literatura venezolana

de hoy y de siempre

Contra la industria literaria: ¿Crítica, asalto o juegos de poder?

Carlos Sandoval

Espejos

En varias escenas de la segunda parte de Árbol de luna, reconstrucción picaresca de la vida venezolana de los últimos años, se describe a un analista literario sospechosamente parecido a mí: “A su izquierda, destacaba un crítico […] cuyo nombre no logro memorizar y que es bastante menudo, tan menudo que puede decirse sin ofender que es un enano”. Más adelante, se precisa: “un profesor […] bastante pequeño, parece un duendecito con bigote”. (Méndez Guédez, 2000, pp. 123,127).

La novela hace una feroz requisitoria de nuestra historia política reciente (barraganato, golpes de Estado, corrupción, sueños revolucionarios), sin excluir el diagnóstico sobre otras áreas en donde la ignorancia, el clientelismo y la mediocridad revelan también la ineficiencia de una cultura. Este sería el caso de la crítica literaria: departamento de una industria de la sensibilidad escrita que falla, indica la obra, al momento de evaluar los productos nacionales fabricados en su rubro.

Continúa el narrador de Méndez Guédez:

… distinguí al crítico enano repartiendo copias de un manuscrito. Llegaba ceremonioso, se inclinaba […] y […] entregaba una carpeta con unas páginas amarillentas.

El enano hacía un gesto marcial cuando colocaba en las manos de las personas su texto, como si fuese el presidente de la república entregando el sable a los subtenientes recién graduados…

Cuando […] me disponía a levantarme avanzó hacia mí y […] me puso en las manos lo que él llamó su “más reciente obra… Se trata –[…] dijo– de una exploración ficcionalizada en el imaginario de la cultura popular, en la geografía y en el léxico de la Venezuela profunda, de la Venezuela auténtica, de la Venezuela venezonalizada y pura que nos legaron…” (Méndez Guédez, 2000, p. 125)

Permítaseme esta otra larga cita:

Lo mejor es no volverme a tropezar con el enano […] leí unos pedazos del manuscrito. Se trata de una serie de chistes verdes sobre mujeres… De todas maneras, […] no me resulta antipático del todo. Me produce cierta compasión. No pudo colocar su novela en ninguna parte […]

Lo escuché hablar pestes de todos […] comenzó a decir que estaba siendo víctima de una estrategia internacional de sus enemigos. Según dice, sus rivales en Latinoamérica forman parte de la CIA y no pueden aceptar que él escriba desde una venezolanidad sin fisuras, reivindicando los valores eternos del telurismo.

… se acercó un momento a otros profesores […] les dijo que ahora en Venezuela se iban a acabar las mariconadas extranjerizantes, los libros que no hablasen de Guatire, de la avenida Páez del Paraíso, de las gestas patrióticas, de los burdeles, de la yuca frita, del indio Yaracuy. Se alteró tanto que alguien […] lo sentó en un banco donde siguió murmurando…

No estoy seguro, pero supongo que estaba hablando de política y del movimiento que ganará las elecciones en mi país: unos militares nacionalistas […] que intentaron dar un golpe años atrás. (ibídem, pp. 137-138)

Queda claro: entre nosotros hay una crítica literaria al servicio de una política cultural de Estado que orienta sus valoraciones hacia el análisis de ciertos temas supuestamente idiosincrásicos. Al menos eso señalan los pasajes que Méndez Guédez dedica en Árbol de luna al problema de los juicios sobre la narrativa venezolana de fines del siglo XX. Una crítica enana, atrabiliaria, del tipo de la practicada en algunas páginas chovinistas de Gonzalo Picón Febres, la cual desconfía, además, de su propia especificidad al trocar al analista en un narrador de medio pelo.

Así pues, la descomposición social que examina la novela, una metástasis generalizada en el cuerpo de la patria, para decirlo con un lugar común, ha enfermado por igual las idealizaciones mentales; de modo que a los edificios inconclusos, a las carencias hospitalarias, a la falta de alumbrado público, debe sumarse la exclusión del libre mercadeo de anhelos o sensaciones en el arte escrito.

Las pruebas evacuadas por Méndez Guédez enfatizan la adscripción de la actividad crítica a los espacios académicos: el “duendecito con bigote”, no lo olvidemos, es profesor; en un solo trazo el protagonista de Árbol de luna cuestiona dos roles corporativos de la empresa dedicada a la literatura: el sistema de aquiescencia o rechazo de piezas y autores, fomentado, principalmente, por las universidades nacionales, y el brazo ejecutor de esa política.

La industria literaria

El sistema se manifiesta en varias estaciones de trabajo: casas editoras, distribuidores, librerías, publicistas, pero sobre todo, en lectores profesionales, esto es, críticos y profesores de literatura, o críticos-profesores, como se quiera. La industria literaria: un complejo tramado que involucra, por supuesto, elementos no artísticos, en atención a dinámicas sociales que permiten, justamente, la existencia factual de las obras. En términos de Bourdieu: el campo literario, una derivación del campo artístico, a su vez dependientes de una instancia mayor: el campo cultural.

Si los campos no son más que redes “de relaciones objetivas (de dominación o subordinación, de complementariedad o antagonismo, etc.) entre posiciones…” (Bourdieu, 1995, p. 342); quiere decir: una tenencia, búsqueda o lucha de “poder (económico, político, religioso, cultural, etc.) a través de objetos específicos” (Ortega, 2005), podríamos señalar que, respecto de la crítica literaria y de las materializaciones narrativas, la novela de Méndez Guédez entra en pugna con el capital simbólico del campo literario venezolano que cifra en el uso de una temática particular su más visible dominio[1]. Un rechazo que manifiesta, se sabe, la necesidad del litigante de acceder por la fuerza de su propio capital simbólico a los espacios de la ideología (y físicos) del poder literario vigente.

La novela sería, entonces, el objeto mediante el cual un agente de ruptura (concepto también de Bourdieu), el autor concreto Juan Carlos Méndez Guédez, intenta socavar una estrecha visión de lo literario –el habitus:“ sistema dinámico de disposiciones y posiciones que se desarrolla en el campo” (Bourdieu parafraseado por Ortega, 2005)–, como mecanismo de asalto al poder. No obstante, estas tensiones no pasan de simples escarceos. Sin duda, Árbol de luna postula una imagen degradada del país, pero no rebasa la gruesa pincelada al diluir los cuestionamientos en el cielo de la nostalgia o en el huracán de la parodia.

Guerras de tinta

Crítica a una sociedad díscola. Árbol de luna plantado en el cancel. La novela se detiene justo donde su condición artística podría haberse malogrado[2].Va a otros asuntos y descarga el tema de la función narrativa y de sus evaluadores en otros especialistas: “no dejo de pensar en el crítico enano. Parece que ayer lo internaron para hacerle una cura de sueño” (Méndez Guédez, 2000, p. 140). Cosa de locos, la literatura. O de hiperestésicos. En ocasiones, todo parece un síntoma de esquizofrenia, una estrategia para llegar o mantenerse en el poder: la voz ortodoxa del campo cultural, el dueño interino del capital creativo que caracteriza al país.

Siendo tan reducido el campo literario venezolano, estas refriegas parecen un tanto inútiles y extemporáneas. Sin embargo, se manifiestan con regularidad, pero no en la vida de los productores (atrás quedaron los días de manifiestos, de grupos y vanguardias militantes), sino en el plano de los contenidos y de las tramas de las piezas. Luchas incruentas, aunque vehementes, más cercanas al entretenimiento que a una verdadera reflexión narrativa, valga la expresión, sobre los ámbitos de competencia de las actividades crítica y ficcional, respectivamente.

Veamos dos nuevos ejemplos. El primero corresponde a un autor reconocido por nuestra industria literaria como parte de la llamada “narrativa de los noventa” (Cfr. Barrera, 1997; Núñez, 1997; Sandoval, 2000): “Pa(i)sajes”, cuento de Luis Felipe Castillo. El segundo, “Textamento para detectives”, tiene la firma de Luis Barrera Linares, destacado representante del conjunto de creadores que se dieron a conocer en la década del ochenta. Castillo y Barrera son, además, profesores de literatura; en algún momento ambos han ejercido también la crítica literaria.

Resumo la historia de “Pa(i)sajes”: en un simposio de literatura que se desarrolla en Caracas asesinan a una importante profesora. El hecho desencadena una pesquisa realizada por otra docente que, “para completarse el sueldo”, ejerce funciones de detective. Pese a la incomodidad del asesinato el evento sigue su curso. Se discuten las comunicaciones y en la plenaria se devela, finalmente, al homicida.

El dispositivo semántico de esta trama policial descansa en la comprobación de que el mundo de la crítica universitaria (no sólo venezolana) es un terreno minado: la envidia, el ascenso sin méritos, la chatura intelectual son las divisas de una actividad que busca por sobre todo hacer turismo gracias al mal uso de los fondos educativos. Expresa el narrador:

Para los organizadores es toda una tragedia: se les terminan los almuerzos en mesones de lujo, el show, la aventura de salir en las páginas literarias y decir vainas como “si el siglo XIX fue el de la novela, el XX es el de la crítica y de los estudios culturales”; también se les disipa la posibilidad de un intercambio con instituciones prestigiosas (Berkeley, Stanford,Yale, Pittsburgh, Columbia). (Castillo, 1998, p. 23)

El lector se enfrenta, así, a “una cantidad de frustrados «estudiosos» (los extranjeros no pueden disfrutar de Mochima, Morrocoy, Bahía de Cata; los nacionales pierden la oportunidad de firmar convenios e ir a Brown, Boston, Nueva York, Los Ángeles, San Francisco, etc.)” (ibídem, p. 24).

En apariencia, en el texto se cuestiona, como en Méndez Guédez, una praxis crítica cuyo sustrato teórico evidencia fuertes rasgos nacionalistas en el análisis de los contenidos y, simultáneamente, una devaluación de esa misma práctica en virtud de su torcida finalidad. No se discute el valor estético de las obras, sino su adscripción temática al “chinchorro, el dulce de leche y el conuco” (p. 26); las valoraciones no buscan generar conocimientos, tan sólo “sirven para reconstruir un paisaje que más tarde se trocará en un pasaje…” (p. 34)

Todo el relato se halla saturado de frases descalificadoras relativas al trabajo crítico-docente y a los circuitos en los cuales interactúan estos especialistas. Una pintura mordaz, tal vez hiriente, aunque divertida, que muestra ciertas relaciones de poder en el campo literario venezolano. Aquí también Castillo haría las veces de un agente de ruptura en tanto denuncia, mediante el uso de estereotipos en ocasiones fácilmente asimilables a algunas personalidades concretas, a quienes dominan el campo de la literatura local. La denuncia sería el primer movimiento de avance hacia territorio enemigo: el anhelado paraíso del reconocimiento público.

El cuento finaliza explicitando el móvil del asesinato: a la doctora Del Prat la mató el Prof. Zeda porque aquélla desenmascararía, en la plenaria del simposio, su condición de turista; Zeda usaba “las instituciones del Estado y de las universidades, [como] la ventanilla de una agencia de viajes.” (Castillo, 1998, p. 37)[3].

Por su parte, en “Textamento para detectives” el cuestionamiento al sistema de valoración literario o al canon narrativo, recrudece. El esquema policial le sirve a Barrera Linares para exponer su percepción de la obra de Oswaldo Trejo –escritor a quien está dedicado el cuento; además sirve de modelo para la construcción del personaje principal–, y del campo literario venezolano reciente.

La historia se reduce a investigar el asesinato de un escritor, apropósito de una reseña de prensa, un complot entre los amigos del occiso para despojarlo de sus bienes. No me interesa seguir los pormenores que comprueban un homicidio donde antes se creyó un fallecimiento natural. Deseo mostrar cómo Barrera incurre también en el ejercicio del descrédito. Transcribo: “Dos años hacía ya de la muerte de Mauricio. De su escritura agresiva, burlesca, “experimental” –según los insulsos críticos literarios posmodernos–, sólo quedaba el recuerdo…” (2003, p. 51).Vieja conseja: quienes analizan la literatura no saben de qué va la cosa.

Para el caso que nos ocupa, lo más ostensible del trabajo resulta el calco de personas concretas del campo literario del país. Trejo:

El tipo era un escritor extraño a la vista de profesores y lectores en general. Aparte de haber sido desde muy joven su propio promotor y haber viajado a diversos lugares del mundo financiado por todos los gobiernos, siempre practicó eso que los preceptistas llaman pomposamente ludismo verbal… (Barrera Linares, 2003, p. 53)

¿Arráiz Lucca?:

Bruca, el poeta del grupo […] ahora que es adverso al gobierno de turno, se desvela mucho por su figura y su figuración de hombre que ha ocupado cargos públicos […] Sabe que alguna gente del entorno político […] conservador está pendiente de sus movimientos y eso lo ha llevado a cuidar […] escrupulosamente sus delicados mostachos…

[…]

… Bruca Báez (poetastro, también pedantón y soberbio, presunto crítico literario sabelotodo que en realidad conoce poco de lo que escribe, pero muy reconocido debido a la publicidad que le auspician varios fablistanes consagrados, cagatintas de su suegro ex-ministro)…

[…]

… además […] abogado, no muy bueno que digamos pero abogado. (pp. 52, 54-55, 56)

Y el propio Barrera Linares: “soy el único que de verdad ha estudiado la obra literaria de Mauricio”, esto es, de Oswaldo Trejo. (p. 57)

De las tres piezas presentadas, “Textamento para detectives” es la que mejor refleja las tensiones de nuestro campo literario. Así, la descalificación ficcionalizada del posible Arráiz Lucca implica la necesidad de establecer nuevos parámetros respecto de lo que en la actual industria literaria venezolana se considera un crítico o un poeta. En lo relativo a la primera especialidad –la crítica– quizá Barrera se oferte como modelo a seguir, pues él “de verdad ha estudiado” la literatura, “conoce [mucho] de lo que escribe”.

Por su parte, la imagen del narrador trejiano que apuesta por la incomunicabilidad acaso deba tomarse, también, como guía para conquistar un puesto en el empíreo del arte escrito en Venezuela.

Juegos

Para Bourdieu, las relaciones de poder en un campo cultural deben estudiarse como estrategias desarrolladas por agentes siempre en pugna. Según su posición de dominancia, los agentes se dividen en autónomos y heterónomos. Los agentes autónomos “sólo buscan el poder a través del capital cultural”, en tanto que los agentes heterónomos “dependen de otros tipos de capital” (Ortega, 2005). En el caso específico del campo literario, los agentes suelen ser autónomos, pues el estatuto de poder, el lugar, la posición que se ocupa en determinado momento, se sustenta en el conocimiento acumulado personalmente, no en la tenencia de capitales económicos o de otro tipo.

Por lo demás, los agentes son personas concretas que luchan por conquistar un sitio en el mundo; quiere decir: dentro del campo que satisfará sus anhelos. Si bien la noción de campo comporta elementos subjetivos, también es cierto que se materializa en las llamadas instituciones, como la institución literaria (que aquí llamo industria).

Me parece que hay tres maneras de relacionarse con el campo cultural al cual se adscriben los productos de la literatura. Tres formas de manifestación de las tensiones generadas en la dinámica propia de un sistema social: la crítica, el asalto o el simple juego para reafirmar el sitio que se ocupa.

La crítica se da cuando un agente pobre en capital (cultural, simbólico) señala las exclusiones a las que es sometido, pero sin la capacidad ni la fuerza para producir un cambio que mejore su marginalidad. Ejemplo: los novelistas que defienden un tipo de producción desfasada según las tendencias más recurrentes de su momento: algo así como el chiste de Vila- Matas cuando vino a retirar el Premio Rómulo Gallegos: “en España hay narradores que no saben que existe el televisor”.

El asalto sería el más vistoso mecanismo de acceso al campo cultural. Se trata de un movimiento de ruptura que se apropia por la fuerza de sus manifestaciones artísticas, contestatarias, de los instrumentos de poder en un momento específico de la historia. Con ello desplazan viejas formas, proponen esquemas novedosos para renovar aquellas materializaciones que consideran obsoletas. Sin duda, las vanguardias de los años veinte y treinta del siglo XX resultan pruebas contundentes. O la irrupción de los grupos literarios en los años sesenta en Venezuela.

Finalmente, el juego de poder. Las piezas evaluadas: Árbol de luna, “Pa(i)sajes” y “Textamento para detectives” sólo muestran algunas relaciones del campo literario venezolano. Se trata de obras que recurren a un tópico muy trajinado los últimos años: la literatura sobre literatura. Los autores concretos Juan Carlos Méndez Guédez, Luis Felipe Castillo y Luis Barrera Linares no son, en absoluto, polemistas irreductibles ni menos aún agentes de poco capital simbólico y cultural. Los tres ocupan un firme lugar en la institución literaria venezolana[4]. De allí que los textos funcionen como meros ejercicios recreativos, manifestaciones espejeantes de quienes se demoran en la contemplación de sí mismos (y de sus colegas) en su rol de protagonistas de nuestra narrativa actual. Ludismo de grupo, cotidianidad, empíreo y guasa de vida, paso del tiempo jugando a rebelión.

Referencias

  • Barrera Linares, L. (1997). Desacralización y parodia. (Aproximación al cuento venezolano del siglo XX). Caracas: Monte Ávila Latinoamericana.
  • _______. (2003). Textamento para detectives. En: Cuentos en-red-@-dos (pp. 51-62). Caracas: Editorial ficticia La duda melódica.
  • Bourdieu, P. (1995). Las reglas del arte. Génesis y estructura del campo literario. Barcelona, España: Anagrama.
  • Castillo, L. F. (1998). Pa(i)sajes. En El placer de la falsificación (pp. 23-38). Caracas: Memorias de Altagracia.
  • Méndez Guédez, J. C. (2000). Árbol de luna. Madrid: Lengua de Trapo.
  • Núñez, M. C. (1997). Del realismo a la parodia. (Marcas para un mapa en la narrativa venezolana de los ’90). Caracas: Eclepsidra.
  • Ortega González-Rubio, M. (2005). La literatura como producto cultural en la lucha de los campos y el habitus. [Documento en línea]. Espéculo. Revista de Estudios Literarios. Universidad Complutense de Madrid. Disponible: http://www.ucm.es/info/especulo/numero31/litbour.html [Consulta: 2005, julio 20]
  • Sandoval, C. (2000). La variedad: el caos. Caracas: Monte Ávila Latinoamericana.

NOTAS

[1] “El capital es lo que cada individuo posee o anhela poseer: cierta posición social (capital social), bienes materiales (capital económico), conocimientos (capital cultural) o determinada valoración del mundo (capital simbólico) […] Los campos de la actividad humana se delimitan según prevalezca en ellos alguno de estos tipos de capital.” (Ortega, 2005)

[2] La obra constituye hasta ahora, en el sistema de representación creativa de Juan Carlos Méndez Guédez, el punto más alto de un proyecto que, sin apartarse de su materialidad literaria, busca dibujar una imagen idiosincrásica del venezolano, una explicación en registro novelado de lo que hoy somos. Se trata, sin duda, de un riesgo. ¿Cómo eludir la tendencia de algunos pasajes cercanos a la mera denuncia? En ocasiones es inevitable. Con todo, sería injusto señalar que Árbol de luna es una novela escrita para mostrar la escasez mental de una clase dirigente o de los funcionarios civiles y militares en el manejo de los llamados “asuntos públicos”.

[3] No se me escapa la posibilidad de otra lectura: tal vez “Pa(i)sajes” sea la demostración narrativa de las teorizaciones de Bourdieu sobre las reglas de funcionamiento del arte. Ya dije que Castillo es profesor de literatura, conoce el terreno que ataca. Acaso por ello el narrador transcribe estas líneas de la ponencia leída por la detective-profesora: “El autor no es, pues, un ‘outsider’ o una conciencia crítica, sino un experto encargado de materializar en el campo simbólico la labor política realizada por el grupo en el poder.”

Valga este otro ejemplo:

“… ¿cuánto te pagaron?

— Mucho

—¿Cuánto?

—Lo suficiente para irme a París…

— ¿Vas a estudiar con Bourdieu…?”

No obstante, la descalificación de algunas instancias académico-críticas es de tal magnitud que la posible demostración narrativa se disipa en la llana mordacidad. (Castillo, 1998, pp. 25, 30).

[4] No sólo en la institución literaria del país: cuentos de estos autores han sido recogidos en varias antologías latinoamericanas y españolas.

Sobre el autor

*Publicado en: Carmen Díaz Orozco (2006): Laberintos del poder, Universidad de Los Andes. Imagen: https://www.liceus.com.

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