literatura venezolana

de hoy y de siempre

Corrector de estilo (Fragmentos)

Milton Quero Arévalo

Capítulo I

Se burla el sol de todos nosotros, atraviesa con indolencia las cortinas y persianas con las que solemos aislarnos de la furia del gran carro, mientras permanecemos hundidos en una incógnita que la ciudad nos ofrece y que apenas se diluye muy entrada la tarde, cuando salimos como hormigas de la cueva a ver los restos de ciudad que nos dejó su incendiado talante. Todos salimos a observar el triste espectáculo que ofrecen los bancos inútiles de las plazas; nadie se sienta en ellos, nadie osa ponerles la mano encima, ya que sus morrillos de cemento conservan el calor irritante del día, donde se fijan los ojos tristes de todos.

Nectario Medrano Rodríguez observaba indolente desde su cuarto tipo estudio, la fingida felicidad de sus vecinos, quienes como era habitual, rehuían comentar críticamente el sopor inaguantable que significaba salir a las cinco de la tarde, para pasear por los alrededores de la plaza de la República. Ellos veían belleza donde él sólo observaba dolor, por eso solía decir con cierto sarcasmo que los verbales untuosos
—así llamaba a los maracuchos— eran sin duda unos alquimistas, ya que trasmutaban constantemente las cosas más desagradables en ventajas provechosas: así el calor insoportable, era la calidez del marabino, las aceras rotas y los edificios abandonados, eran color local para el ojo del turista, la exageración en los gestos y las palabras soeces, eran la riqueza lingüística de la ciudad puerto.

En fin, se fueron construyendo en base a las fallas estructurales de la ciudad, a sus carencias e inconclusiones, marcadores semánticos del gentilicio.

Le molestaba la ferocidad del clima y la cabronería de todos, así como también el conformismo de sus amigos del Círculo de la Testosterona Literaria, conformismo éste, que los había llevado —incluyéndolo a él— a esa especie de burladero agónico en que se les había convertido la vida. Poco a poco sin quererlo comenzó a distanciarse de ellos. Comenzó a comprender que no habían hecho nada útil, salvo el criticarse unos a otros y soportarse mutuamente. Ellos notaban el cambio, por eso el comentario era unánime. ¡Cómo ha cambiado Nectario! Pero su cambio obedecía a otras causas, causas que él se reservaba, pero que sus amigos con picardía iban intuyendo poco a poco ¿Te das cuenta como Nectario se toma la cerveza ahora? Era evidente el cambio, ya no dejaba entrever la lengua apelmazada a pico e’ botella, ahora un vaso disimulaba el gesto.

—Ahora se quita su pelo’e guama y lo coloca sobre la mesa. —comentaba el Rafa de la Girondina.

—Ya casi ni grita —decía el Barón de la Enjuta Figura.

Nicasio Abreviatura subía las cejas y bebía un largo sorbo de cerveza, al punto que aflautaba la boca sin pronunciar palabra y salía un “Umjú” apretado y viscoso, que era en resumidas cuentas una reconvención a sus cambios y también la expresión más exacta de su manera de hablar. Nicasio todo lo abreviaba y lo decía en siglas, la costumbre le quedó de un libro pavosísimo llamado Siglas, que él se empeñaba en defender, pero que en realidad era la cosa más inútil que se había publicado en años. ¿A quién podría importarle que CAPROLUZ, fuera en realidad la Caja de Ahorros del Profesor Universitario? Pero él insistía en lo útil que resultaba para el periodista, el investigador o el estudiante. El libro de marras consistía en 410 nombres de instituciones gubernamentales y privadas debidamente abreviadas.

Nectario se había reunido con sus amigos de la calle Carabobo, como siempre solía hacerlo todos los viernes por las tardes. Estos se encontraban discutiendo sobre el último libro de poesía del Barón de la Enjuta Figura. Apenas franqueaba la puerta de Palmarejo. ¡Salud, poeta!, ¡Quiubo, hermano!, ¡Sitaun plis! Y comenzaba la fiscalización de sus hechos, pero Nectario se mostraba distante, como reteniendo un secreto, secreto éste que todos comenzaban a advertir en sus inusitados cambios. Los cambios tenían nombre y vida propia, se llamaba Misleidy Graterol de Urdaneta. Su trato con ella era absolutamente profesional, ella lo había contratado para que fuera el corrector de estilo, de una especie de semblanza familiar donde ella daba cuenta de sus antepasados y que en una actitud parnasiana había bautizado con el rimbombante nombre de Al Final del Camino.

—¿Qué cuenta MC? —inquiría Nicasio el Abreviado.

—¿Se puede saber qué coño significa MC? —recusó Nectario, un tanto molesto.

— Míster Corrector.

Nicasio, que conocía el trabajo que estaba haciendo, al igual que todos los otros miembros del Círculo, buscando una amplitud en su respuesta lo provocaba.

—¡Qué vaina con estas amas de casa, que después de viejas quieren coquetear con la literatura!

— No te creas, a veces se consiguen unas sorpresas.

— ¡No me digas!

Nectario eleva los ojos y los deja en blanco, mueve la cabeza de arriba abajo y hace silencio, afirmando lo antes dicho, con una sutil fruición de su boca, la retrae como un culito de gallina, mientras los otros miembros sorprendidos se ríen. Él no se ríe, todo lo contrario, se sorprende. Al principio se burlaba de la candidez y de los innumerables lugares comunes que arrojaban las pruebas que debía corregir, pero a medida que adelantaba en su trabajo de estilo, avanzaba lentamente Misleidy en lo más recóndito de sí mismo, era un viaje no previsto. Viajaba Nectario a sus edades, a la genealogía familiar, al dolor de sus partos, a sus triunfos académicos, pero al mismo tiempo viajaba Misleidy hacia ese lugar finito y mesurado, sin tiempo y sin edades; el preciso hoy de Nectario y que estaba ubicado en su corazón. Sin darse cuenta comenzó a vivir a través de las historias que Misleidy le hacía llegar. Con el tiempo no sólo le corrigió el estilo, sino también la vida, se metía en los meandros de su vida y se permitía opinar sobre ella y algunas veces hasta la aconsejaba, sólo que era tarde, ya que lo vivido era memoria y los acontecimientos andados no se podían desandar, sin embargo, ella agradecía el gesto.

—Ese poemario tiene un solo problema Barón —dijo el Rafa de la Girondina— Tiene demasiadas putas. ¡Es una oda a la putería!

—No son putas Rafa… son santas. —se defendió el Barón.

—Al Barón no se le puede hacer una crítica constructiva… Siempre defiende a sus putas con metáforas. ¿Quién puede con semejante metáfora? ¡Las putas son santas! —dijo Rafa.

—No, no, no es una metáfora. Es literal… las putas son unas santas.

—Peor todavía.

Nectario distraído y absorto no participaba de la discusión, recordaba la corrección de las pruebas del bautizo de Echeto Junior, el primer hijo de Misleidy. Rememoraba la pila bautismal y lo terrible que le resultó saber que, gracias a ese desliz, Misleidy se vio forzada a casarse con Echeto Jefferson Urdaneta, pero más frustrante aún, era saber que ella había sido muy feliz en ese matrimonio. Nectario evaluaba la fortuna de Echeto, sus haciendas, su agropecuaria, sus bienes y raíces y se dijo: ¡Verga, ¿quién puede con eso?! Sin embargo, dejaba abierta una posibilidad distante y remota en la cual Misleidy pudiera mirarlo con otro interés y no como el simple corrector de estilo en el que se había convertido. Era una pelea desigual: los viajes a Miami, las estancias en Aruba, los regalos y la casa de campo en las afueras de la ciudad, eran hechos demoledores que podían hacer desistir al más osado de los galanes. Sin embargo, Nectario, se arropaba en la ficción e iba tejiendo un “posible”, una cartografía de hechos que pensaba podía expresar una realidad o tal vez cambiar una “realidad”, la realidad de poder conquistarla. Comenzó a habitar la vida misma de Misleidy, las correcciones comenzaban a arrojar un nuevo personaje que no formaba parte de los escritos que ésta le entregaba, es decir, no formaba parte de la vida de Misleidy, pero en la historia iba tomando cuerpo. Nectario comenzó a escribir como nunca, fue comprendiendo el misterio último de toda anécdota, comenzó a esbozar cierta teoría literaria, que consistía en traspasar la anécdota. “Toda gran obra es aquella que contiene no sólo un tema, sino muchos”.

Oía las voces de sus amigos que amasaban la flatulenta tarde, sin embargo, eran voces distantes. Él estaba con el párroco Juan de Dios, sosteniendo al carricito, mientras éste vertía el agua bendita, al punto que el muchachito comenzó a llorar, entonces la bestia del marido se reía de puro orgullo al tiempo que decía: No llore carajo, los hombres no lloran. ¡Bestia, bestia y más que bestia¡, se repetía mentalmente Nectario. Entonces, la madrina y hermana de Echeto le colocaba una medalla de oro en el pecho.
—¡Plata! ¡Plata, mano! Todo es cuestión de plata. —gritó Nectario.

Todos voltearon a verlo, incluso el portu Goncalves. Sus amigos del Círculo no sabían que pensar, no entendían muy bien a qué se debía este inusitado arranque, que recordaba al antiguo Nectario, pero que nada tenía que ver con el Nectario de ahora, éste que se estaba dibujando poco a poco de sonrisa sibilina y talante apolíneo.

—¿Qué fue, hermano? —le dijo el Rafa de la Girondina.

Pero antes de que pudiera decir nada, el Barón de la Enjuta Figura, sonriéndose levantó su cerveza y dijo.

—Se dan cuenta, hermanos, que Míster Corrector sí entendió el problema humano y social que yo trato en Santas Meretrices y no como ustedes que lo único que pudieron decir de mi trabajo fue, “Muchas putas”, Pero claro, hermano, es lógico ¿no? Si escribo un poemario, pongamos por caso, sobre una fábrica, lo que va a haber que jode son obreros, ¿o no? ¡Dígalo ahí, Míster Corrector!

Todos callaron, nadie dijo nada, una sola expresión se dibujaba en los rostros de todos, era la impaciencia agolpada, la necesidad de oír a Nectario. Éste miraba a cada uno y sonreía sin soltar prenda. Nectario entendía con cierta amargura, que a Echeto Jefferson se le aguantaba todo por plata, que la ordinariez manifiesta, que el mondadientes en la boca después de comer, lo trocaba Misleidy por un viaje a Aruba, que la última llegada a las 3 de la madrugada, Misleidy era capaz de perdonarla por una cartera Gucci de 3500 dólares. Fue entonces cuando entró la zanquera Nereida Barboza, toda llena del sudor callejero, dispuesta a beberse en una sentada el tigre que había matado en los alrededores del Colegio de Ingenieros. Se sabroseó a Nectario pasándole la mano por encima y diciéndole ¡papi! Nectario agradeció el gesto y, con el fin de no polemizar, les dijo a todos que en efecto las putas podían ser ciertamente santas, pero que lo que más podían ser, era sin duda putas. Y esto debido a la ¡plata! Fue entonces, que remató diciendo: ¡que quede claro! Y se marchó nuevamente, esta vez al preciso instante cuando salían de la iglesia con Echeto Junior cristianizado.

Recordaba ahora el momento cuando se fueron al Club del Comercio a celebrar el acontecimiento —entonces, corrigió unos verbos en gerundio y también ciertos conectores inapropiados— A Nectario le resultaba sumamente cursi la decoración de las mesas. Éstas estaban dispuestas alrededor de la piscina y en el centro de las mismas un niño recibía el agua bendita, vertida desde el pico de una paloma blanca. El niñito era nórdico con los cachetes rosados, estaba sentado en un prado sembrado de cipreses, con un pantaloncito corto tirolés. Esta alegoría europea gustó mucho a todos los invitados y la estuvieron comentando por años. Lo que más gustó fue el ingenio del realizador al lograr que el agua saliera constantemente por el pico de la paloma; tan solo uno de los artilugios no vertía agua, el que le tocó en suerte a la familia Andrade. Echeto les dijo que no se preocuparan, que él mismo les traería uno desde Europa, en donde los había comprado.

—¡Coño! ¿Y por qué no cujíes en vez de cipreses? —gritó otra vez Nectario.

Todos volvieron a mirarse unos a otros. ¿Qué tienen que ver las putas con los cujíes? A qué vienen los cujíes ahora, se preguntaban. Miraban a Nectario y éste comprendió que esperaban una explicación, no se le ocurrió nada, tan solo dijo.

—Digo… ¿Por qué no poner una puta a comer cujíes en vez de comer fresas? No sé; ¿No está acaso la fresa muy trillada? Además, el cují es lo que somos… ¿No les parece?

Hubo un silencio de acontecimiento patrio, de confesión extramarital, sólo interrumpido por la escandalosa risa de Nereida, una risa envolvente y contagiosa, que podía hacer reír al más apocado. Precisamente por esta risa, es que el Barón de la Enjuta Figura —al cual había que hacerle caso, ya que era una autoridad en el tema— aseguraba que Nereida había sido puta antes que zanquera.

—Sólo las putas se ríen de esa manera —solía decir. —Una mujer decorosa nunca abre las piernas cuando se ríe.

—Mis putas tiran, Nectario, no comen —se defendió el Barón.

—Bueno sí, está bien, pero el cují es una planta tan noble, ¿no?

Nadie entendió muy bien el asunto de los cujíes, así que zanjaron la discusión con un brindis y augurándole mucho éxito a Magio Fernández —alias el Barón de la Enjuta Figura— lo de Barón le quedó por su abuelo paterno que había comprado un título nobiliario —aún se conserva en la avenida Bella Vista destellos de aquel esplendor nobiliario— y lo de enjuto por lo pequeño. En Valle Frío le decían Puchito. Se despidieron y prometieron verse la semana entrante.

Capítulo VI

Nectario había aceptado la invitación del Rafa de la Girondina, alias Rafael Tubalcaín Palmar, para la corrida de Feria. Esta invitación le cayó de lo mejor, ya que le parecía la manera más apropiada de «poner en remojo» el deseo constante que Misleidy le producía. Tenía una semana sin verla y su deseo ya comenzaba a cobrar su cuota en su frágil carácter —se había tornado insoportable al decir de Fulvia— por otro lado, el Rafa era toda una autoridad taurina, de allí el apodo «girondina» así que iba también, dispuesto a aprender un poco del arte de la tauromaquia, el cual le parecía de entrada un acto sanguinario. Lo primero que le sorprendió al abrirle la puerta, fue aquella mancha de color rojo que impresionó su retina. Era un golpe de luz y color inesperado, así que tuvo que parpadear varias veces para poder ver sosegadamente aquella camisa bermellón que lucía Rafa. Luego aquel sombrero negro, con ribetes dorados, junto con su expansiva sonrisa, acompañados de un pañuelo blanco amarrado a su cuello, disimulando así, los perigallos naturales que le corrían desde la barbilla, producto de sus 63 mal llevados años, y para rematar este conjunto churrigueresco una bota, con flequillos de cuero y un magnifico dibujo de un bos taurus ibericus, con un torero, en una sagaz chicuelina. Todo este acento colorido contrastaba con su guayabera blanca y su bien llevado pelo e’guama. Nectario observó que llevaba unos binoculares en su mano izquierda y se dijo para sí mismo «¡Mierda! Como que vamos al gallinero» pero luego pensó «Ah, verga, a caballo regalao no se le mira colmillo». Así que salieron rumbo a la monumental de Maracaibo. Agarraron un carrito en Bella Vista y comenzó como siempre lo hacía cuando salía de su cuarto tipo estudio, a hablar mal de los verbales untuosos, era una reacción natural, diríase que sufría de alergia maracaibera. Ya Rafa notaba el cambio y comenzaba a esbozar cierta sonrisita…

—Señor… —preguntó Nectario burlón, al chofer del carrito— ¿No tiene música?

—Vergación, y que es lo que estáis oyendo. —contestó el chofer.

—Se refiere a eso que se escucha en la radio. —dijo Nectario— Eso es un improperio, música es Bach, Beethoven, Mozart, eso si es música.

—¡Va pues, dígame él! —dijo el chofer.

—Además —continuó Nectario— No puede ser música un Vallenato: un ballenato, que yo sepa, es la cría de la ballena, pero nunca música.

El chofer comenzó a mirarlo un tanto molesto, no le dijo nada, le dirigió una miradita y arrugó el entrecejo, al igual que los otros pasajeros, en tanto Rafa disfrutaba la aventura.

—Además. —prosiguió Nectario— No puede ser música algo que te ponen todos los días, no hay carrito en Bella Vista que no ponga vallenatos, eso lo que es, es un adoctrinamiento… ¡realismo socialista, poeta! Y por último, nosotros somos venezolanos, que yo sepa.

El chofer lo volvió a mirar con molestia, pero no dijo nada. Nectario continuaba su perorata, al tiempo que miraba con ironía, todos los objetos kitsch que decoraban el carro —un dodge dart del 74—

—Es como este carro, esto no es un carro, esto lo que es, es una enfermedad (todos voltearon a mirarlo) si señores; una enfermedad, ¿Por qué si te llegas a cortar con este latón oxidado —de lo que se supone es una carrocería— te puede dar tétano?

—¿Y porque no te vas en taxi, güevón? —le dijo el chofer.

—Por qué nooo coooño… ¿Por qué no? Porque sencillamente yo no tengo plata pa’ irme en taxi, pero si tengo derecho a irme en un carrito decente oyendo música decente ¡cooooño! Y no en esta plegaria, porque óigase bien passenger, esto no es un carro, esto es una plegaria. Hay que rezar el rosario de la virgen y rogar a dios para que «esto» nos lleve a nuestro destino, antes de que se accidente

El chofer paró en seco el carrito, los pasajeros de atrás rodaron hacía delante y los zapaticos blancos de bebé que colgaban en el espejo retrovisor, fueron a dar al piso.

—Se me bajan de esta verga ya. —dijo el chofer.

—Se dan cuenta, lo dijo él, no yo: esto es una «verga», vuelvo y repito lo dice él, esto lo que es, es eso una verga, una vaina, una cosa, un intento, en fin chico, una pobreza, a lo sumo un objeto mágico de Mario Abreu.

—Que se bajen coño.

—Ay sí que miedo, ¡Uyyy qué hombre! —dijo Nectario.

Se bajaron del carro y tiraron la puerta y el chofer ya con el carro en marcha… —¡Viejos escleróticos! En tanto que Nectario le gritaba: —¡Bestiadelmalgusto no joda!.

—¡Que buena vaina contigo Nectario! —dijo Rafa. —Ahora tenemos que caminar desde aquí hasta el Parque de la Marina.

—¿Y cuál es el problema? Seremos flaneur…

—¿Fla qué?

—Modernos Rafa, modernos por un momento en esta inhóspita ciudad. ¡Cómo los dadaístas, los surrealistas, qué se yo!

Ya comenzaba Nectario con su conocida mordacidad para con la ciudad, una mordacidad que ya era leyenda.

—Coño, vos sabéis lo que es caminar con este sol tan arrecho…

—¿Cuál sol? —atajó Nectario— Hay que ver que ustedes los maracuchos, lo que son, son unos muérganos, mal agradecidos ¡Mira que belleza el paisaje que nos espera! Mira que belleza esa mastaba —entre dientes— ¡Verga a quien se le habrá ocurrido esta vaina! Chico, habría que ponerle sábanas no solamente a los terrenos baldíos sino también a todas estas cursis edificaciones, que afean la ciudad.

—Entonces ya no sería una ciudad, sino una cama —dijo Rafa riéndose.

Caminaban esquivando con prudencia los carros en las esquinas que pasaban sin miramientos, esquivando parte de las aceras sin cemento, donde el polvo inconsulto se les metía por sus zapatos, hasta que llegaron al final de Bella Vista.

—No, no, no no, no, esta plaza es un poema. —dijo Nectario. —Pero es que a quién se le ocurre, este desafuero: La Plaza del Ángel y con ese angelito de yeso, cemento o marmolina, cualquier cosa Rafa, pero nunca mármol.

—Bueno, pero no es para tanto Nectario.

No, claro que no, ve —como dicen ustedes. —He aquí que estamos en París. ¡Qué de cojones, la torre Eiffel!.

En efecto, habían colocado al final de Bella Vista —o al principio según venga uno— una imitación de lo más burda de la torre Eiffel, el Rafa convino en que en verdad era un desacierto hacer eso.

—Es que en esta verga, lo que hay es que legislar poeta —prosiguió Nectario. —Y tipificar «el mal gusto» como un delito, porque hermano, no hay derecho.

—¡Coño! —Lo atajó Rafa. El problema es que tendríamos que meter presos a media ciudad.

Se fueron riendo lo poco que les quedaba de camino, hasta que llegaron a la parada y esperaron el bus de Circunvalación 2, que los llevaría hasta la Plaza de Toros. Una vez adentro del bus, era realmente conmovedor ver a esos dos viejitos agarrados de las barandas del techo, yendo de un lado a otro, debido a los constantes frenazos.

—Maracaibo es una ciudad monárquica —dijo Nectario.

—¿Cómo así? —interrogó Rafa.

—Solo un pequeño grupo la disfruta. —continuó Nectario. —El grupo que tiene carro particular, aire acondicionado y otras comodidades. Caracas por ejemplo, es democrática. El benigno clima es igual para todos, no es para un grupito, aquí un grupito se puede burlar del sol, y en cuanto al transporte público, allá todos lo disfrutan por igual, es un transporte para el ciudadano, aquí el transporte público es para el pobre güevón, como nosotros.

—No exageres…

—Desperdicios… Es lo que nos encontramos en la ciudad «real» desperdicios y nosotros desperdicios somos… de esta absurda realidad…

—Te salió verso, ahora sí, Segismundo.

Nectario lo mira y aceptando el reto le dice:

¿Qué es la vida?
Una molestia, un frenesí
una duda que viene expresada en esta «ciudad real»
en la cual convivimos diariamente.
¿Cuántas ciudades encierra realmente una ciudad?
¿Esta comunidad imaginada se comunica entre sí?
¿Qué es la vida?

—Una fiesta chico, una fiesta, bájate que ya llegamos.

En efecto, imponente la Plaza de Toros los recibía, y con ellos el bullicio callejero y cotidiano. Recordó entonces Nectario, cuando era un muchacho y se acercaba, a la Plaza de Toros «La Trinidad» estructura de madera portátil con bases metálicas, que dio inicio a las primeras corridas en el marco de la Feria de la Chiquinquirá y todo el fervor de una gente que vivía de procesiones públicas y fiestas de todo tipo, gente que olvidaba por un momento quién era y se mezclaba en un solo regocijo, donde todos eran aparentemente iguales ante la vida y la muerte que contenía esa gran olla donde se cocinaban ambiciones, fracasos, leyendas, vanidades, en efecto todos iban para ver y dejarse ver, el momento era propicio para demostrar el poder financiero que se expresaba en un abono de sombra, un habano en la boca y un güisqui que acompañaba los «quites» del matador de toros. Impresionaba la variopinta multitud en una felicidad aparente, una felicidad corta y tenue, porque adentro del gran coso taurino las 17000 almas eran diferentes a la vista de esa gran olla donde se mezclaban los olores de todos. De pronto Nectario se paró en seco, miró todo como en cámara lenta y comprendió muchas cosas, pero esta comprensión solamente podía darse en forma de novela. Entonces, tuvo una epifanía, una revelación, que le estaba dictando una «novela» a su conciencia y todo esto había que reconocerlo gracias a Misleidy que con su Al Final del Camino le estaba revelando sin él saberlo, la posibilidad de narrar algo verdadero y honesto y sustancialmente literario y no esas mierdas de reportajes que venia haciendo para Tópicos Shell, reportajes que revelaban el fracaso de un hombre con aspiraciones literarias que nunca fructificaron.

—Coño, pero la vaina es que ya estoy tan viejo…

Rafa lo miró y pensó: «Ya está Nectario como siempre, pensando en voz alta» así que lo tomó por el brazo y lo introdujo y entre el regocijo de la gente que iba ocupando sus asientos, fueron subiendo las escaleras de cemento, con el pasamanos pintado de rojo, rojo como la pasión de Nectario y rojo como la muerte que se iba a ofrecer apenas iniciada la corrida, al instante el tufillo de las clases populares, con las cuales se mezclarían, comenzó a incomodar a Nectario:

—Que coño…

—¿Qué pasa? —inquirió Rafa.

—No me hagas caso… hablando solo como siempre.

Nectario reparó en una placa colocada en una gran columna a la entrada de las escaleras que conducen al fondo mismo de la plaza:

MONITOR

Toro N° 99 de la ganadería «Las Mercedes»

		de los herederos del Dr. E González Piedrahita
		de Calí, Colombia. Negro entrepelado, lidiado en
		el tercer lugar de la corrida del 19— 11— 72 por 
		Antonio José Galán, demostrando tanta nobleza y
		bravura que mereció los honores de ser el primer
                        toro indultado en esta plaza.
Toro noble y bravío, descendiente de ese Uru de la Edad Media, que te prolongas en cada uno de tus descendientes ¿Quién te recuerda ahora Monitor? Quién pudo ver tu gloria pasar burlando la vanidad de Antonio José Galán, en medio de esta gente, que vienen a darle sentido a la sensualidad de sus cuerpos, a la parte baja, que se expresa en lo más grueso del ser humano, ese mundo insensible que sólo es llenado por la piel y los sentidos satisfechos, sentidos llenos de ti Monitor, de tu fuerza, fuerza de la que ellos adolecen. ¿Pensaría esto Nectario? Ahora confundido en la gradería con lo más instintivo, que gritaba, que comía maní, que bebía cervezas y que reía por nada, allí estaba Nectario confundido con ese otro, que él negaba; pero, que ineludiblemente formaba parte de él, y con el otro que se vislumbraba, sujeto enunciador de sintagmas, que daría forma a una novela que se le estaba revelando.

Marca el reloj la hora programada y se escucha el sonido de clarines y hay un silencio que envuelve la plaza y la suspende en una burbuja de sol que tiene forma de eternidad. Baña el sol el rostro de la muchacha humilde, arranca de ella su transpiración que se deposita en bolitas saladas en la comisura de sus labios y que ella se bebe junto con la cerveza que aprisiona sus labios carnosos y sensuales. El sol en su total amplitud quiere abarcarlo todo, pero es detenido por el tendido de sombra, donde se resguardan las hermosas damas, quienes evaden el calor, con abanicos de España finamente recamados con lentejuelas y encajes. Desde el patio de cuadrillas «espadas» y «subalternos» inician su camino hacia el público expectante.

—Ese montado a caballo es el alguacil. —le dice Rafa a Nectario.

En segundo término, aparecen los matadores, ocupando el de «alternativa» más antigua el extremo izquierdo y el centro el de «alternativa» más reciente. Los «subalternos» del primer espada ocupan la tercera posición en la fila; los del segundo y tercero, la cuarta y quinta respectivamente. Les siguen «puntilleros», «picadores», «monosabios» y finalmente los «mulillas».

Todo este mundo jerarquizado impresiona a Nectario y establece un vínculo de la fiesta brava, para con la ciudad en la que habita, la gente reunida en la plaza, es expresión de esta jerarquización, donde cada cual ocupa su rol y su lugar en esta farsa social, donde todos participamos del juego y donde todos tenemos nuestro puesto en esta escala social, que se manifiesta en la Monumental.

—Lumpen est —le dice a Rafa.

—Más lumpen serás vos. —le contesta Rafa.

Nuevamente los clarines. Esta vez anuncian el primer tercio y aparece en el ruedo un monosabio con un cartel anunciando, el nombre del toro, su peso y ganadería. Apenas si puede ver Nectario y le pide a Rafa los binoculares, entonces lee: Indomable, 456 kilogramos, ganadería Laguna Blanca ?. Se abre la puerta de «toriles» y aparece Indomable, luciendo la divisa de Laguna Blanca. Nectario le va al toro y comienza a decir:

—Ah… toro Ah… torito.

El Rafa de la Girondina le da un codazo y lo manda a callarse.

—Como se te ocurre irle al toro —le dice.

Nectario no le hace caso y se sonríe. Este corta el aire y sale por «natural» y muestra su fuerza en un limpio recorrido alrededor de la plaza, exhibe su bravura arcaica, que se viene eternizando desde el bos primigenius, al que los Celtas llamaban Uru. Impresiona el jabonero, astiblanco, alto de agujas, quien se anuncia bayante en la lidia, sin embargo, entra debilitado, lo han golpeado en la víspera por el lomo y los costados y le han purgado unas horas antes, para que se luzca Cayetano Sanz quien le espera —rodilla en tierra— con un «farol» de rodillas a «porta gayola» Entonces la plaza grita «oleeeee» y agarra una arrechera Nectario ante la suerte aviesa del toro, el cual en su embestida no va sólo, lo acompaña Nectario con su respiración entrecortada y sus ojos que se funden en un abrazo con la fuerza de Indomable.

El matador llama a los picadores y estos ejecutan «la suerte de varas» y mientras el picador abre el morillo del animal, Nectario imagina 17000 varas que entran por la nuca de todos los espectadores, castigo éste que suaviza sus expresiones y los dejan servidos para que Indomable los ensarte a cada uno con sus astiblancos.

Abusan de este castigo y le hacen una «carioca» que lo disminuye aún más. Ahora se luce Cayetano con su capote regalando a la galería unas cuantas «gaoneras» Entretanto El Rafa de la Girondina sigue a Cayetano Sanz.

—Despégate un paso… eso es, dale aire, esooo, ahora dale el pecho, allí donde está tu cadera pon la muleta, eso es, ya avanza el toro, no te pongáis rígido, avanza un poco la pierna, avánzala un poco más y con ella las bolas, que es realmente lo que se debe tener, bolas…

Admirado ante esta clase de conocimientos que prodiga el Rafa, Nectario en un afán por conocer algo más, le lanza una pregunta un tanto filosófica a Rafa.

—¿Qué es el toro?

Rafa lo mira maliciosamente, pero luego le sonríe y más adelante, con una gravedad inusual en él le espeta:

—Toro y torero son dos sistemas de punto, que han de variar en correlación uno con otro. En la lidia todo es rápido, incluso lo que calificamos lento.

Nectario maravillado ante esta respuesta le pide que continúe a lo que el Rafa de la Girondina, ya apoderado de lo que «no se es» en una especie de rapto místico le dice:

—Mira bien, donde están los pitones del toro y donde en relación con ellos, tiene que estar la cadera del torero y cada una de sus piernas y sus brazos y por lo tanto saber que «movimientos» y «quietudes» deben hacerse. Esto desde luego, es desde el ruedo donde crecen las astas del animal. ¿Qué es el torero? Muy sencillo, al abrirse la puerta del chiquero, cuando sale el toro, ni él puede con el toro, ni el toro puede con él. Eso sustancialmente es de lo que se trata todo esto…

Y hay una especie de silencio que los envuelve en una paz espiritual, en una especie de conocimiento sustantivo, algo que ellos no saben explicar, afuera los gritos, las risas, los chistes gruesos y el deseo de perderse, domina a los que están en la plaza. Nectario ha fijado los ojos en su amigo.

—Hay que mirar al toro con el cuerpo, no con los ojos, hay que echarle el capote adelante, así el toro va entrando a la jurisdicción del torero, ir templándole, ir inclinándose sobre la pierna contraria, al mismo tiempo que éste avanza, es decir, alargando al toro, al mismo tiempo que se va profundizando. Óyelo bien Nectario; el toro es la vida y el torero quien ha de vivirla, unos desde luego con mayor arte que otros.

Esto hacía sin duda Cayetano Sanz al noble Indomable, quien disminuido iba cediendo al torero, iba cediendo a la fiesta que los tendidos querían, fiesta de color y muerte, fiesta de sacrificio, donde el tiempo de su vida se iba cumpliendo a medida que la música de clarines, sonaba llevándose para siempre a Indomable, como llevándose esta a Nectario, quien para consolarse en su dolor tomó los binoculares y se dispuso a contemplar la gente en la plaza —dejando la lidia—

Allá la humilde muchacha, quien luce en su oreja, un zarcillo barato de alpaca, que producía en su lóbulo una mancha gris—negra, debido a la sustancia que botaba el falso metal, al contacto con su sudor. Más allá las clases privilegiadas, los dueños de fábricas, de cadenas de ropa, de industrias, de haciendas, etc. Se veía al empresario deshonesto, que sabía de «buen gusto» que había viajado por el mundo y estado en las grandes capitales, formado en los grandes conciertos, en los grandes musicales de New York, en las grandes «revistas» europeas, pero que sabía que el «mal gusto» vendía, y justificaba su actitud en el comercio —Vos sabéis; estamos en Maracaibo. La dama encopetada, fina hasta en el silencio, que otorgaba, con su presencia —por qué negarlo— belleza y esplendor a la corrida, damas blancas con cuellos finos y mirar esquivo, quienes por toda actitud mostraban su silenciosa sonrisa, que escondía a menudo, sus deseos, deseos que no saciaba su marido mercantil «bragueta comercial» con poco tiempo para el placer y mucho para los negocios.

Sigue avanzando Nectario y ¡Oh sorpresa! Allí su objeto de amor; apenas lo podía creer, Misleidy en el colmo de su belleza, enfundada con una camisa roja, que encendía de deseo a Nectario, luego aquellos zarcillos de peridoto, que bajaban como lágrimas, para otorgarle misterio y enigma a su belleza. Ella con una quietud por «natural» y con aquellos pantalones blancos extremadamente pegados, que contenían todas sus redondeces, observaba la corrida con Echeto, quien brindaba los lances de Cayetano con un güisqui en la mano, entonces Nectario comienza a realizar otra corrida, corrida esta de su deseo, de su impotencia y porque no, de su necesidad de existir, matando a su oponente, transforma a Cayetano en la imagen de sí mismo y brinda con su montera el toro a Misleidy, quien le manda desde su asiento un beso.

Entramos en el tercer tercio, inicio del «trasteo» Nectario quien ya conoce las características de su oponente, inicia una faena que espera le prodigue el triunfo. Con la muleta en mano va llevando a Echeto a sus dominios y proyecta a los «tendidos» su arte, que no es otro, que el que le han dado los libros y el conocimiento pleno que va teniendo de Misleidy, debido a lo mucho que ella le entrega en Al Final del Camino. Inicia el tercio de muletas con «pases por alto» y queda la grasa informe de la panza de Echeto expuesta a la galería. Nectario clava sus ojos en el cuerpo de Echeto y mira de soslayo a Misleidy, entonces sin compasión nos entrega un repertorio de molinetes. Ahora Nectario le da un pase por «natural» sujeta la muleta con la mano izquierda y abierta ante la estúpida cara de Echeto, deja que éste embista y cuando ya va llegando a la muleta, extiende Nectario (el diestro) el brazo hacia atrás con sosiego, describiendo con los vuelos de la muleta un cuarto de círculo, a la vez que le imprime a sus pies el movimiento preciso, para que una vez terminado el pase, quede el diestro (Nectario) en posición de repetirlo.

Nectario obedece a la ficción que va estructurando, ve el futuro que nadie puede ver en la Monumental de Maracaibo, vislumbra a Echeto derrotado y en un instante percibe, un dejo de realidad en toda esta fantasía que ha creado, así que toma la muleta y comienza a torear la muerte que codicia sus 65 años y le da un pase de pecho, luego le hace un péndulo a la mediocridad, un martinete a la inmundicia, y por último una dosantina al orgullo del gentilicio que se expresa en la voz altisonante, en el afán de engañar, de «comérsela» y de sabérselas todas. La ficción es lógica en sus incongruencias, definitiva en sus resultados y absoluta en sus imprecisiones.

«Iguala» Nectario a Echeto, lo iguala con la mirada, lo iguala en sus dos patas, iguala su fortuna con su talento, iguala su suerte con su sensibilidad, e iguala a su mujer con el deseo de tenerla. Echeto, obligado como está, junta paralelamente los 10 años de matrimonio con Misleidy y queda sin duda vulnerable, ve Nectario a través de sus omóplatos abiertos, los años de vida de la pareja, las infidelidades, las llegadas tardes, las partidas de dominó, la vulgaridad. Así expuesto, Nectario decide matar a un tiempo el tiempo que va corriendo, el tiempo de la ficción que va tejiendo, el tiempo que le queda de vida, el tiempo que ya no tiene. Nectario ejecuta la suerte suprema, pero escucha a su costado la voz del Rafa de la Girondina quien le aconseja:

—Recuerda que las orejas se ganan con la muleta, pero cuidado, mira que se cortan con la espada… mata bien Nectario. —le dice.

Escucha a su maestro y hunde la espada y cae el burel—Echeto y al instante Nectario tiene una erección, una erección como no la había tenido en años, una erección tan enhiesta, que a petición del público la autoridad le otorga una oreja, muestra el apéndice ganado, pero el público sólo ve la taleguilla a punto de estallar, que contiene todo el deseo de Nectario.

Esa tarde salieron los dos amigos sonrientes de la Monumental.

—Al parecer te gustó la corrida. —le dijo Rafa.

—Si me gustó… pero aún más lo que devendrá de ella. —contestó Nectario.

El Rafa de la Girondina sonrió estúpidamente, para no tener que enredarse en un ejercicio dialéctico de significados.

Nectario subió al autobús con tres alegrías: Una, la certeza de saber que Misleidy sería suya. Dos, el poder de la ficción que acababa de descubrir y Tres su guevito parado, que entre apretujones y molestias se lo tenía recostado en las nalgas a una negra.

Sobre el autor

*Publicados en: https://sultanadellago.com y https://ficcionbreve.org

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