literatura venezolana

de hoy y de siempre

Casas vivas

Liliana Lara

La cita fue en un café muy concurrido de la calle Kaplan, a unas cuadras de la casa. Ella llegó temprano y pidió un americano. No había tenido tiempo de comer nada antes de salir. Se encontrarían allí porque él no quería siquiera acercarse a las inmediaciones de la que fue su casa durante tanto tiempo. Al parecer, sentía que todavía estaba muy reciente la muerte de su mujer, a pesar de que había ocurrido unos cinco años antes, según contó Ola cuando le explicó los detalles del trabajo. Llegó el café en un vaso de cartón y al mismo tiempo llegó él. Un hombre mayor, delgado y muy recto, camisa extremadamente planchada y zapatos impecables. Parecía un actor de una película muy vieja. La reconoció inmediatamente. Movió su bigote delgado al hablar. Ella le entendió a medias, pero asintió y le lanzó una mirada comprensiva porque supuso que le ofrecía una excusa por llegar demasiado temprano o por no citarla directamente en la casa. Luego miró su café. Se preguntaba si realmente tendría tiempo de tomarlo allí como hubiera querido, o si tendría que salir corriendo hasta la casa, con el vaso de cartón en una mano, e iniciar de una vez su trabajo. Como si le hubiera leído la mente, el viejo le dijo que se tomara el café tranquila. Hablaron poco, él sabía que ella apenas entendía el idioma y que todo lo que tenía que hacer y saber ya se lo habían explicado antes en la agencia. El viejo le dio unas llaves sin llavero, un papel con su número de teléfono y un croquis de cómo llegar a la casa desde el café en que se encontraban, que él mismo había dibujado con lujo de detalles pero sin palabras, sólo números, flechas, símbolos. Una vez entregado todo esto, se fue apresuradamente.

El trabajo de ella no consistía en desmantelar la casa, sino en conservarla tal como estaba, como si todos sus habitantes siguieran viviendo allí, pero en especial como si aquella esposa estuviera presente. El viudo quería que todo permaneciera intacto, y así se lo había dicho a Ola. Más tarde, Ola se lo contó a ella. Entonces se trataba de venir un día sí y otro no, para barrer un poco, quitar el polvo y abrir las ventanas. También tenía que limpiar closets y gabinetes de vez en cuando, descongelar la nevera si era necesario, lavar los baños dos veces al mes para que no quedara la marca del agua estancada en la porcelana, prender y apagar luces y sobre todo regar las matas. Ola hubiera querido quedarse con ese trabajo, pero a última hora le había salido su tan añorada reválida de título y había encontrado un puesto de ayudante de maestra. Tienes suerte –le dijo antes de irse– nada como limpiar una casa muerta. Ola era rusa y siempre iba al grano.

La partida de Ola le hizo heredar todas sus casas. Las casas que limpiaba, por supuesto. Y, además, esa extraña casa muerta. También la dejó en una especie de orfandad en aquella “agencia”, que no era más que una mujer marroquí que se encargaba de agendar mujeres de limpieza, la mayoría trabajadoras extranjeras. Ola había sido su guía allí desde el principio y ahora que no estaba, extrañaba incluso su dureza. Le hacía falta esa forma que tenía de traducirle lo que decían los demás a un hebreo más fácil. Que le mandara mensajes de voz si necesitaba algo, le dijo la rusa antes de irse. Era gracioso, ni siquiera compartían realmente un idioma, pero se comunicaban de lo mejor a través de una lengua mal aprendida y peor hablada. Ella entendió perfectamente lo que le tocaba hacer en aquella casa.

Era una casa vieja, pero no tan vieja como para ser interesante. Color crema, igual a todas las que la rodeaban, con un muro bajo de piedra y una palmera en el minúsculo jardín del frente. Apenas abrió la puerta de entrada, se encontró con una salita atiborrada de muebles: un sofá de cuero beige, dos poltronas abombadas que le hacían juego, una alfombra de arabescos rojos, un televisor, un seibó repleto de copas y dos mesitas de madera llenas de adornos. Las viejas fotos de la familia, ubicadas en cualquier rincón y también colgadas en las paredes, le dieron grima: dos chicos nacidos en los años sesenta tal vez, el viudo con pose militar y la esposa muerta. Una mujer de huesos grandes y amplios senos. Luego también estaban los nietos y las nueras, en fotos más actuales, pero las imágenes que le interesaron fueron aquellas viejas fotos en las que aparecían los cuatro integrantes de la familia en un paisaje lejano y europeo. De modo que se dedicó a buscarlas y a seguirlas por los distintos rincones de la casa durante las dos horas de la mañana que le tocaba estar allí. Casi no tuvo tiempo de barrer ni de abrir ventanas y hasta llegó tarde a la siguiente casa que tenía que limpiar ese día.

Aquella casa sola la maravillaba. Decidió que iría domingos, martes y jueves, y que llegaría una media hora antes de lo acordado pues sentía que debía entenderla. Además, la próxima vez sería más efectiva, se dijo mientras esperaba el autobús de regreso, nuevamente en la calle Kaplan. Abriría las ventanas apenas llegara y limpiaría las mesitas al tiempo que trataría de adivinar las fotos. Recorrería con mayor atención el piso de arriba, los cuartos, la pequeña terraza. Limpiando y revisándolo todo.

Y así fue. Trapo en mano, descubrió que la familia venía de algún lugar de Europa, que habían emigrado a Israel a finales de los 70 más o menos, que habían celebrado fiestas y barmitzvas, que los chicos habían ganado trofeos de natación y atletismo, que el padre era dentista. De la madre pudo deducir muy poco. Era bella y elegante, eso sí. El siguiente paso sería abrir los álbumes que estaban apilados en una repisa de la biblioteca, para lo cual debía llegar mucho más temprano la próxima vez. Sentía que debía limpiar también las huellas que iban quedando tras sus investigaciones. La pose militar del viejo le inspiraba miedo, y si en verdad era dentista, pues mucho más. Se lo imaginaba usando sus instrumentos de odontología como artefactos de tortura. Además, la casa debía permanecer intacta. Ese era el mayor anhelo de aquel viudo.

El jueves llegó a las seis de la mañana y se sentó en el sofacama de la biblioteca para dedicarse cómodamente a ver los álbumes. La familia venía de Rumania. Vivían en una casa grande que en algunas imágenes parecía dividida en miles de compartimientos. Hacían conservas, para vender, tal vez. Muchas fotos mostraban árboles frutales y algo así como una cocina llena de frascos. La esposa fumaba en un picnic, debajo de un árbol, mientras los niños corrían alrededor y el dentista de pie miraba hacia la cámara. Los abuelos estaban sentados en el medio con toda la familia alrededor. Uno de los niños iba en un triciclo. Luego estaban los libros, algunos en rumano, otros en hebreo. Ninguno en algún idioma que ella pudiera entender. También había algunas notas, recibos, velas y adornos. Limpió milímetro por milímetro aquella biblioteca, imaginó punto por punto aquellas vidas hasta que se sintió mareada y fue a la cocina a buscar un vaso de agua.

Entonces pensó en su casa en Venezuela. Como si hubieran muerto todos repentinamente, la casa estaba sola, al otro lado del mundo, en una calle llena de casas muertas o transformadas en supermercados chinos y comercios llenos de pacotilla. Antes de que el último hermano se fuera del país, decidieron pagarle entre todos a una vecina para que la cuidara: barrer, quitar el polvo, abrir las ventanas. Exactamente lo que ella hacía ahora en aquella casa cercana a la calle Kaplan. Entonces sintió un peso enorme. El piano de su abuela cayéndole encima. No pudo levantarse de la silla ni salir de aquella cocina. Pensó en el piano, desafinado desde hace años y ahora solo, en la sala de la casa de la avenida Fuerzas Armadas. Desafinándose mucho más, probablemente. Recordó a su hermana tocándolo. Pensó en su hermano menor, el último que se había ido. Le pareció que su infancia quedaba lejísimo. Se tomó el agua como pudo y le envió un mensaje de voz a Ola para que escribiera una excusa para poder enviársela a los dueños de la siguiente casa que le tocaba limpiar. No se sentía con fuerzas para ir. Ok –respondió Ola–, pero que no te agarren completamente las casas muertas. Entonces ella pensó en Chernóbil, pero también en una novela que había tenido que leer en el bachillerato.

A pesar de todo, volvió con alegría a la casa cerca de la calle Kaplan la siguiente vez. ¿Cómo se llamaba la calle en la que se encontraba la casa? No lo sabía y le daba igual pues había memorizado el camino desde el café hasta allí y eso era suficiente. Aunque le doliera estar cuidando una casa ajena mientras la suya propia estaba sola, la verdad es que era un trabajo muy cómodo. Y ella necesitaba la plata, no solo para vivir, sino ahora también para enviarle a aquella mujer que cuidaba la casa de la avenida Fuerzas Armadas. Abrió la puerta como si fuera su hogar. Había puesto las llaves en su llavero de los Tiburones de La Guaira. Entró decidida a arreglar closets y gabinetes. No era urgente, pero quería seguir su investigación y sabía que encontraría tesoros. Además, mientras pensaba en la vida de esta casa, se sacaba un rato de la cabeza la vida de la casa de allá.

En efecto, allí estaban los vestidos de Eugenia –había descubierto que así se llamaba la esposa muerta– impecablemente guindados, con ese orden que solo otorga el desuso. Tal vez tendría que lavarlos alguna vez para que no se los comiera la humedad. También estaban sus cremas, sus perfumes. ¿Será cierto que si no se usan los perfumes pierden el olor? En el baño había un champú por la mitad y un jabón agrietado que le dio escalofríos. Salió del cuarto apurada. Bajó las angostas escaleras casi de dos en dos, como sintiendo que la seguían. Mejor dedicarse a la cocina. Los gabinetes estaban llenos de ollas, platos, ensaladeras. Objetos mucho más inofensivos. Al lado de la nevera había un cuartico mínimo que hacía la función de despensa. Tenía dos repisas, una frente a la otra, llenas de frascos, conservas y latas. En la esquina más oscura consiguió una botella enorme con un licor de cereza de preparación casera. Se podían ver las cerezas oscuras y enteras en el fondo, macerándose en un alcohol ya de color rojo muy fuerte. Wisniak –le escribió inmediatamente Ola. Y luego en un mensaje de voz agregó: cuando puedas, tómate una tacita. Seguramente la rusa no sabía cómo se decía “copita” –pensó, pero daba igual, porque ella tampoco tenía idea. O tal vez era una de sus simplificaciones del hebreo, para que entendiera. No había forma de saberlo.

En las otras casas el trabajo era duro y había que lidiar con ciertas exigencias de la gente y con el desorden extremo de los niños. A veces ni siquiera le permitían prender el aire acondicionado a pesar del calorón. Por eso prefería “hacer sponya”, una técnica que la marroquí de la “agencia” recomendaba porque ahorraba tiempo y quemaba calorías. “Hacer sponya” quería decir lanzar agua y jabón por el piso de toda la casa, cepillarlo con fuerza con la escoba y luego sacar el agua sucia y la espuma hacia el desagüe o el jardín. Finalmente terminar de secar con un trapo. En los días de calor y sin aire acondicionado, era también una forma de supervivencia para ella porque podía refrescarse los pies y las piernas en el agua enjabonada. Le pagaban bien, eso sí. Mucho más de lo que hubiese podido ganar cuando era maestra en Venezuela. Maestra, como Ola, pero con un título que se había quedado en una pared de la casa de la avenida Fuerzas Armadas, sin posibilidad de que nadie se lo enviara. Ella fue la primera de la familia en irse. Porque eres una loca –dijo su madre. ¿Y si ese tipo te deja? –preguntó su hermana. No te regreses –gritó su hermano menor. Efectivamente, el “tipo” la dejó, como de alguna manera había predicho su hermana. Y porque era una loca –como bien sabía su mamá–, no se había regresado, en honor a su hermano menor, que tan mal la pasó en los últimos años. Él fue el último en irse hacía unos pocos meses, luego de la enfermedad y la muerte de la madre.

Las matas del jardín, le escribió su hermana desde Buenos Aires, se están secando. El mensaje llegó en la madrugada y fue lo primero que ella vio al levantarse. Nunca le importaron aquellas matas, pero lloró mientras se cepillaba los dientes, pensando en el jardín marchito. Ese día no pudo regar las plantas de la casa cerca de la calle Kaplan. El pequeño rectángulo de verde del jardín trasero era de grama sintética, pero en una especie de terracita estaban dispuestos una serie de materos de todos tamaños, llenos de flores y matas que tenía que regar cada vez que iba. Los miró con la vista nublada, pensando en los materos de su madre, y se dio media vuelta. En el autobús de regreso, supo que había sido una tontería y rogó porque el verano ardiente no achicharrara las flores. Cuando volvió, comprobó que las matas habían aguantado estoicamente, a pesar de que algunas flores estaban arrugadas. Las regó, por miedo a perder el trabajo.

La mujer que cuidaba la casa de la avenida Fuerzas Armadas se robó una de las ollas más grandes de su madre, esa que decían que era tan costosa como una joya y que su madre siempre bromeaba diciendo que esas eran las únicas (j)oyas que dejaría en herencia. Lo había descubierto su hermano menor, desde Bogotá, pero no le quedaba claro exactamente cómo. No obstante, no lo dudaba. Seguramente aquella mujer la vendería o la cambiaría por comida en algún mercado negro. Tan mal estaban las cosas. Entonces quiso hacer lo mismo en la casa cerca de la calle Kaplan. Se llevaría una olla, aunque no la necesitaba, y trataría de venderla, aunque no tenía idea de dónde ni a quién. Aquel día sólo se llevó una de las ollas más pequeñas. Una vez en su casa, puso a hervir dos huevos en aquella ollita de acero inoxidable. Se los comió en silencio. Lavó la olla y la guardó en su cuarto. Por supuesto, nadie notó su ausencia. Nadie visitaba aquella casa y aunque así fuera, nadie recordaría el número exacto de ollas. Sólo Eugenia, la madre muerta. Son asuntos que ocupan a las madres –se dijo ella, hundida en su cama minúscula.

Los objetos seguían desapareciendo en la casa de la avenida Fuerzas Armadas. Estrujó las cortinas, estremeció las persianas, balanceó con fuerza la mecedora, revolvió todas las cosas que estaban en la peinadora. Tal vez para darle vida a esa casa muerta. Tal vez para matar aquella casa viva. Entonces decidió llevarse una olla más grande, pero la devolvió el siguiente domingo. Realmente, no tenía nada que cocinar en ella. Vivía en un cuarto alquilado, en un apartamento compartido con extrañas. La olla era como una joya inútil porque no tenía ninguna ocasión de usarla. Sola y desheredada, puso nuevamente en su lugar las dos ollas que se había llevado. Luego se dirigió a la despensa y sacó la botella roja. El Wisniak era dulcísimo y agudo. Lo tomó en una tacita de café llena hasta el tope, en honor a los enredos lingüísticos de Ola. Con la segunda tacita, y con una repentina perspicacia púrpura, comprendió que mientras la casa de la avenida Fuerzas Armadas era desmantelada, ella debía mantener intacta la casa cerca de la calle Kaplan.

Las paredes están llenas de humedad –le escribió su hermana desde Buenos Aires y como si las palabras no fueran suficiente le envió unas fotos que a su vez le había enviado una amiga suya que había pasado por allí. En efecto, paredes negras por alguna filtración de agua o de lluvia y, paradójicamente, grama y matas secas. La casa se había convertido en una mole gris, una especie de ballena fuera del agua, encallada en la arena de la grama achicharrada de ese jardín que nunca le interesó, pero que ahora pretendía que estuviera tan verde como en los días de su infancia. Buscó vanamente en la casa cerca de la calle Kaplan algún signo de humedad en las paredes, pero el clima medio oriental, y en especial aquel verano ardiente, las mantenía secas. ¿Para qué vas a pintar las paredes? –le preguntó Ola– Tampoco exagerar –concluyó la rusa, un poco ofuscada.

La mujer que cuidaba la casa de la avenida Fuerzas Armadas dijo que una noche habían entrado unos ladrones y se habían llevado todos los aires acondicionados, escribió su hermano menor desde Bogotá. Seguramente fue ella misma, contestó su hermana desde Buenos Aires. Tenían que poner la casa en manos de una agencia seria, si no querían que la invadieran o la desvalijaran, como había pasado con otras casas solas desde que la gente había empezado a irse, decían ambos en coro, desde diversos rincones del mundo. Esos mensajes le llegaron mientras ella dormía. Los leyó con el primer café de la mañana y apenas pudo enviarles como respuesta unas caritas horrorizadas. No tenía palabras. Tenía que proteger la casa, mantenerla intacta como este viudo mantenía intacta la casa de Eugenia. Entonces encontró el teléfono de una agencia inmobiliaria internacional que se dedicaba a esas cosas. Cobraba una fortuna, pero no importaba. Todo con tal de resguardar aquella casa, aquel jardín, aquel piano.

Entró a la casa cerca de la calle Kaplan un día extremadamente caluroso, prendió el aire acondicionado, tomó su ya acostumbrada tacita de Wisniak. Recogió la alfombra y también se recogió el pelo y comenzó a “hacer sponya”. Estaba segura de que esa frase la había inventado alguien que, como Ola, traducía a un hebreo defectuoso y fácil alguna frase mucho más compleja, para que algún inmigrante entendiera. Agua aquí, allá y mucho cloro. Espuma arrasando todo el sucio. Cuando la sala y la cocina quedaron impecables, y con la alegría del licor de cerezas, supo que la única posibilidad de salvar su casa era esconderse en esta. Terminaría el contrato de su cuarto. Le regalaría alguna ropa a la rusa para poder quedarse con lo indispensable. Con un morral mínimo se vendría a vivir en esta casa sola, a la que realmente nunca llegaba nadie. Era como si el dentista y sus hijos hubieran emigrado a otro país. Así que se vendría a darle realmente vida a esta casa muerta. De esa manera podría enviar todo el dinero que ahorrara para pagar a la inmobiliaria.

La primera noche que pasó en la casa cerca de la calle Kaplan fue tenebrosa, como habría de esperarse. No sabía en cuál cama dormir y finalmente se decidió por el sofacama que estaba en la biblioteca. Seguramente lo usaban cuando venían visitas. Aunque ella no fuera exactamente una visita, le parecía que era el lugar que le correspondía. Si alguien de la familia llegaba de repente, en medio de la noche, ella podría darse cuenta enseguida a través del ventanal y correr a esconderse en el cuartico de la despensa. El morral con sus cuatro cosas quedaría siempre en aquella despensa, entre los frascos de conservas y las latas. La casa era oscura en extremo y muy callada en la noche, y las luces de carros que de pronto pasaban por la calle entraban por aquel ventanal como fantasmas. Se le ocurría que las historias de las fotos se materializaban en aquellas luces y la rodeaban, reclamándole la invasión. No era el fantasma de Eugenia, no. Supo con un entendimiento que venía desde un lugar recóndito de su corazón, que Eugenia permanecía en la planta de arriba, como lo había hecho en sus últimos días. Había muerto de cáncer, según pudo deducir de algunos papeles que había encontrado en su cuarto.

Pronto llegó el otoño, que no era tal cosa según Ola, sólo el mismo calor un poco más opaco. Los pájaros cruzaban el cielo en las tardes, mientras ella recogía algunas hojas que el viento traía hasta la grama sintética. Llenó una bolsa de hojas y antes de ir a botarlas, se sentó en la terraza, junto a las matas, cada día más verdes y más bellas. Le hubiera gustado que Eugenia estuviera allí, para que viera su casa impecable. Quiso que el viudo viniera aunque fuera un día a mirar todo francamente intacto. Trajo un café de la cocina, para tomárselo en el viento fresco de la tarde, y le trajo un café también a ella. A Eugenia. Lo puso en la mesa, frente a la otra silla. Le preguntó al aire si lo quería con azúcar. Recordó un libro que había leído alguna vez en el que los protagonistas eran rumanos y no le ponían azúcar al café, pero luego se comían una cucharada de mermelada. Tengo que comprar mermelada –dijo en voz alta. Y algo dentro de ella respondió que Eugenia solo comía la mermelada que ella misma preparaba. Recordó los frascos vacíos en aquellas fotos y en la despensa.

Una mañana puso las cholas de Eugenia a un lado de la cama. Descubrió cuál era su lado por las cosas guardadas en la mesita de noche. Desacomodó las sábanas. Con las manos, marcó el rastro del cuerpo imaginado de aquella mujer en la tela, tiró la pijama a un lado. Movió la ropa del closet con la punta de los dedos, como quien toca un arpa. La ropa sonó llena de recuerdos. Las telas quedaron agitadas como si alguien estuviera buscando qué ponerse. Sacó un vestido cualquiera. Lo puso en la cama, también la ropa interior.  Se dirigió al baño y abrió la regadera. Esperó a que el agua se calentara, pero no entró. Sólo mojó el jabón reseco. Lo restregó en sus manos con fuerza hasta que le sacó espuma. Tiró un chorro de champú en el piso. Miró toda la espuma irse por el desagüe. Tomó el perfume y perfumó el aire desde el cuarto hasta la puerta de entrada. Un rastro del paso de Eugenia hacía la calle. Primera vez que bajaba y salía, luego de tanto tiempo.

Desde entonces pasaba mucho tiempo moviendo cosas en la casa, jugando a que Eugenia vivía. Abría un libro de recetas y lo dejaba en el mesón de la cocina, junto a algunos implementos, para dar la impresión de que cocinaba. Dejaba gavetas abiertas, libros en el sofá, anillos junto al lavaplatos, lentes sobre una revista. Dejaba una estela de su perfume en la escalera. Luego se dedicaba a recoger el desorden que Eugenia iba dejando a su paso. Algunos días estaba cansada, entonces no se bañaba ni se cambiaba la pijama. Sin desayunar, se quedaba sentada mirando la televisión. Se le ocurría que a Eugenia le gustaba ver los programas de la mañana. Y allí la dejaba, mientras iba a esconderse en ese oscuro rincón de la despensa donde la esperaba su tacita y su botella.

Limpiaba también en las otras casas y volvía a la casa cerca de la calle Kaplan cansada. Se bañaba en el baño de los chicos. Se preparaba algo de comer y también le preparaba algo a ella. Había descubierto en la mamaliga, esa especie de gran bollo de maíz amarillo, una conexión milenaria entre lo que ella había sido y lo que era ahora. Una liga entre ella y Eugenia. Luego de comer, se echaban a mirar el canal español en el sofá abombado. Algunas veces se quedaban dormidas allí.

Mandaba puntualmente el dinero a la inmobiliaria y apenas respondía a los mensajes de sus hermanos. Le escribían menos, la verdad. Cada uno estaba ocupado sobreviviendo en el nuevo rincón del mundo en el que había caído. Ya no se quejaban del paulatino desmantelamiento de la casa porque los empleados de la agencia eran eficientes y acompañaban sus informes con fotos de la situación. No es momento para vender, escribían también. La devaluación de todo se tragaría el verdadero valor de aquella casa céntrica. Aunque a ella le parecía que era una trampa, que la inmobiliaria quería recibir eternamente la mensualidad por el cuidado de la casa, su hermano menor le aclaraba que era totalmente cierto, no se podía vender nada en estos momentos, que la situación económica, que la inestabilidad, que el hambre… Venezuela había sido tragada por un agujero negro. Y así de lejana la sentía. Tal vez nunca se podrá vender nada –agregaba su hermana, siempre pájaro de mal agüero. Entonces se le enfriaba el corazón no más de pensar en el día en que ya no pudiera vivir escondida en la casa cerca de la calle Kaplan. Ya no iba a poder seguir pagando aquella mensualidad tan elevada a la inmobiliaria. Para no pensar en estas cosas, se ponía a revisar algún joyero, preguntándole a Eugenia por la historia de sus joyas. Eran pocas, pero allí estaban, en una cajita de música muy antigua. Aquella vez que se llevó una olla, habría debido llevarse una joya. Ahora ya no podía. Conocía la historia de cada anillo, como si una voz se la dictara. Eran pocos, porque se habían ido perdiendo en todas las idas y venidas de la familia durante la guerra y luego también.

Con la primera lluvia, luego de tantísimos meses de sequía, apareció nuevamente el viejo. Ella lo escuchó abrir la puerta de metal del jardín y corrió a esconderse en la despensa. Desde el rincón más oscuro y casi sin respirar, trató de recordar si había dejado rastros de Eugenia dispersos por la casa. Las cholas están al lado de la cama –pensó con horror y tapó en su boca un grito mudo. El viejo hablaba con otro hombre en la cocina. Imposible entender lo que decían porque además las voces le llegaban como en sordina. Escuchaba ruidos de tazas o vasos, grifos abiertos, el yesquero para prender la cocina. Trataba de ni siquiera respirar. No podía grabar las voces y enviárselas a Ola para que intentara traducirlas porque su teléfono se quedó sin batería. Había olvidado cargarlo en la noche y en aquella despensa no había ningún tomacorriente. De pronto, le llegó el sonido del crepitar de unos huevos en el aceite caliente, más tarde su olor, y recordó que no había desayunado. Su estómago crujió y se arrugó de hambre. Lo más silenciosamente que pudo, destapó el frasco que tenía más a mano. Eran pepinillos, nunca le gustaron. Comenzó a comerlos lentamente hasta que las tripas se le calmaron. Pensó en el hambre que pasó su hermano menor los últimos días en Venezuela. Pensó en la gente que había muerto allá por comer yuca amarga. No iba a morir ni de hambre, ni envenenada ni de asco por unos simples pepinillos. Si debía quedarse encerrada por más tiempo, podía intentar abrir alguna lata.

Los hombres no se terminaban de ir. Movían sillas para sentarse. Hacían sonar cuchillos y tenedores. A ella le parecía reconocer en la otra voz un tono similar a la del viejo y suponía que era alguno de sus hijos. Hablaba, recibía llamadas telefónicas. Era enérgico y parecía estar resolviendo algún problema. El padre estaba más callado. Imaginó que su bigote delgado permanecía estático igual que su amor por Eugenia, igual que el aire de la casa. Escuchó pasos, sintió el olor del café y quiso servirse una taza. Una taza para ella y otra para Eugenia, sin azúcar y con una cucharada de mermelada. Sintió la presencia de la mujer a su lado. Entonces pensó en su tacita y su botella. El Wisniak era inmortal, no se acababa nunca. Por más que cada día había bebido una o dos tacitas, siempre estaba más o menos por el mismo nivel. Saber eso la alivió. Con extremo cuidado se sirvió aquel líquido rojo sangre y se lo tomó muy lentamente, mientras afuera seguían las voces y la vida. Aquella dulzura roja siempre se le iba directo a la cabeza. Una luciérnaga repentina. Un destello. Sintió que aquellos hombres no se irían nunca y para no temblar abrazó la botella. Supo que el dentista no se atrevía a pasar más allá de la cocina y allí mismo se plantaría como un soldado que vigila una frontera. Ella quedaría atrapada en aquella despensa para siempre, entre las conservas, los frascos y las latas, como un ratón en una trampa. Ahogada en el Wisniak.  Recordó aquel ratón que se había caído en un sartén lleno de aceite. Lo habían encontrado a la mañana siguiente, en los días de su niñez en la casa de la avenida Fuerzas Armadas.

*Este texto forma parte del volumen: Método rumano para dejar de fumar, publicado por Editorial LP5. Fuente de la imagen: https://www.verpueblos.com

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