literatura venezolana

de hoy y de siempre

Cárcel de Ciudad Bolívar

Rufino Blanco Fombona

I

Me parece salir de una pesadilla. ¡Qué horas tan crueles! La muerte, en forma de repugnante avechucho, batió sus alas de murciélago, se introdujo sorpresiva por la claraboya de la celda, aleteó, me llenó de pavura, y salió al fin, remisa.

En la mañana del 3 supe que había llegado a la Alcaidía una nota del juez donde se ordenaba ponerme a disposición del Ejecutivo del Estado.

Me alegré porque pensaba que, de acuerdo con lo que pauta la Ley, por mí invocada, sobre Responsabilidad de Funcionarios públicos, se me enviaría a Caracas, a objeto de que la Corte Federal y de Casación conociera de la causa.

Poco más tarde supe que saldría de esta cárcel; pero no para Caracas, sino para Río Negro, ¡para Río Negro!

Enviarme a Río Negro con Aldana, cacique todo poderoso allá, enviarme a Río Negro escoltado por las tropas de Vivas y Varela, enviarme a Río Negro equivale a librarme a mis enemigos, en las soledades del Orinoco, equivale a condenarme a muerte, a una muerte atroz, por martirizada y por oscura.

Entre una y dos de la madrugada saldría el vapor Masparro: se pretendía sacarme de la cárcel a esa hora y embarcarme para el Territorio Amazonas. Por fortuna, la Aduana supo el caso e impidió la salida del vapor hasta pleno día. A eso debo la vida.

Al amanecer el señor Barroeta Briceño, administrador de la Aduana —Corao, por casualidad en Bolívar— y otras generosas personas pusiéronse en campaña, telegrafiaron a Caracas, y obtuvieron del amable y condescendiente Varela (futuro asesino de Antonio Paredes) la promesa de que no se me enviaría, sin antes deliberarlo mucho.

Entretanto se obtuvo en Caracas la seguridad de que no se permitiría que me enviasen al matadero. ¡Qué horas he pasado!

Impotente, aislado, preso, en una ciudad carente de valor cívico y hoy casi tan esclava como yo, en una cárcel donde cien ojos me vigilan y cien bocas están prontas a delatar el menor de mis movimientos por sólo congraciarse con los cerberos, con mi abogado en Caracas y sin un abogado aquí que quiera hacerse cargo de la defensa por no malponerse con los dirigentes del Estado, he vivido horas muy duras, acaso las más angustiosas de mi vida. Durante treinta y seis horas estuve en capilla.1

El estado de mi ánimo en aquellos luctuosos momentos se transparenta, de seguro, en las cartas que entonces escribí y que buscaré para añadir a estas páginas, a fin de que se pueda ver al desnudo mi alma y comprender mi situación.

Es horrible, en la impotencia de la mazmorra, oír chacales que rugen, hambrientos de vuestra carne, en tomo de vuestro calabozo.

II

Del patio de la cárcel, en la noche, el espectáculo de las estrellas es mi ocupación favorita, mientras los presos tocan guitarra y cantan comidos y galerones.

El aire raro y seco permite lucir el cielo en todo su esplendor. Se distinguen todas las estrellas y constelaciones conocidas del trópico, y millones de estrellas más cuyos nombres, naturalmente, ignoro. Tapiz azul cubierto de libras esterlinas.

Fijo la vista en el pedazo de cielo que parece de unánime azur, y de ese azur empiezan a brotar nuevos puntos de oro. Donde se pensaba el vacio parpadean luceros no sospechados, albea un polvillo diamantino.

¡Qué opalescentes nebulosas! ¡Qué arena de topacios! Un hombre, un preso, un paria, traído del fondo de los desiertos Llanos, alza también la vista. ¿Qué pasará por aquella cabeza? Lo interrogo y no sabe responderme sino con una sonrisa idiota.

¿Qué idea tendrá ese hombre de lo infinito? Pero no nos perdamos en sueños estelares ni en ideas abstractas. Descendamos al piso palpable de la tierra.

¿Qué idea tendrá ese hombre de la patria? Para ése la patria será una potestad temerosa y maléfica; cosa vaga y terrible en cuyo nombre lo reclutan cuando hay leva; le roban, so pretexto de faginas, el esfuerzo de sus músculos varias veces al año; y lo encarcelan porque un día, en la inmensidad de los Llanos, entre cientos de miles de reses, resolvió no morirse de hambre y mató un novillo.

¿De la religión, de la divinidad, qué pensará ese hombre? Él no oye hablar en sus desiertos muy a menudo de la divinidad sino como de una fuerza ignota, adversa; y de la religión sino como de una cosa de misterio y terror, cuando las inundaciones anegan las sementeras, cuando la tierra tiembla y se resquebraja, cuando la muerte y el dolor visitan a los hombres.

Si yo dijera a ese paria que las estrellas son divinidades, se reiría. Pero de formularle una teoría con visos de verosimilitud, él y cientos como él concluirían por rendirse y creer.

No sería difícil en medio tan ignaro crear una religión. Los espíritus carecen de curiosidad y se contentan con razones epidérmicas, para media docena de problemitas que constituyen el fondo de muchas vidas.

Además, ¿qué religión no parece fundada en lo fantasmagórico y absurdo? Y todas hallan creyentes: ¡tan pobre criatura es el hombre! Las religiones se mantienen tanto por sus misterios como por sus sanciones.

Los hombres no pueden vivir sin creer en algo, sin temer algo. Los emancipados se proponen o levantan un ideal y, moralistas sin dogma, temen el reproche de su propia conciencia.

A esos parias del desierto con poco se les captaría la fe. Las estrellas, pudiera enseñárseles, rigen el mundo. Ved si no el influjo del sol y de la lluvia en vuestros conucos, y el de la tempestad en vuestros ganados. La luna influye asimismo en el mar; y turba las pubertades y acrece las enajenaciones. La atmósfera impide que vuestra sangre brote por los poros. El rayo es el castigo de las estrellas. La muerte viene de lo alto.

Es necesario amar y temer a los luceros. Aquel que vive en el amor, en el temor de los astros, va, luego de perecer, a gozar de la dicha eterna en mansiones de luz. El que infrinja la fe astral padecerá por siglos de siglos en la hoguera del sol.

Poco más; y ahí tenéis una religión nueva: la religión de las estrellas. ¿De dónde, sino de la naturaleza no comprendida, vino al hombre la idea de la religión? ¿Qué otra cosa es la fe sino áncora del pavor, válvula de anhelos desesperantes, deseo de saber o creer cosas inexplicadas o incognoscibles?

La teoría del alma, del más allá, ¿qué es sino horror a la nada, afán de supervivir? Tiene razón Kant: el origen de la religión es la aspiración del espíritu a lo infinito.

De cuanto el hombre no pudo explicarse, en la adolescencia de la razón, hizo materia religiosa. Por eso, a medida que avanzan y se divulgan los conocimientos científicos, disminuyen en intensidad los credos; y aquellos credos inaptos para evolucionar, amoldándose a las nuevas exigencias del espíritu, desaparecen.

Si llegase un día en que el hombre pudiese despejar todas las incógnitas de la vida y de la muerte, ese día se enterrará el último dios. Como ese día tal vez no llegue nunca, el espíritu religioso tal vez no desaparezca sino con el hombre.

El triunfo de la idea monoteísta sobre la de pluralidad de dioses ya es gran triunfo, si bien no parece el vulgo, en ninguna parte —y todo el mundo es vulgo, enseñaba Maquiavelo—, lo suficientemente preparado para la pura idea uniteísta, de ahí la multitud de santos y santas con atribuciones especiales, que no representan, en último análisis sino la persistencia del politeísmo.

De la idea pura y simple de un solo Dios Todopoderoso, Suprema Inteligencia, ya es fácil pasar a la idea filosófica de que sí existe una fuerza, no inteligente, causa única, fuente de vida: la naturaleza o lo que fuere.

III

Recibo de Caracas en recorte de periódico, un soneto encuadrado por rayas de lápiz azul. Y al margen: «Te lo envío con un abrazo.» F. G. (Fernández García.) Con el soneto me honra, benévolo, generoso, un poeta cuyo nombre, persona y nacionalidad me son totalmente desconocidos. Se llama Rafael Recao. Copio los versos, que llevan por título mi nombre:

RUFINO BLANCO-FOMBONA

No lo arredra el futuro. Es bravo descendiente

de la raza lapídea que formó Deucalión.

Tiene ambición y músculos y una estrella en la frente,

juventud y dos alas: el Bien y la Razón.

No lo arredra el futuro. Aunque la infamia ambiente

cual constrictor enorme se enrosque al corazón,

lo muerda y con la savia germinal se alimente,

él marcha hacia la meta cantando su canción.

No lo arredra el futuro. Repleta el misionero,

de ensueño sus alforjas y sigue su sendero

sin oír de las furias de la Envidia el clamor.

Tapados los oídos, su musa es Parizada,

que busca el agua de oro de la fuente encantada,

el árbol filarmónico y el pájaro hablador.

Tiene razón el poeta. No le temo al futuro. Lo que temo, lo que temo bastante es el presente.

¿No yazgo entre las garras de la Maldad y de la Cobardía? ¿No se presentó anoche mismo a mi calabozo el borrachín del Alcaide, con un viejo diablo de teniente, cara de matamoros y pantalones de grana, la espada desnuda en la diestra, con más: el cabo de presos y un muchacho que alumbraba la extemporánea resquicia? Se fingía venir por mí, para enviarme a que me asesinen en las soledades del Orinoco, so pretexto de conducirme al Territorio y allí juzgarme. Por fortuna, yo no tengo aneurisma.

Por lo demás, si mis enemigos me pintan como un bandolero hay quienes, como el poeta Rafael Recao, me creen bueno, hombre de bien y de razón. De donde yo infiero que soy como todo el mundo: bueno a veces; a veces malo. Quizá eso mismo piense Pedro-Emilio Coll, que me escribe: «Te quiero más allá del Bien y del Mal.»

IV

Me conceden permiso para asomarme de tarde a una reja que cae al Orinoco, hacia el Poniente. He contemplado crepúsculos imposibles de fantasear. ¿Qué pintor, qué poeta, puede intentar reproducir tanta hermosura?

El sol no se columbra, pero desde la mitad del cielo hasta la raya del horizonte es todo el azur, divina fiesta de luces: nácares, conchas rosadas, surtidores de gualdos fuegos; nubes carmesíes, dragones de oro, flamencos de rosa; arquitecturas de grises y pizarrosos castillos por cuyos ventanales y boquetes surgen llamas de incendio, torres, pilares, graderías de mármol, cúpulas de cornalina; fuentes de topacio, lagos de ópalo, cascadas de pálidas esmeraldas; níveos paisajes del polo, vegetaciones marinas, por donde a través del agua azul navegan plateados peces, tras de las ovas verdinas y las algas amarillentas; madréporas en bancos de coral, ninfeas asomadas a la superficie de un agua mortecina; ánsares albicantes, tornasolados cuellos de paloma; narcisos, petunias, heliotropos de los jardines celestes y toda la joyería asiática del crepúsculo, abundante en crisólitos, crisoberilos y topacios.

Y por debajo de aquel cielo maravilloso el solemne, el soberbio, el espejeante rio, el Orinoco de plata y de oro.

V

Por la reja adonde me asomo de tarde, contemplo todos los días, en un balcón frontero, tres caritas risueñas, de mujeres jóvenes. Ese y el crepúsculo, son mis grandes espectáculos. Fuera del saludo y algunas insistentes miradas de simpatía no tenemos otra relación.

Ayer en la tarde recibí, regalo de Navidad, envío de mis graciosas vecinitas, una botella de vino, jamón, hallacas, dulce de lechoza, pan y hielo, presentes de Pascua tradicionales en Venezuela. Me conmovió profundamente aquel regalo de las piadosas y generosas vecinitas. El preso, a quien todos olvidan, es más sensible que nadie a cualquiera atención que se le dispense. Les escribí una carta de gratitud, muy patética y muy sincera.

Después de enviada la carta tuve una duda. Me puse a pensar que bien pudo ser chuscada de algún amigo el mandarme ese regalo en nombre de las vecinas. Pero hoy se presenta Allegrett y me refiere cómo, en efecto, el regalo venia del balcón de enfrente; y que las cabecitas amables se congregaron en torno de mi epístola y lloraron mi infortunio.

¡Pobres muchachas generosas, a quien no olvidaré!

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