literatura venezolana

de hoy y de siempre

Contribución a una historia de la poesía venezolana

José Ramón Medina

I

Para una mayoría de autores la poesía venezolana comienza con Andrés Bello (1781- 1865), en la encrucijada de neoclasicismo y romanticismo. Pero hay también quienes señalan mucho más atrás. Por ejemplo, a Juan de Castellanos (1522-1607): «Poeta de las cosas de América, cantor de Venezuela en primer término: el primer poeta, cronológicamente, de nuestra literatura» (Orlando Araujo), en cuya «convivencia de acción y contemplación» encuentra incluso una especie de modelo avanzado de lo que será el escritor de nuestro país. Araujo apunta igualmente -lo que ha hecho también Pedro Díaz Seijas y Roberto Lovera de Sola entre otros- hacia la literatura indígena, pero sin pretender que ella sea el inicio de nuestra poesía. Por su parte, Isaac J. Pardo detecta en Castellanos elementos que apreciaremos luego en Bello: ciertas «pinceladas fuertemente expresivas» del paisaje y, sobre todo, las «largas enumeraciones de frutos del Nuevo Mundo», sin datar tampoco la poesía venezolana de las Elegías (1589) de Castellanos. El mismo Araujo considera la obra de Bello «la primera manifestación exclusivamente literaria» en el país.

Luis Beltrán Guerrero enumera, sin mayor entusiasmo, a otros soldados-poetas del XVI, de quienes no nos queda texto alguno, y se remite a los versos prefaciales de la Historia de la Conquista y población de la provincia de Venezuela (1723) de Oviedo y Baños. Mariano Picón Salas, para quien la obra de Castellanos no es sino una de las «malas imitaciones que la epopeya de Ercilla provocó en toda América», aprecia ciertamente al «como poeta idílico» que hay en la Historia, pero sobre todo al narrador fluido, gracioso, ameno. En general se cita a varios autores menores del XVIII y comienzos del XIX, opacados siempre por Bello: Vicente Tejera y Sor María Josefa de los Ángeles (1770-1818) han llegado a alguna antología, destacándose entre un grupo que incluye fundamentalmente a los frecuentadores de la tertulia de los Ustáriz.

Con Mariano Picón Salas podría sintetizarse el juicio sobre casi toda la época:

Venezuela no tuvo una literatura colonial que pueda compararse, pálidamente, por lo menos por su volumen, con las de México, Perú o Nuevo Reino de Granada…. Los papeles que quedan del siglo XVII y primera mitad del siglo XVIII -novenas y sermones gongorinos o poesías de circunstancias como las que preceden el ya citado libro de Oviedo y Baños- coinciden en su barroquismo colonial con las de las otras partes de América. La misma erudici6n farragosa, el mismo gusto del retruécano, la misma fórmula altisonante.

En cuanto a la Venezuela de 1800, en la que «la alta clase criolla de la ciudad de Caracas alcanza un refinamiento casi europeo», se produce una «poesía neoclásica, juguetona, apacible». Ya se considere la Venezuela colonial como «un país enteramente salvaje» (Julio Calcaño), ya se rechacen las supuestas «tinieblas coloniales» siguiendo a Mario Briceño- Iragorry, los comentaristas son unánimes en señalar la música como la mayor manifestación cultural del periodo y en hacer de Bello un verdadero gozne entre el final de la Colonia y los primeros decenios en Independencia, cual resumen de lo mejor de ambos momentos.

II

La gesta libertadora marca, para algunos, otros espantoso vacio cultural. En palabras de Pedro Arismendi Britto: «Ya iniciada la guerra de la Independencia, a excitar a los patriotas que combatían, a cantar sus proezas y a lamentar sus martirios, fue a cuanto estuvo reducido todo el movimiento literario de la época». Si la literatura propiamente dicha no ha sido revalorizada, si se ha operado, al menos desde Gil Fortoul, una ampliaci6n del concepto, releyendo ahora en clave literaria los escritos políticos y encontrando en ellos los mejores textos del periodo: «En los periodos de la Independencia y de la Unión Colombiana, bien puede decirse que el único estilo nuevo es el de Bolívar».

En «Mi delirio sobre el Chimborazo» (1822) y la crítica al poema de Olmedo, «La victoria de Junín» encuentra Gil Fortoul ese «estilo nuevo». Al primero, «fragmento de poesía en prosa brotado en plena forja bélica» (Luis Beltrán Guerrero), lo relaciona Picón Salas con Rousseau y Pedro Grases con «Los sueños» de Quevedo. Por la segunda, Luis Beltrán Guerrero considera a Bolívar «el iniciador de nuestra crítica literaria». El elogio que hace Rafael Angel Insausti de su «prosa autóctona y personalísima, hecha como para decir de manera que nunca se olviden, los alborozos, dudas, certidumbres y angustias de nuestra América», conlleva la exaltación de Bolívar también como precursor de nuestro romanticismo: «pudo ser en los países que libertara lo que en Francia el creador de Atala y de René: iniciador el más eficaz del movimiento romántico, por la exaltación idealista que sus palabras y sus grandes acciones de diplomacia y de guerra producían». No otra cosa afirma Rufino Blanco Fombona: «la inspiración encendida llega a convertirlo en poeta no ya de acci6n -que siempre lo fue- sino de la expresión».

La relectura alcanza, hacia atrás, a Francisco de Miranda: «Los diarios mirandinos son, acaso, el más importante hecho literario, en densidad y seducción, de nuestro siglo de las luces» (Gustavo Pereira); insiste en Bolívar como fundador de una verdadera «expresión americana»; se extiende a proclamas, discursos, manifiestos, artículos y otros materiales de combate, sin olvidar «los corridos, décimas, galerones y joropos» en los que Picón Salas rastreaba ya en el siglo XVIII «la sensibilidad criolla», y a los que la guerra «impregnará tanta fuerza épica».

En varios trabajos, Juan Liscano ha desarrollado la trágica disyuntiva que Picón Salas planteara así: «La lucha entre lo popular y lo erudito, entre lo vital y lo académico, será rasgo determinante en nuestra literatura del 800». Con lo que volveremos -siempre- al que, en la fórmula de Picón Salas, «Desde su retiro de Londres… en los años de la guerra es el único venezolano que ha podido escribir literatura pura»: Andrés Bello.

III

En el esquema, Bello ocupa por sí solo un periodo, y lo hace si más vertical que horizontalmente, porque de inmediato se abre otro abismo de contiendas con la Guerra Federal. Si Gonzalo Picón Febres escribe que: «1830 es la base fundamental e inconmovible de la nación venezolana. Desde ese año… surgen las mariposas de la literatura, … las verdaderas delicadísimas estrofas -abejas de brillantes y rubíes- de la poesía nacional», es Andrés Bello el único que nombra como poeta. Hacia 1840: «Ya para entonces había ciudadanos eminentes … que se daban con entusiasmo verdadero al cultivo de la divina poesía; pero Las composiciones rimadas de algunos de estos eminentes ciudadanos … deben recordarse apenas como una curiosidad bibliográfica e histórica, por su falta absoluta de inspiración y delicadeza artística». Y, en 1846, estalla La guerra: «Las bellas letras cerraron Las puertas de su templo», e «impidieron el renacimiento franco de la literatura nacional hasta el año de 64», ya que «La política seguía absorbiendo casi por completo la inteligencia de los poetas, de los literatos y de los pensadores».

IV

Bello marca también cierto eclecticismo en el que predomina lo clásico sobre lo romántico, y que en sus oscilaciones define gran parte de nuestra poesía, y señala sus contenidos: «el tema de la exaltación del agro, del repudio a la ciudad creadora de rencillas y ambiciones, de la contemplación maravillada del paisaje y la flora abundante, inspirará durante años la narrativa y la poesía venezolanas, hasta el punto que debemos a ese impulso algunas de las obras más significativas» (Juan Liscano).  Para Mariano Picón Salas: «Después de Bello y Bolívar no hay mucho que leer» en Venezuela hasta la llegada del modernismo.

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