literatura venezolana

de hoy y de siempre

Cálidas ruinas

Rubi Guerra

Medina tiene varios años casado cuando advierte, un poco repentinamente, aunque las señales estaban frente a él desde hacía ya tiempo, que su esposa no quiere hacer el amor. Ella interponía diversas excusas que al principio no lo parecían: cansancio, dolores de cabeza, y, lo peor de todo porque lo sumía en una vaga culpa, dolor al momento de la penetración. Ahora se pregunta cómo no lo notó antes. Pocos meses atrás se han mudado a un apartamento al sur de la ciudad (es una extravagancia mencionar los puntos cardinales en la ciudad; son referencias que nadie utiliza, pero a él le gusta saber dónde está el norte y el sur y el este y el oeste de la ciudad, como si superpusiera un mapa secreto a las calles cotidianas). Un edificio de tres pisos (cuatro, si se cuenta la planta baja), seis apartamentos por piso; tres habitaciones pequeñas, un baño, una cocina estrecha y una terraza minúscula que se abre a una avenida que conduce a un barrio de reciente creación y en el que nunca ha estado. Es una mejora con respecto a la casa anterior, pequeña y estrecha, pero al mismo tiempo esta ubicación lo aleja de casi todos sus amigos y de los sitios que frecuentan tanto él como su esposa, juntos o por separado, y a los que podían ir caminando. ¿Qué ha pasado en estos meses?, se pregunta. ¿Cómo es posible que su esposa no quiera hacer el amor con él, si hacer el amor siempre ha sido lo más fácil y placentero de su vida en común? No lo mejor, porque lo mejor ha sido la mutua compañía, pero sí el ejercicio de un placer alegre y natural que no se ha agotado en la rutina. Al menos no de parte de él; Medina no siente que haya nada rutinario en su forma de hacer el amor, aunque tampoco es que se dedique a inventar nuevas posiciones cada dos semanas.

Ahora, cuando comprende que algo pasa -y recordará este momento años después cuando un amigo que todavía está por conocer comente que cuando en una relación alguien pregunta qué pasa, es porque ya nada pasa-, también se hace consciente de una profunda urgencia sexual que se ha venido acumulando durante semanas, tal vez meses, sin que llegara a su conciencia, sin que hubiera podido ponerla en palabras, condición indispensable para que las cosas comiencen a ser ciertas para él.

Por eso se dispone a hablar con su mujer. Está convencido de que hablando lograrán entenderse, de que hablando podrán desentrañar lo que en ese momento se presenta como un enigma, encontrar la raíz del problema, se dice, avanzar hasta la causa agazapada bajo capas de vida en común y acciones intrascendentes.

Las cosas no suceden así, sin embargo. Su mujer no entiende de qué le habla. Él lo plantea con calma, con palabras medidas; está dispuesto a comprenderlo todo, dice. Ella reconoce que sus relaciones no son tan frecuentes, pero no ve nada extraño en eso; tienen casi seis años casados y es normal que las relaciones sexuales se hagan más espaciadas; por otra parte, está muy ocupada como asistente en un laboratorio del hospital central y en las noches y fines de semana en el montaje de una obra teatral en la que es actriz protagónica. Él, a su vez, reconoce que dedica mucho tiempo en las noches y las mañanas a escribir una novela, estaría dispuesto a aceptar los argumentos de su mujer si esta no mirara en cualquier dirección menos a sus ojos. Hay algo inquietante en esta actitud inusual. Algo que no tiene explicación, o, mejor dicho, solo tiene una: su mujer miente. ¿En qué miente? No lo puede precisar. Al poco rato piensa que con seguridad sí hay otras razones para las miradas errantes de su mujer, aunque de momento no se le ocurra ninguna y sonríe y se levanta y se sirve otra taza de café.

Tal vez porque efectivamente estaba escribiendo una novela y esta le ocupaba casi todo el pensamiento, las horas de sentarse a la pequeña mesa con un cuaderno grande, pesada y de feas tapas azules, los minutos que consumías en el baño, al levantarse de la cama en la mañana, el par de horas que pasaba dando vueltas por el apartamento, o sentado en una silla de mimbre en la terraza viendo pasar automóviles y autobuses veloces, mientras esperaba que su esposa llegara de los ensayos o del hospital – o simplemente porque resultaba más cómodo aceptar la razón más simple, a saber: el cansancio, la rutina, las ocupaciones –. Durante un par de semanas no se preocupó ni volvió a tratar el tema. Se acostaba al lado de su mujer y se daba media vuelta, dándole la espalda, o volvía a girar y sus caras se miraban (solo que en realidad no se miraban porque mantenían los ojos cerrados), a veces sus rodillas se rozaban y él sentía que entre las piernas le crecía una erección que siempre lo sorprendía, como si fuera una reacción impuesta, algo que en realidad no le correspondía puesto que había decidido que nada extraño pasaba y esas manifestaciones hormonales estaban de más. Y sin embargo, allí estaba su pene latiendo como un forúnculo inflamado.

En la desolación de la madrugada, al final de la segunda semana que ha ido transcurriendo como un plazo que no se ha fijado de ninguna manera pero igual corre inexorable, comprende que es él el que se engaña: algo está muy mal en su relación. Con cuidado, levanta la sábana que la cubre. Mira a su mujer, o al menos lo intenta; la imagina, más bien, puesto que la habitación es oscura y la piel de su mujer también y no es mucho lo que puede ver, en realidad: el contorno de un pecho, apenas entrevisto, y el difuso perfil de su rostro en contraste con la blancura de la almohada. El resto no es más que ausencia, negro en lo negro. La contempla con intensidad, como si quisiera, o pudiera, extraer una verdad inédita. ¿Tendrá un amante?, piensa. ¿Me habrá dejado de amar? ¿Me habré convertido aburrido, soso, predecible, intolerable?

Sale temprano de casa, antes de que su mujer despierte. Es sábado, pero su jefe ha convocado una reunión con el equipo de redacción. Están presentes tres periodistas (él es el más joven, los otros dos ya ejercían cuando aún no había nacido), un fotógrafo y el jefe, que se dedica durante todo el tiempo que están sentados a una larga mesa a contar chistes y anécdotas graciosas sobre personajes políticos que estuvieron activos treinta o cuarenta años atrás y que a él le resultan por completo desconocidos. El buen humor de su jefe le resulta incomprensible y vagamente ofensivo. Luego de tres horas en las que no logra enterarse del motivo de la reunión, su jefe se levanta y dice que tiene que asistir a un almuerzo con el gobernador. Siente -tal vez siendo injusto, como pensará algunas horas más tarde- que estos viejos se han estado burlando de él, que lo han hecho venir, dejando a su esposa dormida, ya visible en la claridad de la mañana pero no menos accesible a sus preguntas y sus dudas, para burlarse de su juventud y su inexperiencia.

Martínez, el mayor de los otros dos periodistas, parece advertir su malestar y lo invita a tomar café en una fuente de soda cercana. No sabe por qué acepta, o tal vez sí lo sabe; no quiere decírselo, como si pudiera mantener ocultas ciertas informaciones a una parte de su cerebro. No hay dónde sentarse -todas las mesas están ocupadas por estudiantes de una academia de secretariado, así que toman sus vasos plásticos por el borde, cuidando de no quemarse los dedos, y caminan media cuadra hasta la plaza Bolívar, donde ocupan uno de los bancos de cemento parecidos a tumbas elevadas que un reformador urbanístico hizo construir hace pocos años sustituyendo a los viejos bancos de hierro forjado. Martínez sopla su café estirando los labios y de repente Medina lo ve por primera vez de verdad: la cara enorme con señales de una antigua afección de piel y las manos pequeñas en extraña vecindad, la frente recta, como trazada con una escuadra y la nariz corta, insuficiente, el pelo abundante un poco largo, sin canas, notable para un hombre de más de sesenta años. Se pregunta si será verdad que un par de décadas atrás fue un locutor famoso en la radio. Su voz es recia pero insegura, como si vibrara en ella el rastro permanente de la flema. El abuso del cigarrillo y el alcohol, piensa, sin estar seguro de que esa suposición sea correcta; tal vez no sea más que un prejuicio.

Medina está seguro de que no tiene nada que hablar con Martínez. No sabe nada de él más allá de esa historia de la radio, incompleta y casi con seguridad falsa. Por otra parte, su memoria vuelve una y otra vez al momento en que se disponía a abandonar el apartamento, todavía en la habitación, la mirada sobre el rostro de su mujer, cuando el movimiento de las pestañas y el cambio en el ritmo de la respiración le hicieron comprender que ella fingía dormir. Ahora apenas escucha lo que está diciendo Martínez con su voz rota, con pausas cortas para tomar el café -soplarlo, aunque ya debe estar frío, beber un trago minúsculo, y elevar los ojos al telón de las nubes en el cielo-. Sospecha o siente o presiente la aflicción de su mujer.

Un grupo de muchachas pasó frente a ellos dirigiéndose a la biblioteca pública. Todas vestían minifaldas, que ese año se habían puesto de moda otra vez. Medina miró sus piernas, blancas, morenas, bien formadas, tuvo deseos de acariciarlas y logró imaginarse la frescura de los muslos en las palmas de sus manos, y más que en las manos lo que desea sobre todo es hundir el rostro en ellos, frotarse contra aquellas pieles. Eso, piensa, sería un consuelo.

No está preparado para hablar con Martínez de sus problemas maritales, y no lo hace, pero si expresa su admiración (para usar un término inocuo) por las muchachas, y algo de su desasosiego debe detectar su viejo colega (en caso de que puedan ser considerados colegas, Medina con su irregular experiencia de dos o tres años, y Martínez con casi cuarenta años en la profesión) porque le pregunta desde cuándo está casado. Un poco menos de seis años, responde Medina.

En ese caso, continúa Martínez, necesitas una amante. No tienes ninguna, ¿verdad? ¿Mi siquiera un polvo ocasional? Para el hombre es imprescindible una amante cada cierto tiempo. No diré cuánto tiempo porque eso es un asunto personal, digamos ritmos personales. Queda sujeto a las necesidades de cada quien. Lo que sí es seguro es que el hombre monógamo es consumido por la melancolía. ¿También les pasa a las mujeres? Hace algunos años te habría respondido que las mujeres son distintas, que sus necesidades son otras o alguna tontería semejante. Visto nuestro tiempo, si alguien dice todavía eso es porque a los hombres nos conviene actuar como si fuera cierto. Pero no hablamos ahora de las mujeres, sino de las necesidades masculinas.

Medina protesta sin mucha convicción, no por falta de convicción, precisamente, sino porque le atormentan las necesidades femeninas, específicamente las de su esposa, pero eso es algo que no piensa comentar con Martínez. ¿Cómo se expresan esas necesidades femeninas? ¿Son, en esencia, distintas de las masculinas, o son la misma cosa? ¿Y cuáles son las masculinas? ¿Novedad en el sexo? ¿Otras pieles, otro olor, otros sonidos? La atenuación de los sentidos, ¿era inevitable? Pero él no notaba ninguna atenuación de los sentidos. Seguía deseando a su mujer de una manera casi dolorosa, y cuando hacía el amor con ella (¿hace cuántas semanas ya la última vez?) era una experiencia de una plenitud difícil de describir a menos que echase mano de las contradicciones a las que eran tan aficionados los poetas místicos que había estado leyendo últimamente.

Así que declara, con un poco más de firmeza, que no le interesa tener una amante. Es una posibilidad que no ha pasado por su mente. Parecerá extraño: es cierto que nunca se ha planteado buscarse una amante, en el caso de que a las amantes se les busque y se les encuentre como herramientas en una ferretería o como cualquier otra cosa que uno necesite en un momento determinado y que suelen estar allí, a la mano, como se dice, esperando que se haga uso de ellas.

Tentaciones sí ha tenido, o sufrido, por supuesto. También breves enamoramientos a los que se ha acostumbrado a resistir (y hasta cierto punto a disfrutar esa resistencia) porque sabe que se desvanecerán con el paso de los días dejando apenas un aura levemente melancólica en su ánimo. Pero tener -buscar, comprar, adquirir, agenciarse- una amante, es algo que nunca ha imaginado y que ahora comienza a considerar desde la conversación con Martínez, comprende que esta sería una salida paradójica a su problema, que no es el de la necesidad de variedad sexual, sino que su esposa no quiere hacer el amor con él, también comprende, o comienza a comprender, todavía de una manera difusa, que ambas situaciones pudieran ser una y la misma, o al menos manifestaciones de un mismo fenómeno -la posibilidad, o la conveniencia, de una amante.

Pasa revista al pequeño círculo de sus amistades femeninas y a pesar de que hay varias mujeres –candidatas – atractivas, ninguna termina por convencerlo del todo. No sabe qué es lo que falla con ellas, pero algo falla.

Luego de otra noche en vela con los sentidos dolorosamente alertas, sale en la mañana a su trabajo. Ha bajado ya el primer tramo de escaleras cuando escucha que desde arriba lo llaman. Aquí habría que intentar describir la arquitectura del edificio, o al menos de la escalera, que es en realidad lo que cuenta. La escalera corre por el centro del edificio, que es apenas de cuatro pisos -Medina vive en el último- y en cada uno, una verja metálica se abre a la escalera, lo que permite que desde cada planta se puedan observar los escalones que ascienden o descienden según sea la perspectiva del observador. Se necesitaría un dibujo, uno de esos muy precisos que hacen los arquitectos, para tener una idea cabal del asunto. Así que cuando Medina escucha que lo llaman levanta la mirada y se encuentra que desde la cuarta planta, acodada sobre la parte superior de la reja o verja, lo mira sonriente Hilda, una vecina de dieciséis o diecisiete años, o mejor dicho: la hija de unos vecinos, y lo piensa así: «la hija de los vecinos», como si no tuviera entidad propia, a pesar de que varias veces la ha ayudado con tareas de literatura y castellano para las que la muchacha está — parece estar – singularmente poco dotada.

No es, entonces, primera vez que hablan ni siquiera primera vez que ella lo llama por su nombre en un gesto de plena confianza. Rápidamente dice lo que necesita: pasará en la noche para que la ayude con una tarea sobre Cien años de soledad. Él asiente, casi sin palabras, porque está perturbado. ¿Qué es lo que lo perturba hasta el punto de sumirlo en el mutismo? Dos cosas: la primera es fácil de explicar: la muchacha tiene puesto el uniforme del liceo, del que forma parte una falda que usa bastante corta. Ha adelantado la rodilla izquierda y la ha pasado entre los barrotes de la reja, que están bastante separados, tal vez más de lo que las normas de seguridad de construcción permitirían.

Desde donde Medina la mira tiene una visión completa -y privilegiada, diría- de la redonda rodilla y la parte interior del firme muslo que le sigue, de una blancura perlada, y más arriba el triángulo de la pantaleta blanca bajo la que asoma, y esto último Medina está seguro de que se lo está inventando, una sombra húmeda. Pero nada de esto sería en sí mismo perturbador, acaso excitante y divertido como una travesura, como cuando siendo niño, a los cinco o seis años, se metía bajo la mesa donde su madre recibía a sus amigas para ofrecerles café y trozos de torta, y él espiaba bajo las faldas de las amigas de su madre consciente solo de que eso era algo que no debía hacer y por eso mismo resultaba tan atractivo hacerlo, dominado, sin duda, por ese demonio de la perversidad del que habla Poe.

Así que la contemplación excitante y extasiada, que duró unos segundos, no más de medio minuto, se vio acompañada, y se diría que potenciada por el segundo elemento – que podría considerarse el primero en orden de importancia, ya que sin él el otro (la rodilla, la bella pierna, la promesa implícita del trozo de tela entrevisto) no tendría trascendencia alguna, que era apenas una sonrisa. La sonrisa. Por supuesto, había visto sonreír muchas veces a Hilda, y siempre había lamentado que sus dientes sobresalieran un poco más de lo conveniente, pero nunca así; nunca con tanta intención. Era una sonrisa que sabía de su condición (la de Medina), una sonrisa que prometía simpatía, comprensión y pasión; una sonrisa que anunciaba o presagiaba días y noches de exploración carnal, de desenfreno de los sentidos, y en ese momento Medina pensó en Rimbaud, a quien apartó presuroso de su mente, porque lo último que necesitaba eran distracciones literarias cuando estaba frente a una sonrisa verdadera, la verdadera sonrisa de la lujuria.

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