurant chino. Gracias a Dios que éramos cuatro. Les insistí que no pidieran ni chow mein ni chop suey, recordando que el Sr. Clifford considera esos dos platos como basura para turistas. Mientras comíamos un menú tan exótico que el dueño del restaurant vino a la mesa a saludarnos, les conté cómo había pasado las últimas veinticuatro horas. Todos coincidieron que había sido una lástima la eterna lluvia con que me encontré, pero ninguno me creyó lo de los dos libros.

Todos me repetían la misma pregunta, que aún hoy yo me sigo repitiendo: ¿Por qué dejaron PRECISAMENTE esos dos libros? Pasará algún tiempo antes de que lo sepa. Los llamé por teléfono y su criada me dijo que habían tenido que marcharse de pronto a Nueva York. ¿A qué? Ella no sabía. No puede haber sido a visitar los restaurantes.

Vida de cafés

Quiero expresar mi más sentido pésame a todas aquellas personas que vivan en ciudades donde no existan cafés al aire libre. Para la envidia de ellas y para aquellos que como yo, pueden de pronto mandar al diablo ocupaciones y pre-ocupaciones sentándose frente a una mesa por varias horas a ver pasar gente, he aquí un imperfecto manual (mi humildad es inconmensurable) para disfrutar al máximo (mi arrogancia está respaldada por una larga experiencia) el rato que usted quiera o anhele pasar en un café:

1.—No salga de su casa o de su trabajo deliberadamente hacia establecimientos que entorpecen el tráfico de los peatones. Si planea ir a sentarse a un café, lo más probable es que se aburra. Mejor camine distraídamente, viendo vidrieras, esperando la luz verde en cada esquina, y cuando pase por cualquier café —fíjese bien que sea cualquiera y no uno premeditadamente escogido— suspire, párese, y dígase a sí mismo que no sería mala idea sentarse un rato a tomar algún líquido caliente o frío. La temperatura, por supuesto, no se la puedo indicar yo y seguramente dependerá de su estado físico y de las condiciones climatológicas imperantes.

2—Antes de proceder a aconsejar sobre la relación que se debe entablar con el mesonero, quiero llamar la atención al hecho de que he supuesto que usted no irá con alguna compañía. Siempre es preferible sentarse solo en un café porque así uno podrá concentrarse ampliamente en lo que sucede a su alrededor. Sin embargo, si anda con alguien cuando se le antoje perder el tiempo de esta manera, trate de mantener la conversación a un mínimo de palabras o deje que la otra persona monologue. Usted no está ahí sentado para participar en discusiones, confesiones o intercambios, sino para ver y oír todo lo que pasa. El tiempo y la experiencia ciertamente le señalarán cuáles de sus conocidos son personas aptas para acompañarlo en un café. En relación a personas conocidas, es imprescindible que usted aprenda tan pronto como pueda a distinguirlos a una cierta distancia, y al verlos venir en dirección al café debe inmediatamente mirar hacia el suelo o hacia el cielo, pretender cualquier preocupación o inquietud, porque de lo contrario puede tener la absoluta seguridad de que se le acercarán y mientras saludan se sentarán a su lado. Si esto sucede, es preferible que le haga una seña al mesonero, pague y se pare porque ya el rato está arruinado. En suma, el café no es, como creen los incautos, para rodearse de amigos y pasarse horas hablando y escuchando lo que ellos dicen. El café es para sentarse uno solo, o quizás con otro ser que tenga las mismas intenciones, y relajar músculos y mente mientras observa el divertido circo humano que está allí a su disposición.

3.—Digamos pues que usted ha suspirado, ha decidido que le gustaría tomar algo y se ha sentado. Quédese así y por ninguna razón llame la atención del mesonero. El vendrá cuando quiera y usted no tiene ningún apuro. Si empieza a palmotear o a hacerle señas, este hombre de orejas y cara como de perro triste arrastrará los pies, le atenderá de mala gana y lo tratará como a un intruso. Tal recepción responde al hecho de que el mesonero está haciendo precisamente lo que usted va a hacer ahí “sentado: mirando y oyendo lo que ocurre a su alrededor. Podría decirse que él trabaja mientras se deleita, así que déjelo inadvertido y él vendrá. Cuando venga, no le diga lo que quiere seguido de un “por favor” porque entonces usted pasará ante sus ojos como un verdadero forastero a quien hay que atender rápido para que se marche rápido. Déle los buenos días o tardes y dígale algo como: “¿Qué tal?”, o mejor “¿Cómo le va?”. El creerá que usted ha venido antes, a lo mejor sonreirá o le hará una pequeña venia, y ya habrán entablado muy buenas relaciones. Pídale lo que quiere tomar y goce viéndolo deslizarse como un barco de vela que va sereno por entre las mesas.

4 —Ahora mire a su alrededor. Sí, la rubia gorda limándose las uñas es todo lo que usted piensa; de un momento a otro la verá en acción, abriendo y cerrando las pestañas, humedeciéndose los labios, volviendo a cruzar las piernas ya dos veces cruzadas, y sonriendo al señor que ha pretendido estar viendo los zapatos de aquella vidriera. El viene, se sienta al lado de la rubia y casi inmediatamente ella suelta una alegre carcajada. Los dos viejos de tez color de aceituna sentados en esa otra mesa son a lo mejor joyeros o vendedores de joyas (hay una gran diferencia entre ambas profesiones) o quizá tienen algo que ver con apuestas o mesas de póker. Usted está allí en la mesa para tratar de averiguar quiénes son, para confabular una ficción que a lo mejor resulta cierta. Mientras tanto, pare la oreja y oiga la conversación de la mesa de atrás, esa de las dos chicas discutiendo cuál película prefieren ver, cuando en realidad lo que les gustaría es no ir al cine y conocer aquí mismo a alguien que les agarre una mano y les pague la cuenta. Oiga el acento extranjero de una vieja que le cuenta a otra más vieja su visita habitual al supermercado, detallando cada compra con precios y tamaños. Vea al hombre de enfrente absorto mirando cómo el limpiabotas le pule un zapato, y a los dos más atrás sacando cuentas en la superficie blanca de la mesa. Y mientras ve y oye a todos lo que le acompañan en el café mire el desfile que va y viene por entre las mesas: gente apurada, gente pausada, muchachas d minifaldas, mujeres embarazadas (cuéntelas y tendrá una idea vaga de cuánto crece la población), estudiantes con libros bajo el brazo, uno que otro hombre que camina con la seguridad de saber que no hay nadie mejor que él, altos, bajos, gordos, flacos, jóvenes, viejos, y la lista podría continuar eternamente jamás llegase a ser totalmente inclusiva. Todos pasando y usted mirando. Si llegara a marearle un poco el tráfico, tiene el suelo y el cielo para descansar la vista. ¿Qué otro lugar puede ofrecerle mayor variedad?

5.—Mientras crece su euforia o su aburrimiento, se le irán acercando una serie de vendedores de cosas cuyo único común denominador es la impulsividad que despiertan. Algunas son comestibles, como papitas fritas, maníes y chupetas de colores mientras que otras pueden ser para usarlas en el mismo instante en que se compran, como anteojos de sol, plumas fuentes, lazos de terciopelo para el pelo, prendedores de madera con nombres de mujer, y pequeños juguetes que hacen algo. Aun otras son para un consumo más íntimo como hojillas de afeitar, dentífricos, colonias en frascos mínimos con nombres franceses, y otro producto que siempre se vende en la calle a señores con ojos inquietos. Pero indudablemente que lo que más se vende en un café, a juzgar por el número de oferentes, es lotería. He llegado a contar hasta quince variedades y muchas más técnicas para venderlas. La más implacable es la del hombre que se acerca a la mesa, tira los billetes encima de ella sin siquiera mirarlo a uno, y se queda impávido. Lo mejor es responderle con una expresión similar a la que él tenga en su rostro y recordar aquel “sabio dicho de Santa Teresita: “La paciente perseverancia lo consigue todo”. Tarde o temprano, y seguramente tarde, él se irá. Pero si usted sucumbe al estoicismo del vendedor, ha caído sin darse cuenta en las manos de los otros catorce que uno por uno, y con exasperante insistencia, vendrán a obligarlo a que pruebe la suerte con sus billetes. Por lo tanto, es preferible que si usted desea jugar a la lotería o comprar cualquier cosa, no utilice su rato en el café para estos fines. Usted no está allí sentado para comprar o vender sino para distraerse viendo a los otros comprando, vendiendo, gesticulando, riendo, hablando; en fin, viviendo.

6.—Si por casualidad usted es de los que se sienten incómodos con las manos vacías y el tiempo libre, en cuyo caso a lo mejor no debería ir a sentarse a un café, puede llevar consigo un periódico o un libro que le darán “algo que hacer” mientras mira. Especialmente un periódico puede ser muy útil para esconderse de gente conocida que usted vea venir a la distancia. En algunos cafés, el mesonero puede suministrarle también papel y pluma para escribir, pero si usted es mujer le recomiendo que únicamente se siente con las manos cruzadas mirando serenamente al frente, o de lo contrario algún señor aprovechará preguntarle qué lee o escribe para sentarse a su lado. Este consejo por supuesto funciona también al revés.

7.—Cuando haya gozado suficientemente de la gente, del aire, de lo que sea, y se sienta en paz, trate de encontrar los ojos del mesonero y sonríale. El vendrá con su paso de pingüino, le cobrará lo que haya consumido, esperará para ver cuánto le deja de propina, ¡sea generoso, por favor!, y lo despedirá con un “Hasta mañana” como si usted fuera cliente diario y favorito. Al día siguiente, no vaya ni a ese café ni a ningún otro. Espere mejor otro momento cuando se le antoje perder un poco de tiempo y ganar un poco de tranquilidad. Entonces siéntese en un café nuevo, diferente, a ver pasar la misma gente y a descubrir a cada uno ese detalle que lo identifica.

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