literatura venezolana

de hoy y de siempre

Cuento

Lo mejor del cuento breve en Venezuela

  • Inicio
  • La gloria de Mamporal

La gloria de Mamporal

Andrés Eloy Blanco Venga usted»; venga a que le toque un poco de mi vida tensa de Mamporal. A mí no me diga usted que la vida de los pueblos…

Dos cuentos de Alfredo Armas Alfonzo

Santo de cabecera I —¿Entonces usted cree, Pacheco, que me salga? Los dedos largos, de uñas romas, del platero, extendían sobre la palma de la mano pedacitos de oro. Se…

Última carta de Ambrose Bierce (y otros textos breves)

Gabriel Jiménez Emán Última carta de Ambrose Bierce                      A Víctor Valera Mora Esta es la última carta que te escribo. No porque quiera, sino porque materialmente no puedo hacerte…

Palmarote en Apure

Daniel Mendoza Vamos, señor lector: ah, perdone usted (¡buena la iba diciendo!). Vamos, ciudadano lector. Quiero probar si es usted despabilado de inte­lecto. Estoy de buen humor. Decir así un…

El llanero solitario tiene la cabeza pelada como un cepillo de dientes

Francisco Massiani Lo que pasa es que las cosas nuevas hacen daño. Cuando llegué a este colegio me puse enfermo. Tenía que ir al baño siete veces por minuto. Tenía…

Dos cuentos de Juan Carlos Chirinos

Ichbiliah Para Juan Carlos Méndez Guédez, fino andaluz y jirajara Y para Marisela Barroso, por las noches de regresión   El doctor W. H. Stokes, del Instituto Mount Hope para…

La otra costa

Rubi Guerra Yo me vine de Manicuare huyendo de un hombre. Ya no era una muchacha; tenía mis años. Puedo decir que comencé tarde en la vida. Claro que no…

Dos cuentos de Oscar Marcano

A los que nunca terminaron nada Eran las 11:00 am y ya estaba clavándome puñales en el bar de Tony cuando la vi entrar. Llevaba un vestido rojo y zapatos…

Fotonovela

Rafael Victorino Muñoz Primera toma (con subtítulos en español) Paso la fotografía. Veo la que sigue. Ese día estuvimos en el Gran Danés. Yo pedí estación Alemana y ella estación…

Dos cuentos de Jesús Puerta

Sobaco e tigre Todos huyen cuando Goyo atiende el teléfono, arruga la nariz como si le hubiera golpeado el ventarrón de una hedentina insoportable, abre los ojos desmesuradamente, contesta con…

Las ovejas y las rosas del padre Serafín

Manuel Díaz Rodríguez -¡Ya lo traen! ¡Ya lo traen! -¿Por dónde? -Por el cementerio. Dicen que lo alcanzaron en el cementerio. La multitud, fatigada, nerviosa de tanto esperar, se arremolinó…

Dos cuentos de Salvador Garmendia

Las hormiguitas Por las rendijas entraba la neblina, como el solo relente de un ser vivo que flota y se desune antes de fundirse en el aire. A esa hora,…

El inquieto anacobero

Salvador Garmendia —No, yo hace muchos años, muchos que no veo a Daniel —dijo el gordo y se espantó una mosca que le andaba por el entrecejo. —Ni siquiera sabía…

Dos cuentos de Rufino Blanco Fombona

El catire A partir del caserío de la Urbana, Orinoco arriba, hasta el caserío de Atures, toda la vasta región que se extiende desde la margen derecha del gran río…

Dos cuentos de Julio Rosales

El can de la medianoche —¡Ayayayaaai…! Un grito de espanto desgarró el negro silencio. —¿Ha oído, mamá? —preguntó la joven en la oscuridad del aposento. De la otra parte, sobre…

Las dos Chelitas

Julio Garmendia Chelita tiene un conejito; pero Chelita la de enfrente tiene un sapo. Además de su conejito, tiene Chelita una gata, dos perros, una perica y tres palomas blancas…

Había una vez un cuchillo

Rafael Victorino Muñoz Le causa pena haber dejado la fiesta, justo cuando la gordita pecosa estaba a punto de hacerse atractiva gracias a las bondades astringentes del alcohol, justo cuando…

Tríptico del amanecer

Ramón Díaz Sánchez ¡Oro! ¡Oro! ¡Oro! —¡Alonso de Campos! —¡Presente! —¡Pedro de San Martín! —¡Presente! —¡Iñigo de Bascona! —¡Presente! —¡Hernán Pérez… —De la Muela —completó el interpelado con voz enfática—:…

Dos cuentos con gallos, de Arturo Uslar Pietri

El gallo —¡Guá! Ese como que es José Gabino —dijeron las gentes al mirarlo en el recodo. —Sí, es. Mírenle el sombrero. Mírenle el modo de andar. José Gabino, con…

Los troyanos en casa de la abuela

Radamés Laerte Giménez Y pensar que por esta vía el rocío juega con la serenidad de los viajantes. Desciende calmo sin traslucir el engaño. Calmo y silencioso, aunque no así…